Natalia Vargas García

¿Quién eres, qué talentos tienes y cómo los compaginas, dónde los formaste, qué reconocimientos has obtenido con ellos, cuáles de tus ídolos has conocido y cuál ha sido el escenario, concurso o plataforma más conmemorable del que has hecho parte?

Soy comunicadora social y periodista de la Universidad de Manizales, apasionada por la lectura como elemento fundamental para la creación literaria que, a su vez, considero una herramienta muy poderosa para la expresión de la individualidad del ser humano y la descarga de su naturaleza cuando lo cree necesario. Es allí, en la escritura, en donde he encontrado el mayor refugio y la mejor arma para dejar fluir parte de la esencia de lo que me apasiona, lo que temo, lo que amo, lo que soy. Esta faceta de producción escrita la compagino con mi trabajo periodístico en el análisis de contenidos informativos de medios audiovisuales y la corrección de estilo y acompañamiento a trabajos investigativos. Actualmente trabajo en un proyecto independiente de producción audiovisual para el canal On Stage Group Colombia, denominado ‘Conversaciones Rocksound’ cuyo objetivo es dar visibilidad a las bandas y actores de la escena del metal de Colombia y brindar un espacio de creación, análisis y propuesta en torno a este género musical. En los próximos meses se publicará parte de mi obra escrita en la antología poética ‘Etérea soledad’, premio obtenido tras mi participación en el concurso convocado por Gold Editorial para tratar las temáticas de soledad y misterio.

¿Consideras que es necesario entablar negociaciones con nuestros demonios internos para surgir en cualquiera de los campos laborales que elijamos? ¿Por qué, consideras tú, que una parte de la población toma este camino?

La negociación con esos demonios internos no es solo indispensable, si no, incluso, a mi parecer, obligatoria. Creo firmemente que el ser humano se exige a sí mismo un conocimiento más profundo de todos sus tormentos, de todos sus miedos, de los desencantos que le genera la existencia con el fin de definir los caminos que le permitan conocer y establecer los objetivos que le acerquen a la felicidad, a ese concepto tan individualista de lo que consideramos que nos satisface o nos brinda tranquilidad, que nos genera confianza o que simplemente eleva nuestro espíritu. Entonces a partir de esa conexión que se crea con la oscuridad que todos llevamos dentro se da el espacio para que aparezcan treguas y pactos que a algunos les brindan las herramientas necesarias para saber cómo afrontar la vida y como tratar de llegar a hacer realidad esos sueños que también aparecen como ingrediente indispensable del ser y del sentir. Ese proceso se hará en plazos diversos pero, aunque se postergue, llega y a veces con tal fuerza que es capaz de desmoronar el sentido mismo con el que nos movimos a través del tiempo

El planeta, no da más, no nos soporta, somos su mayor plaga. ¿Consideras que la malignidad, los hábitos insanos y nuestros nuevos pecados capitales (corrupción, desidia, mentira, manipulación, sevicia, obsesión y venganza), son la razón por la cual el Ser Humano ha llevado a la vida misma al borde de la extinción?

Claramente el ser humano se ha convertido en la peor plaga para el planeta, y ha sido ese egoísmo de manipular lo que hay alrededor suyo para alcanzar sus propios objetivos por encima de lo que sea y de quien sea, lo que ha llevado al límite extremo en el que se encuentra actualmente el planeta. El capitalismo, la producción en masa, la contaminación extrema de las industrias, ignorar la existencia del calentamiento global, aplazar y disminuir los objetivos relacionados en la mejora de la calidad del aire son ejemplos evidentes de la forma en como el hombre ha volcado esos nuevos pecados capitales como la corrupción, la mentira o la obsesión en una herramienta poderosísima con un solo fin, el dinero y a partir de allí dar paso a otros elementos oscuros que se manejan en esas esferas, como la venganza o la desidia. Triste y fatalmente el camino ya se encuentra muy delimitado desde hace muchos años, variar el devenir de las consecuencias de esos hábitos que se han presentado durante muchísimas décadas parece y podría afirmar que es casi imposible, y por más que se emprendan acciones con el fin de concienciar sobre la importancia de nuestro entorno como los conocidos Friday’s for future o el acuerdo de Paris, entre otros, los objetivos realmente alcanzables distan mucho de los que se requieren para observar un verdadero cambio, un descanso para el ambiente como aquel que pudimos ver durante los meses de confinamiento donde la tierra y la naturaleza reclamo su derecho propio y trató de regresar a los lugares de donde fue retirada a la fuerza

