Proceso creativo: entre el saber y el sentir. (Mi cielo y mi infierno: sobre la génesis de la escritura)

Andrea V. Luna

Cuando la Literatura está en todo

Hace muchos años (muchos, realmente) sucedió un hito muy importante en mi vida: asistí a mi primera clase en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata. Había decidido, después de un intento fallido de otra carrera, que no viene al caso, que Letras sería mi verdadero destino. A la luz de todo el tiempo transcurrido, creo que hice bien. Debo decir que me acerqué con temor: acordemos que no se trata de una de esas carreras que todos dicen: «¡Fua, qué genial!» cuando les contás en qué ocupás tu vida, sino una de esas en las que no saben muy bien qué decir y ahí te encontrás buscando la mejor manera de reaccionar a sus gestos de desconcierto y de «Pobre, no sabe qué hace».

Lo cierto es que esa primera clase significó algo más que una nueva experiencia: sería el inicio de una aventura extraordinaria. José Luis De Diego, el profesor adjunto de Introducción a la Literatura, recuerdo, llevaba unos aires bohemios que yo nunca había visto y lanzó algunas frases que intentaban definir nuestro objeto de estudio concluyendo que, en realidad todos y a la vez ninguno tenía la razón absoluta. Para esas alturas, ya me encontraba encandilada con el nuevo mundo que comenzaba a abrirse frente a mí y, sin embargo, esa no sería la máxima revelación.

La Literatura está en todo, es un hecho indudable… pero, para entonces, yo no lo sabía. Y celebro que hubiera alguien dispuesto a realizar una demostración práctica, incluso a costas de alguien más. Me explico. Esa maravillosa revelación incluía algo así como: «En esta materia podemos hablar de cualquier otra cosa: Geografía, Historia, Filosofía… incluso Ciencias Duras y, sin embargo, seguiremos hablando de Literatura». Palabras más, palabras menos, claro… es que a la luz del tiempo… de las décadas (¡Por Dios! Que no quiero hablar de tiempo…), lo exacto se desdibuja y queda lo anecdótico. «Por ejemplo, si alguien entrara ahora preguntando qué materia estamos dictando, yo podría decirle que estamos en cualquier otra y podría, también, seguir hablando sin perder el hilo de la conversación y esa persona no se daría cuenta». Nadie le creyó y seguimos adelante. Debo aclarar, de nuevo, que esa era la primera clase y que, por entonces, lejos de la precisión de la era digital (incluso creo que ahora sería más o menos lo mismo), siempre había alguien perdido en los primeros días tratando de ubicar el aula a la cual debería entrar.

—Al próximo que entre preguntando por otra materia, le respondo que sí. Ninguno diga nada. Yo sigo dando la clase y veamos si se da cuenta de que no es lo que buscaba.

Juro que lo hizo.

—¿Historia 2? —preguntó la pobre incauta que llegó a los diez minutos

—Sí —respondió lacónico el profesor y siguió con el hilo de lo que venía hablando.

Más de cinco minutos la tuvo ahí, sentada, manteniéndola en vil engaño hasta que le pidió perdón y le explicó que había sido objeto de un experimento social.

Yo que ella, lo puteaba con todas las ganas… pero no: solo se levantó y se fue. Detrás de sí, dejaba aires de perplejidad absoluta en toda un aula de alumnos a quienes el mundo les comenzaba a significar algo diferente: la magia de la Literatura era real.

De ahí en más, dediqué toda mi carrera a promover la idea de que la Literatura nutre a cada ciencia y disciplina que los seres humanos hemos explorado, tanto como es nutrida por cada uno de nosotros en todos los aspectos de nuestra humanidad. La Literatura, las Artes en general, simplemente nos mantienen más humanos. Perder la sensibilidad estética, simbólica y social que supone leer ficción nos aleja de uno de los componentes esenciales del ser humano en su concepto más pleno: la cementación, en uno solo, de la mente, el cuerpo y el espíritu.

Con esta idea, amable lector, espero que entiendas la «mélange» de temas, semas y afines que encontrarás en esta columna.

¡Sé bienvenido a disfrutar de la infinitud del mundo de las Letras!

Hay una pregunta que me aterroriza… En realidad, hay muchas preguntas que me aterrorizan pero, como escritora, hay una que realmente suele dejarme sin saber qué responder: «Andre, ¿cómo se te ocurren esas historias?». Mi primera respuesta es bastante simple: «Ni idea». Claro que eso no es, justamente, lo que los lectores quieren oír.

