Un perro en la terraza

Miguel Abreo

A veces olvidamos el sentido de las palabras, su significado; a veces, esto causa mucho más daño del que debería. Ilustremos un poco la situación: Tu mascota, casera y consentida, desapareció hace un mes, la buscaste por todo el vecindario, pusiste su foto en postes, esquinas y ventanas, todos tus amigos repostearon la foto que subiste a todos los feeds de tus redes sociales. Nunca apareció y finalmente vas procesando que ya no está más, empiezas a despedirte para entrar en paz con su ausencia. Desde hace dos días, sin embargo, has sentido una pesadez en el ambiente de tu casa que no termina de salir de tu percepción subconsciente, simplemente no sabes qué es. 

Al levantarte hoy con un poco de mal genio, sientes el aire turbio y un olor a mortecino que  se pega a la parte trasera de tu paladar, por lo que tienes que encontrar esa rata muerta. No está en las alacenas ni cajones de tu cocina, ni en tu baño, donde es tan penetrante el olor y en últimas, desperdiciaste todo tu sábado buscando el origen de ese ataque a tus sentidos, cuando por fin se te alumbra y subes a la terraza que tienes abandonada hace meses, encuentras una masa de carne putrefacta entre la que identificas el collar de la que era tu mascota enredado en un alambre que rodea los tubos de ventilación de tu baño; a pesar del gran amor que sentiste por ella, lo que encontraste en la terraza solo te produce la necesidad de vaciar tu estómago y cerrar tus sentidos mientras te alejas con asco. El cadáver de lo que solía ser tu mascota ha sido consumido por la corrupción.

Al hablar hoy de los males de la sociedad, hacemos una lista de aquellas que más nos pesan a nosotros y a quienes nos rodean dependiendo de nuestro lugar en la misma sociedad: falta de trabajo, sistema de educación decadente, más deuda, delincuencia, empleados deshonestos, jefes abusivos, amigos oportunistas y así se extiende el cotorreo que nos da para echarnos una cerveza, un hit o una “gasiosa”

Cuando mencionamos a la corrupción resulta ser una más entre tantas y se refiere específicamente al alcalde que, aunque sancionado por corrupción, se postuló a la gobernación, a los que se mecatearon la plata de la doble calzada, al que cuelga un símbolo cuir en un edificio gubernamental como queriendo imponer ideologías y de ahí para abajo o para arriba, como sacando piedritas del arroz. Mientras hablamos de estas anécdotas como de cualquier tontería que hacen los jóvenes de hoy en día, dejamos de sentir el asqueroso hedor que nos rodea, nos acostumbramos a respirar el aire viciado y con el sabor a mortecino en la lengua, nos tapamos la cara si llegamos a sentirla cerca.

Limpiar la corrupción de un cuerpo sano implica abrir la herida infectada, dejar correr el pus, viscoso y amarillo, raspar la carne podrida de la carne sana y solo entonces, curar; hay que ser conscientes del dolor que estamos sintiendo como sociedad, pero sobre todo necesitamos sentir la urgencia de sanarlo. Hasta entonces, tu complicidad criminal con el político corrupto, con el político podrido, no se enjuaga con hablar mal de su administración. 

Es cierto: No saltarse el lugar en la fila, no robarse el vuelto que te dan de más, respetar las señales de tránsito y todas esas cursilerías civiles que nos meten por la garganta como curitas para la puñalada. Pero también el trabajar honestamente, cumplir la palabra, que es un contrato del que depende tu honra, no aceptar ese puesto que te ofrece tu amiga la política, aunque no estás capacitado para él. 

Si le enseñas a tus hijos a no mentir, no los mandes a negarte, si le enseñas a tus hijos a no robar, no te escondas de tus prestamistas, si criticas a tu vecino que bota la basura por la ventana del carro o al “caño”, acuérdate también de quitar el doble medidor de agua (y si la corrupción tiene los servicios por los aires, soluciónalo con tu comunidad).

Pero sobre todo: si depositaste tu confianza en un político prometedor, exígele que cumpla con su plan de gobierno, vigila que no se robe tus propios impuestos y en vez de defenderlo de sus opositores, ponte de acuerdo con ellos para hacer veeduría de todo lo que hace. Porque ese político por el que tu votaste es a TI al que te tiene que rendir cuentas primero, no a la oposición y tan pronto tengas la certeza de que las cosas no van como deberían, utiliza todas tus herramientas civiles para ejercer el castigo político merecido, desde la censura pública, pasando la denuncia a los entes de control, hasta la expulsión de su cargo. Al país le cuesta más el político que roba todo su mandato que unas elecciones para escoger a otro, y lo contrario es pura propaganda que te vendieron los mismos leprosos que hoy comen con el sudor de tu frente.

Para lograr eso, primero debes olvidarte de tu propio interés por encima del de los demás: es mucho más que un sándwich en campaña política, ese cuento no es más que la forma en la que le echamos a los más pobres la culpa de todo (como si no tuvieran ya que cargar con su propia existencia), cuando tu llevas toda la vida practicando la doctrina del CBY, del “cómo voy yo”, “cómo repartimos”, “cómo arreglamos”, y “ahí como vamos”. Le haces campaña política al que te de un puesto fijo, al que te asegure contratos, con el que sepas que te va a ir bien por una temporada, incluso cuando sabes que la sociedad en general se va de culo pal’estanco, como decía mi abuela. 

Tal vez entonces ya no falte toda la plata robada, y pueda haber educación, y salud, y trabajo, y seguridad, y no termine viniendo al que tu le robaste oportunidades en la vida a robarte el celular, la cartera o la billetera.

Cuando recordamos el sentido de las palabras, no nos queda más que aplicarlas de verdad.

Twitter: @SoyNanichi

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