¿Cuáles son los factores que inciden en que nuestra rabia se transforme en rencor y, posteriormente, en venganza? ¿Los escritores tienen la capacidad para influir, orientar y fortalecer estos sentimientos oscuros? Siendo así, ¿Qué acciones podrían y deberían tomar en corresponsabilidad por ello?

Considero que los escritores encuentran en la creación literaria y en la palabra una herramienta para surgir y exteriorizar sus propios sentimientos, ya sea de vivencias personales, sueños, anécdotas, desengaños o esperanza o simplemente la estrategia perfecta para dejar volar su imaginación y crear otros mundos. Cada composición lleva dentro de sí una compilado fundamental de la esencia de su creador pero, ante ello considero que quien lo lee le otorga el significante adecuado dependiendo de su propia experiencia y aunque esté cargado de sentimientos oscuros, de desesperación, de analogías que puedan llegar a ser incluso macabras, la responsabilidad ante las consecuencias generadas por dicha lectura quedan como total responsabilidad del lector. La corresponsabilidad del escritor considero que llega hasta el punto de utilizar su pluma al nivel más evolucionado que tenga en sus manos para brindar a quien le lee el respeto suficiente al tiempo que le toma dedicar dicha tarea para contemplar su creación

Tristeza.

Señora, permítame escribirle hoy, en medio de una noche eterna, de esas en donde el susurro de los grillos acompañan el invierno y el viento se atreve a soplar, como un presagio de muerte, como aquel que entró por la ventana de mi cuarto en una tarde de sábado para llevarse consigo pedazos insostenibles de mi pobre humanidad.

Señora de ojos tristes, permítame recordarle las promesas hechas e incumplidas, no como un reproche si no como un reclamo de su presencia, como una necesidad incontenible de sentir el calor de sus brazos alrededor de mi cuerpo, como un grito desesperado por la protección enterrada un día de mayo, en medio de la tormenta, con esas estúpidas rosas blancas que solo se regalan a los muertos, las que ahora no soporto porque huelen a su ausencia, a tierra, a frío, a rabia, a impotencia, a soledad.

Señora dueña de mi alma, aprovecho la ocasión para pedirle que aumente la frecuencia de sus viajes a mis sueños, es allí donde finalmente tengo paz, donde estoy completa sin estarlo, donde hay un descanso para esta existencia sin su imagen, donde el indómito hielo que se cuela por las hendijas de la habitación, desaparece, por fin, rodeado por la infinidad de su espíritu.

Señora que ya no está, tengo conciencia de que no fue su culpa, el peso del cuerpo se hizo insoportable, las noches hablaban un idioma cargado de lamentos y llenaban el ambiente de un temor miserable, un temor no solo suyo, mío, nuestro. Es por ello que tuve que encontrar un culpable y fue Él. Estaba ahí, sentado, tan miserable como el más ínfimo de los humanos, tan egoísta como ese niño que no puede ver a otros ser felices, tan imperfecto como el mismo demonio al que se atrevió a juzgar cuando le condenó al infierno.

Señora mía, siempre mía, tengo su mirada clavada en mi alma, tengo sus silencios atravesando mi pecho, tengo sus caricias entre mis manos. Le extraño en cada respirar, en cada sonido que hacen las rocas al recibir la tormenta, en cada anochecer que quiso ser amanecer, en cada flor marchita antes de tiempo, en cada paso que camino con mis zapatos de muñeca llenos de tierra, porque este camino sin usted, por más que lo transito, jamás deja de ser difícil.