Reflexionando un poco, algo de eso hay: los escritores, a veces, no tenemos mucha noción de qué es lo que nos pasa cuando pensamos un personaje o un argumento o tal o cual escena. Pero, sí sabemos que muchas veces necesitamos de ciertos condicionamientos para que nuestra mente, nuestro corazón y, hasta nuestro cuerpo se fusionen en un todo homogéneo que nos permita plasmar ciertas «cosas» en palabras que cuenten realmente lo que queremos contar.

En definitiva: «Ningún autor puede evitar ser quien es». Lo digo siempre y lo confirmo en el día a día. Hay huellas textuales que nos son propias y que, por más esfuerzo que hagamos, siempre estarán ahí: son el testigo imperecedero de nuestras virtudes y de nuestras miserias, de nuestra formación académica o de la falta de ella, de las vivencias que nos marcaron a fuego y de las que transcurren en nuestro andar cotidiano, de nuestra raza, de nuestro origen, de lo que hemos leído o de lo que elegimos no leer, de nuestra cultura, de nuestra sociedad… Marcas que nos hacen gritarle al mundo: «Soy esto y estoy acá». Es decir, el autor empírico se somete a la textualidad de tal manera que se presenta como un artificio no tan ficcional de ese texto como podría parecer a simple vista. La idea primaria de Umberto Eco sobre el Autor in Fabula es tal, solo si lo consideramos como estrategia textual, pero hay marcas ineludibles que son propias de la realidad extratextual y que están presentes incluso cuando el autor intente disfrazarlas. Y esto es independiente de lo que elijamos contar: no por escribir relatos policiales un escritor es un homicida psicópata en potencia. 

Hay una cierta dificultad a la hora de reflexionar sobre los procesos de escritura y, en especial, en lo que respecta a la escritura creativa y cuáles son aquellos estímulos que potencian el proceso mismo de la puesta en texto de una idea que proviene del mundo de la ficción. Y, ciertamente, no todos los escritores seguimos los mismos procesos de creación: no hay horarios, ni métodos, ni música, ni imágenes, ni palabras que nos inspiren de igual manera o que generen en nosotros el deseo de escribir un tipo de texto u otro muy diferente. Cada autor es un mundo que él mismo no ha terminado de explorar.

Lo cierto es que la génesis de la escritura creativa, pienso aquí en el ámbito de lo Fantástico, tal vez pase por lo lúdico como lo propone Gianni Rodari en su Gramática de la Fantasía al recomendar ciertos juegos áulicos destinados a la libre asociación de ideas y la producción de campos semánticos relacionados con la fantasía y el desarrollo de la imaginación en los niños. Personalmente, creo que es muy necesario que cada escritor pueda realizar un trabajo de introspección, de reflexión sobre su propia obra con el fin de establecer objetivos precisos, orientación, estilo, y demás que le permitan delinear su perfil como profesional de la escritura. Esto no significa que los autores debamos autoimponernos límites, sino que pasado el lógico período de exploración de nuestras capacidades y de nuestras cualidades, y observados los resultados, podamos definirnos de tal o cual manera y no de otra, en tanto nos sintamos cómodos y conformes con nuestras obras. Esto nos permitirá perfeccionarnos, buscar la manera de desarrollarnos, de interiorizarnos en la teoría y en la praxis, de observar a otros y conformar un método propio o la carencia del mismo como decisión personal.

Muchos han intentado crear una gramática de la Ficción, de la Creación Literaria, reconocidos escritores nos han provisto de casi una infinidad de ensayos y decálogos recomendando qué hacer o qué no: los poetas han reflexionado durante siglos sobre su propia Arte Poética en una suerte de metaliteratura de referencia. 

En la «Introducción» a la Antología de la Literatura Fantástica (de Borges, Bioy Casares y O’Campo), Adolfo Bioy Casares acierta en una «enumeración de argumentos fantásticos» como una guía para el escritor del género, aunque su propósito haya sido hermenéutico; Jorge Luis Borges propone un repaso de sus técnicas narrativas en «Las ruinas circulares» (siempre me impacto con su frase «Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía») y enuncia, en su «Arte poética» que «A veces en las tardes una cara / nos mira desde el fondo de un espejo; / el arte debe ser como ese espejo / que nos revela nuestra propia cara». En su «Decálogo del perfecto cuentista», Horacio Quiroga formula una de las frases paradigmáticas para todo escritor: «No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino». Gustavo Adolfo Bécquer define la inspiración como «memorias y deseo / de cosas que no existen; / accesos de alegría, / impulsos de llorar». Y, sin embargo, sentimos que ninguna de esas aproximaciones nos convence del todo aunque sigamos buscando en todos los textos de todas las épocas y de todas las culturas. Y es que habrá, por cada autor, de uno a mil métodos posibles que tendrán un éxito relativo conforme al momento de su vida por el que esté transitando. Así como, por ejemplo, una misma canción nos produce determinadas sensaciones si estamos alegres y determinadas otras (distintas, opuestas incluso) si estamos tristes, no siempre la imaginación se estimula con los mismos métodos, en cada momento o en cada lugar. De hecho, las redes sociales abundan en grupos de escritores que intercambian sus experiencias creativas y solicitan u ofrecen consejos para las diferentes etapas del proceso creativo. ¿Formación o intuición? ¿Saber o sentir? Es el debate por excelencia. Normalmente, hay una polarización de las respuestas y los cruces dialécticos suelen contener un alto voltaje de ofensas y ofendidos en ambos bandos. Personalmente, no puedo dar una respuesta clara y precisa porque, en general, pienso que se trata de equilibrar ambas posturas en una proporción que será variable según el género literario por el que cada quien opte y la respuesta que espere recibir de los potenciales lectores.

