Olga Hurtado

Me llamo Olga Cecilia Hurtado Velásquez, soy Ingeniera Administradora de la Universidad Nacional de Colombia, especialista en Gerencia de Empresas de Telecomunicaciones de la Universidad de Los Andes, actualmente vinculada a la Universidad Nacional de Colombia como asesora de la Dirección Nacional de Bienestar Universitario desde hace varios años.

Soy una persona que asume compromisos con la creación de riqueza en términos del bienestar que podemos brindar a otros; comparto mis saberes con las personas que me rodean, en los lugares en los que la vida me sitúa, y tengo una fe inmensa en el valor de los actos pequeños. Por tener raíces profundas en mi credo, estoy segura de que mi vida tiene sentido y que puedo aportar desde los cotidiano a procesos transformadores, sin asumir una posición de liderazgo de primera línea. Visionaria, disruptiva y con la serenidad que dan los años, para esperar el momento oportuno de mostrar lo trabajado desde ese mundo que logro avizorar y en el cual vivo.

Dentro de los talentos que he logrado reconocer en mí, tengo, una mirada crítica y sistémica del mundo, la paciencia suficiente para buscar información, reflexionar y recrear las realidades a medida que me llegan nuevos datos, y la certeza de aquello que aún ignoro, y para compaginar mis talentos he elaborado cuatro derechos fundamentales que aplico permanentemente: “Tengo derecho a equivocarme”, por tanto, “Tengo derecho a cambiar de opinión”; El tercer derecho lo adapté de mi hijo Manuel Alejandro: “Tengo derecho a guardar silencio” y finalmente, “Tengo derecho a irme en cualquier momento y de cualquier espacio sin que nadie deba sentirse ofendido”, el cual habla por sí solo.

No cuento con reconocimientos para mostrar, más allá de los títulos obtenidos y una que otra carta de los grupos cívicos y sociales en las cuales dan cuenta de mi valía en sus procesos, y alguna acción realizada por medio de colectivos, como la visita de Manfred Max-Neef a Villavicencio en 2007, organizada de manera conjunta con la mesa de rectores del departamento del Meta y Naciones Unidas en la territorial Llanos en Colombia, la cual ayudó a ampliar los horizontes de quienes participamos en ella.

Soy la gestora y directora del Colegio Wayra en la ciudad de Villavicencio, creado en 2002, como una iniciativa educativa que busca ofrecer a los estudiantes y sus familias la posibilidad de tramitar conjuntamente y de manera amorosa la formación del ser, el desarrollo del hacer y la construcción de conocimientos en todas las áreas disciplinares.

LOS FLUJOS EMOCIONALES EN EL DESARROLLO DE TERRITORIOS – Lo positivo y lo negativo de las familias, clanes y tribus urbanas en la Política de Estado y la gestión del Patrimonio.

Los seres humanos somos sociales por naturaleza y desde la antigüedad, como manifestación de ello, se han constituido tribus y clanes diferenciados por su filiación con un antepasado común, en donde los clanes se forman alrededor de una imagen ancestral de liderazgo que marca las pautas en cuanto a creencias, visiones de mundo y política, generando lazos familiares muy fuertes que cohesionan a sus integrantes. Por el contrario, las tribus se organizan a partir de clanes y grupos poblacionales de distintas etnias, que ocupan un mismo territorio, con una cultura, lenguaje y creencias similares que les permiten cohabitar y coexistir.

El término tribu, el cual ha evolucionado hasta nuestros días y actualmente es común escuchar los nombres con que se denominan a sí mismas: tribus urbanas, conformadas por jóvenes en busca de refugio e identidad, es una manifestación de aquellos grupos cerrados y cobijados por una ideología en común. Es la urdimbre humana generada en los pueblos y ciudades la que nos permite reconocer, desde una mirada más amplia, múltiples grupos de personas cohesionadas por ideales, visiones del territorio y especialmente por la forma en que abordan sus relaciones con el estado, su trasegar político y sus componentes de afiliación al grupo, lo que manifiesta la conformación de una tribu urbana.

Desde este enfoque podemos decir que estos grupos poblacionales conviven en espacios afines a sus intereses. Una forma de identificar y visualizar estas comunidades es descifrando sus rituales y lenguajes, porque, aunque se usen las mismas palabras y frases, para cada tribu los significados y consecuencias de su uso varían y se mimetizan al segmentar los lugares que visitan, las calles por las que transitan, por lo resulta fácil salir de una tribu e introducirse en otra, (claro, si previamente se hizo apropiación de sus identificadores), lo cual no debería ir más allá de las preguntas de rigor sobre el devenir y las razones del porqué se ha elegido, y permanecer invisibles para la tribu anterior.