Rabia.

No me exija reconocerle, es más, no entiendo su repentino interés por figurar en mi vida, por reclamar pedazos, ahora, de mi existencia, esa que tantas veces pisoteo con su indiferencia, esa que transformó en un fantasma silencioso de los que hacen erizar todos los vellos del cuerpo pero que son imperceptibles a la mirada, tal vez por el mismo temor que generan.

Creo firmemente que es el peso de las arrugas, el color blanco de su cabello y el miedo a la cercanía de la muerte el que le hace sentirme ahora, necesaria. Tal vez sea la repentina conciencia de los errores cometidos, de la ausencia de una llamada, de la falta de una palabra de aliento cuando la tempestad más fuerte derrumbaba el pequeño refugio en donde me sentía sosegada, segura, donde fui feliz. Ese llamado ‘remordimiento’ no funciona para mí, y no porque le tenga rencor si no porque su mirada no refleja ni un solo ápice de mi alma.

No. Lamento decirlo, pero no. No siento nada por sus lágrimas carentes de coherencia, esas reflejo del egoísmo de su figura hoy maltrecha, que emergía por ínfimos instantes en mi existencia, lapsos en los que incluso me hacía sentir incómoda. Pesan para mí de la misma forma en que para usted pesaron mis noches eternas de sollozos, silencio, soledad; las enfermedades jamás cuidadas; los monstruos jamás vencidos, la confianza nunca construida, no estaban en su lista de quehaceres diarios. Aunque, lo entiendo. La ausencia de mi afecto jamás marcó una diferencia, ya no era la niña inocente que creía cada palabra y cada historia de hadas para justificar la ausencia y el muñeco de nariz larga y vestido de azul ya había sido regalado, como un homenaje particular para la extinción de esas, sus mentiras.

Entonces llegados a este punto de su existencia y la mía, me niego a sentirme culpable, una vez más de sus errores, hace muchos años borré con las luces del tono violeta de mi espíritu la sombra de su imagen, sus ausencias en mis monólogos en el colegio, sus llamadas en mi cumpleaños y continúe mis pasos como siempre, sin la imagen de sus zapatos tras la hendija de mi puerta.

Perdón tampoco habrá, creo que es para espíritus superiores capaces de transformar el dolor para sacar de si los fragmentos oscuros de las ilusiones a las cuales, en algún momento, se entregó el alma y, lamento también decirlo, hasta allá no he evolucionado aún.

Lo más que puedo darle es una promesa, la de continuar siendo el espectro al que recordaba muy pocas veces y tomar de usted lo único valioso que conservo en mi ser, mis palabras que serán ahora solo mías, marcadas simplemente por un pequeño, casi imperceptible fragmento de su sangre.

Eternidad.

Bella dama, la referencio en madrugadas llenas de neblina, caminando sola por las calles vacías, encontrando en los entes nocturnos y en el ulular de los búhos la única compañía para ese trabajo sucio que el destino escogió para usted. Lo hago tal vez, erradamente, algo influenciado por la imagen que he tenido sobre su ser desde pequeño, pero le digo abiertamente hoy, enamorado de su trasegar. Sería indicado para mi resaltar su presencia en otros escenarios, cientos de ellos, con el sonido de las olas como banda sonora, o, incluso las risas de los niños, los juramentos de amor eterno, o los artefactos médicos de fondo. Sin embargo se me hace más cómodo seguir sus pasos entre las oraciones y los cantos gregorianos, el eco profundo de las iglesias y los pasos acechantes en las tumbas heladas y carcomidas por el moho, ese silencio es el que más paz brinda a mi existencia maltrecha. Admiro con absoluto respeto la elegancia de su atuendo. Déjeme decirle que el color negro le sienta de maravilla, y es el indicado para las epifanías a las cuales usted está acostumbrada a asistir con una puntualidad rigurosa, sin robar un solo segundo, siendo la más justa en su haber. Es esa justicia la razón de mi fascinación profunda, la capacidad que tiene para hacerme sentir aceptado, más allá de mi visión pesimista del mundo, pero créame, tengo motivos de sobra para querer dejarlo todo de lado.