«¿Cómo se te ocurren esas historias?» Pasa a ser una pregunta muy difícil de responder si la tomamos como lo que aparenta, una generalización. Sin embargo, algo hay allí que no fuimos capaces de entender: quien formula tal interrogante suele tener, además, un objetivo muy claro y suele referirse a un determinado relato o a un grupo de ellos de manera muy específica. La cuestión entonces, pasa por dilucidar ese asunto.

Escribo Realismo-Fantástico con características netamente argentinas. Esto implica un riguroso trabajo con la interioridad de los personajes, pero siempre puesta en función de lo mimético: el lector necesita ser parte de la acción para que la narración funcione. Y, para que sea así, la economía del relato debe estar dispuesta a lograr la descripción del mundo relatado de tal modo que se lo considere tan verosímil que creamos en la posibilidad ineludible de su realidad en el mundo de las cosas, empírico, tangible; que creamos también que los personajes pueden caminar junto a nosotros en las calles de las ciudades en las que transitan su historia. Una de las cosas que me inspiran son las personas comunes. Los que andan a mi lado en mi propia cotidianeidad o aquellos con los que he conversado alguna vez, pueden ser los disparadores de una historia. Me entusiasma buscar en quienes me rodean los rasgos distintivos de mis personajes (rostros, contexturas, tonalidades en la voz, profesiones, caracteres, tics, vocabularios). He conocido a Julián Sinclair en las aulas de la Facultad en la que estudié o en las salas de profesores de cada escuela en la que trabajé; pude ver su cansancio de fin de año o su desesperación ante alumnos que no estudian. Si presto atención, Gabriela e Ignacio Núñez están en cada gesto de decenas de jóvenes estudiantes así, con su forma tan peculiar de hablar, con las expresiones tan características de su generación y con el carácter tan típico de su propio contexto social. Esta proximidad permite uno de los recursos que más me agrada del género en el cual incursiono: la visión desde dentro. En De joyas y guerreros me permití trabajar con narradores múltiples buscando explorar la interioridad de los personajes en relación con los acontecimientos que les tocaban vivir, de modo tal que tanto los lectores como yo misma fuimos partícipes de sus sentimientos y de sus pensamientos más profundos: cada una de sus voces fue puesta en función de un efecto exploratorio. El resultado fue óptimo: se necesitó de la participación activa del lector empírico hasta el punto de que pudiera sentir en carne propia cada vaivén de los pensamientos del personaje al cual accedía. Sin embargo, esta visión también puede resultar perturbadora y, definitivamente, es agotador construir esos mundos interiores: Eldir fue y es el mayor de los desafíos. La génesis de su historia todavía me es incierta. No lo es él mismo como personaje. Delinear cada rasgo distintivo suyo implicó realizar no solo la observación profunda de la sociedad en la que me muevo y de las personas que me rodean, sino también un estudio a conciencia de las necesidades que muchas veces permanecen ocultas. Revalorizar las doctrinas clásicas sin que parezcan descontextualizadas y ponerlas a prueba fue la idea base. En esta novela, la visión desde dentro se convirtió en un proceso antitético de cielo e infierno: el placer que el momento de la escritura me genera se veía invadido por el sufrimiento del personaje (a cada herida del cuerpo le correspondía una igual en su espíritu), puesto que el ejercicio de este tipo de narración necesita ineludiblemente del compromiso en cuerpo y alma del escritor. El proceso implica también hacerse uno con la piel del otro: como un actor que interpreta de manera exquisita el personaje que lo hace convertirse, por un momento, en otro que no es. Cada escena de crudo realismo, de tortura, de lucha, de dolor se apoderaba de mí manifestándose como un agudo dolor de estómago y una sensación de agotamiento inexplicable: el proceso de unos pocos párrafos podía durar semanas. Se marca demasiado en carne propia cada sentimiento del personaje, y no solamente en tanto dura el proceso mismo de la escritura, sino también de todo lo que sigue: relectura, corrección, búsqueda de lectores de prueba, nueva corrección, edición y demás.Y esto no es todo: es posible afirmar que escribir involucra una serie de procesos concatenados, aunque estos no siempre sean conscientes. Sin embargo, un escritor no se construye por el solo hecho de saber escribir. En su artículo «Ser escritor, el oficio de lo incierto» para la Revista Ñ, Silvana Boschi señala que la clave está en la necesidad de escribir y cita, en el mismo artículo, a la escritora Rosa Montero:

Yo he llegado a aprender, con el tiempo, que un escritor es en realidad aquel que necesita escribir para poder vivir, es decir, para afrontar la oscuridad de la vida, para poder levantarse cada mañana. Uno es escritor porque no puede no serlo; por eso la mayoría de los novelistas, por ejemplo, hemos empezado a escribir en la niñez: es algo que forma parte de tu estructura básica. De modo que la necesidad es lo que te hace un verdadero escritor, pero eso no quiere decir que te haga un buen escritor.

Y esto es en verdad así: la necesidad de escribir es imperiosa, pero también la necesidad de acallar deliberadamente aquello que, consideramos, debe ser acallado. No todo puede escribirse y no todo debe llevar un mismo estilo narrativo. De alguna manera, los lectores perciben si el relato que intentan decodificar es el resultado de una escritura forzada o no: cada texto elige cómo quiere ser leído, pero las indicaciones deben estar siempre presentes. Entonces, también eso es parte del oficio del escritor: aprender a escuchar, a decodificar lo que la historia que queremos contar nos indica, porque cada texto también nos dice cómo desea ser escrito. Esto significa que el oficio del escritor, además, es exploratorio: necesitamos navegar, con curiosidad extrema, por los vericuetos de los tipos textuales, de los géneros literarios o no literarios, de nuestro propio idioma, de los que no lo son. He pasado horas y horas investigando solo para una referencia de un párrafo o menos, siguiendo una única premisa: la corrección en la referencia. No puede (no debe) escribirse sobre aquello que no se conoce: de lo contrario, el riesgo es altísimo. Borges decía que era más simple escribir sobre sitios desconocidos para el lector porque se necesitaba menos precisión en las referencias extratextuales. Y eso estuvo muy bien en su contexto sociocultural; en el nuestro, esto ya no es posible porque con solo googlear determinado tema, la información nos llega al instante… y al lector también. Esto implica que la exigencia es cada vez mayor: ya no basta con solo fantasear libremente, también hay que poner los pies en la tierra para no perdernos en laberintos de los que no seamos capaces de salir y quedar, simplemente, inmersos en la mediocridad, en lo que pudo ser y no fue. 

Siempre tengo una idea en mente: no solo intento escribir cosas que merezcan la pena ser contadas sino también que sean dignas de ser leídas. El mayor desafío consiste en saber cómo realizar la selección. ¿Experiencia, suposición, saber, sentimiento? Regresando a «Las ruinas circulares« Jorge Luís Borges describe allí exhaustivamente algunas técnicas creativas que entendemos como un ensayo metaliterario en el que el mejor de los procedimientos es el que comienza por relatar, como mencioné hace un momento, que «soñó con un corazón que latía» y, añade que lo hizo con «minucioso amor» durante catorce noches antes de descansar y decidirse a añadir algo más. No puede negarse la similitud con lo afirmado por Quiroga. Yo también creo que es necesario dejar reposar las emociones para poder evocarlas luego, aunque a veces nos quemen las manos por salir corriendo a buscar un papel y escribir sin parar. 

Tal vez toda una mélange de factores nos ayuden y, a la vez, nos hagan dudar. Después de todo, seguimos sin tener un sistema único para la creación literaria. No hay manera, en verdad, salvo la intuición del momento y, ¿cómo confiar en ella? Lo cierto es que mi única opción posible es intentar distanciarme de mi propio texto y verlo desde afuera, como un lector más. Aunque también eso es parte de mi cielo y de mi infierno: no me es fácil, no lo será nunca… Gajes de un oficio contradictorio, doloroso, pasional, pero tan hermoso como la más mágica de las puestas de sol.

Muchas gracias.

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2 comentarios en “Proceso creativo: entre el saber y el sentir. (Mi cielo y mi infierno: sobre la génesis de la escritura)”

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