Me atrevo a decir que actualmente las naciones y sus niveles de desarrollo pueden considerarse desde los en- tramados que forman sus “tribus urbanas”, el reconocimiento y respeto entre ellas y la sana convivencia. En Colombia, por ejemplo, a pesar del tiempo transcurrido entre el grito de independencia y las firmas de Acuerdos de Paz, el país continúa debatiéndose entre conflictos por la tierra, la supervivencia y las oportunidades para todos, sin haber encontrado la forma de superar las desigualdades, a pesar de que la construcción de tejido social ha pasado por el impacto de múltiples migraciones. Por una parte, de carácter externo como los intentos de Simón Bolívar, o con extranjeros americanos y europeos que no lograron su cometido de generar dinámicas económicas y sociales, a pesar de la oferta de entrega de tierras y apoyos del Estado, ni en los gobiernos posteriores, hasta internas, especialmente las generadas con la violencia de mediados del siglo XX, que transformaron profundamente a Colombia en todas sus regiones; una de ellas, los Llanos Orientales, se convirtió en el refugio de muchas familias de campesinos, indígenas y ciudadanos procedentes de sitios diversos, algunos perseguidos políticos y otros buscando oportunidades, recomponiendo las costumbres y la cultura de estos territorios. Estas situaciones, estos contextos históricos, han agrupado y sectorizado a esa región con una ideología de rechazo, no a la guerra, sino a sus victimarios, y el resultado ha sido la conformación o persistencia de grupos al margen de la ley que buscan su propia justicia y que, como en cualquier tribu, luego de adquirir Poder político resultan gobernando para sus intereses e interesados, ampliando nuevamente la brecha de la ecuanimidad.

Algunas de las migraciones internas hacia los Llanos Orientales contaron con el aval y apoyo de los gobiernos de turno, y en los albores del siglo XXI se concretó la explotación de grandes extensiones de tierra por parte de empresarios denominados los nuevos llaneros, quienes le dieron otra dinámica al territorio.

Los Llanos Orientales de Colombia conforman un territorio generoso que ha recibido a todos los migrantes con los brazos abiertos y en donde han medrado muchas familias; esa mistura de personas venidas de todas partes, es una de las razones que hacen que el tejido social aún se encuentre en construcción y que sea muy difícil trabajar colectivamente para sacar adelante iniciativas comunitarias, pero también es la base incubadora de nuevas visiones e iniciativas surgidas que seguramente generarán espacios dinámicos dentro de las realidades y los entornos propios de la región, y aporten además crecimiento y desarrollo al país en algún futuro.

Actualmente, los estudiosos de los temas de violencias por desplazamiento económico buscan identificar si la consolidación de estos enclaves productivos ha aportado al aumento de migraciones internas con la gravedad de que en Colombia ya no existen nuevos territorios para colonizar e invisibilizarse frente a las tribus urbanas que decretaron como no gratos a estos colombianos. La exclusión y el sectarismo provocado por la radicalización de las tribus urbanas a nivel social y sobre todo Político, se ha unificado, recrudeciendo violencia y falta de oportunidades en todo el territorio.

Todo esto se ha venido gestando desde tribus urbanas conocidas como “roscas” (término coloquial), y que durante decenios han logrado conservar las condiciones de Poder y hegemonía, que tienen como elemento común el lema “Estás conmigo o en mi contra” y que han llevado a cambios de 180° en el rumbo de las políticas económicas y sociales con cada ciclo electoral, poniendo a Colombia en un péndulo ideológico que se mueve cada cuatro años de extremo a extremo, basado en una postura autoritaria y arrasadora versus políticas democráticas y diversas que son sometidas a juicios morales, encajonándolas como enemigos internos, y desviando así la atención emocional del electorado, exacerbando así actos criminales y de corrupción, justificados en aquella lucha interna.

Estoy convencida de que una sólida educación, reflexiva, desde la certeza de saberse amados y poniendo palabra en los procesos de autoreconocimiento y aprendizaje, que promueva el desarrollo del pensamiento crítico en nuestros niños, niñas y adolescentes, y en la cual el Hacer como expresión del Ser político, logrará que, a través del ejercicio de los derechos humanos, desaparezcan la tribus urbanas que han coaptado por tanto tiempo la generación de riqueza en Colombia, entendida ésta como el bienestar que podemos brindar a otros con nuestro quehacer cotidiano.

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