Muchas noches he querido tener el placer de acompañarla en su caminar, noches en las que la existencia pesa con cada pensamiento, con los recuerdos infames que carcomen el corazón de a poco, con la soledad implacable que invade las paredes de mi habitación, con las memorias de esa mujer amada de quien reclamó su alma más rápido de lo esperado. Quisiera preguntarle también cuándo me permitirá hacerlo, la curiosidad es imperativa en una existencia que pesa con cada amanecer y que envidia la felicidad de los comunes, una visión egoísta ante las paradojas del azar, que ante mi da todo a quien no lo merece y resta de a poco suspiros a quienes miramos el mundo como una carga absurda que alguien sin escrúpulos puso en nuestros hombros.

Dama oculta y misteriosa, a veces transfiguro su tristeza en mi rostro, buscando pasar desapercibido entre las huellas de los transeúntes que me encuentro en este tortuoso camino, disimulando mi estado, acompañado a veces de vino y las cenizas de algunos cigarrillos, amigos a quienes cuento cada pena, cada falta, cada ausencia. La esperaré sentado, en el borde de algún camino, buscando cruzarme anticipadamente con aquel a quien irá a depositarse mi alma, rogando finalmente tener la alegría de conocer su rostro, y ser su confidente, así sea por un solo segundo antes de partir hacia la mal llamada eternidad.

Olvido.

Se miró de nuevo en el espejo pero no reconoció nada, no se encontró en aquella mirada vacía, no sabía a quién pertenecía esa ropa, no recordaba en qué momento esas arrugas se apoderaron de su rostro. Su cabello ya no tenía el color oscuro que le caracterizaba, continuaba largo pero envejecido como sentía que cargaba también su alma.

Aún desubicada se sentó en la vieja silla de su madre y mirando por la ventana, lloró, lo hizo como nunca, lo hizo por los años que trató de ser fuerte, por los errores que pudo evitar, por los amores que se fueron, por los sueños olvidados y por el tiempo, ese que se le escapó de entre los dedos. Llevaba ya varias noches sin dormir, incluso había perdido la cuenta. La receta del psiquiatra se acabó una semana atrás pero decidió no pedir una nueva, qué mas daba si sus pesadillas regresaron hace más de un mes. Los demonios la perseguían y llevaba tanto tiempo tratando de escapar de ellos que los sentía cercanos, casi como si fueran los únicos amigos en ese laberinto sin salida en el que se había convertido su mente.

Había uno en especial al que temía y no era por su aspecto, similar al de un dragón color fuego como el mismo San Juan describía a Satanás, o por los colmillos que le mostraba en cada sueño en el que le sentía mientras se acercaba a su cuello y lo lamía con una mezcla de lujuria y rabia. Tampoco era por sus garras y las uñas largas que le lastimaban mientras jalaba sus caderas durante esas agonías que, sabía, eran más realidad que fantasía, de las que trataba de despertar en vano y que parecían eternas, esas a las que culpaba de su juventud perdida, su belleza marchita y su luz extinta.

Continuaba sintiendo esa presencia en cada habitación, en cada pared, en las sombras que le acompañaban en las madrugadas en las que el insomnio se apoderaba de su mente fatalista y que se autoproclamaban dueñas de ese espacio desvanecido con el tiempo, que desdibujaba el blanco de las paredes y las cubría de ese moho producto del frío que dejaba el vacío.

En sueños le había visto bailar alrededor de una fogata haciendo invocaciones a las cuales ella misma se había unido, con cánticos ininteligibles para reclamar su presencia y que iniciaba con un suspiro y finalizaban en una súplica. No entendía por qué había llegado a tal punto de locura. Suponía que buscaba las cenizas de las ilusiones de ese maltrecho amor que, supuso, existió por muchos años y que se destruyó al igual que la fantasía del mundo perfecto que reclamaba al destino, del que nunca se consideró completamente merecedora, siendo tachada de la lista para construir un castillo de cuento.

La realidad era más cortante e hiriente, y cuando por fin lograba salir de ese espacio onírico que no le brindaba mayor paz, se encontraba con el temor de su ausencia, con la dignidad perdida ante sus maltratos, y con el bien sabido futuro sin su presencia. En los pocos momentos de cordura solo lograba dirigir súplicas al cielo, entre lamentos.

Finalmente le vio alejarse por la puerta, sin mirar atrás. Ella, sin comprenderlo sintió alivio, de alguna forma se habían cortado esas cadenas que se fueron cargando de espinas y que consumieron los pétalos de las rosas que alguna vez florecieron y se marchitaron antes de tiempo, fue así como de alguna forma decidió soltar una última lágrima al viento y partir hacía otro tiempo, donde el dolor fuera el alimento del olvido.

UN NOGAL ALEGRE

La mañana crecía
como nubes de luz
entre las ramas escritas
en un nogal alegre.

Me miraste
como un cielo claro,
terso y rosáceo,
con una cinta de aurora suave.

Capitana de mis naves,
eres guía de ausentes y amaneceres;
así te esperaba sobre la corteza
de mi barca henchida
por suspiros de mar
y corales verdes.

En nuestro espacio,
el rocío lunar se iba secando
con el viento encendido
de tus labios de romero.
Comienzo a sentir
el fulgor nuevo
de un mediodía firme de Mayo.

Seremos duelo en una tarde
que galopa inmensa hacia la noche,
como corceles en busca
de un erótico remanso.

JUNTO A LA FUENTE SECRETA

El tiempo se hizo manso
entre árboles grises
y un arroyo dorado.

La estela
tenía un aroma mojado,
como el aliento de una sirena.

El viento tornó dulces
las hiedras y el clavo.
Voló un nenúfar
de savia fresca y tenue tallo.

Un brote de luz surgió ante el cielo,
tímido como las ondas temblorosas de un espejo.
Dos hermanas de estampa morena
mojaban raíces verdes
en la fuente de la cancela.

¡Dios que repartes tu agua
entre las manos de las hadas,
pareces humano cuando suena el cascabeleo
de tu incesante cascada!

Y allí estaba,
quieto entre la siniestra sombra
y la galaxia soleada.

Sólo tuve que esperar
una luna profunda,
y ver así lucir
mi primera esperanza.

SIN ELENA

La luna brilla
como una ausencia dorada.

Aún quedan pétalos de estrellas
surcando el viento rizado.

El viento tornó dulces
las hiedras y el clavo.
Voló un nenúfar
de savia fresca y tenue tallo.

Un brote de luz surgió ante el cielo,
tímido como las ondas temblorosas de un espejo.
Dos hermanas de estampa morena
mojaban raíces verdes
en la fuente de la cancela

¡Dios que repartes tu agua
entre las manos de las hadas,
pareces humano cuando suena el cascabeleo
de tu incesante cascada!

Y allí estaba,
quieto entre la siniestra sombra
y la galaxia soleada.

Sólo tuve que esperar
una luna profunda,
y ver así lucir
mi primera esperanza.

SIN ELENA

La luna brilla
como una ausencia dorada.

Aún quedan pétalos de estrellas
surcando el viento rizado.

Un silencio húmedo
cubre de paz a las flores sinceras.

Resplandecen sueños inertes
sobre rocas de cristal
de colores tempranos.

Al final del reflejo,
una maraña de luz e hilos de bronce
asciende hasta ella

ALFILES DE LA ESPERANZA

El sol camina ya mortecino
hacia una nueva luna.

Es el tiempo
donde las almas florecen coloradas
y los girasoles se encorvan
por el peso de la niebla rendida.

En el cielo, allí, cada día
es donde dejo huérfanos
mis deseos.

Pero con esa luz tardía,
entre la bruma de ese río de lava
donde se funden mis dos realidades,
se traslucen los alfiles de la esperanza
que guardan mi corazón.

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