María José Pizarro

Soy María José Pizarro, artista plástica, madre de dos hijas, hija de Miriam Rodíguez y Carlos Pizarro, actualmente Representante a la Cámara del Congreso de Colombia. Lideresa política, activista por la paz y la memoria, defensora de la vida, el medio ambiente, los derechos de la gente y, en particular, los derechos de las mujeres.

Yo no sé muy bien si es un talento o si son varios talentos. ¿Por qué escogí el arte como camino de vida? Básicamente porque el arte no es esquemático, es un espacio de creación, de indagación; muchas veces de catarsis, de interpelación a la sociedad; un ejercicio herético de la ideología. Todo esto también se pone en función de la política, del arte como un ejercicio colectivo y transformador, el arte revolucionario, el arte que interpela, el arte que te permite hacer política de una manera completamente diferente, cambiando paradigmas, planteando y cuestionando no solamente la forma en que hemos hecho política en nuestro país y en nuestras sociedades, sino también en la forma en que nosotros queremos interpelar a la sociedad, a sus agentes políticos, y transformarla como una herramienta de profunda transformación social.

Empecé a hacer arte desde muy pequeña. Por un lado, con mi abuela materna, ceramista, y por otro lado con mi madre: artista, diseñadora textil, y una persona que se indaga también desde las artes. Decidí y escogí el arte como camino, precisamente a través de la pintura, de la orfebrería. Estudié joyería con dos maestros colombianos: Pacho Piñeros y con Nuria Carulla. Luego me fui a España; en aquel exilio estudié artes plásticas con énfasis en joyería artística en la Escuela de Artes y Oficios Massana, en Barcelona. Enseguida aprendí del arte colectivo con maestros, con las comunidades, en sus territorios, con organizaciones de víctimas y diversas colectividades que reforzaron y ampliaron mi enfoque; esas dos últimas fueron mis mayores escuelas. Al estudiar joyería empezó mi proceso de catarsis personal. Precisamente en ese taller de alquimia, al encontrarme absolutamente sola, en aquel universo personal, me sucedió algo similar a lo que escribía el coronel Aureliano Buendía en Cien Años de Soledad: “para soldar cada una de las escamas de los pescaditos de oro, se requería tal nivel de concentración que uno podía olvidar los horrores de la guerra”. En mi taller de alquimia, inicié la indagación de mi propia historia, y ello, por supuesto, involucraba la historia de mi padre (quien fue una figura nacional hasta el día de hoy mencionada). En aquel entonces inició mi trabajo de memoria histórica con la publicación del libro De su puño y letra y su exposición Hacer la paz en Colombia. Posteriormente la obra Ya vuelvo, que estuvo en la Casa América Cataluña, el Museo Nacional de Colombia, el Centro de Formación de la Cooperación Española en Cartagena y el Estadio Olímpico Pascual Guerrero de Cali, me pusieron en el centro de atención.

También inicié un trabajo cinematográfico de memoria con dos documentales. El último, Pizarro, trabajado con Simón Hernández, fue galardonado y participó en diferentes Festivales; recibió el Colón de Oro en el Festival de Cine de Huelva (2017), la mención de Honor del Festival de Cine Colombiano de New York (2017), el Premio Memoria del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano (2017), el Premio India Catalina a Mejor Documental (2016), el Mejor Documental Unitario en los Premios TAL (2016), en el que galardonan las mejores producciones de televisión pública y cultural de América Latina; entre otros.

El arte y la memoria me han permitido conocer, además de mi propia historia, rostros y voces colectivas de ex militantes del movimiento M19, quienes siguen siendo para mí padres y madres; también personajes en la política y periodistas que han sembrado semillas de cambio en la sociedad colombiana. Pero, sobre todo, creo que el arte que me llevó a los territorios me permitió conocer esos héroes e ídolos del anonimato colombiano como Naka y Sandra de la Comuna 13, Rosa de las Nieves, Elizabeth, Cuca, Leiner en Bojayá, Rafaél Posso.

María y tantos más dentro de los que destacan los indígenas del Cauca; líderes y lideresas dispuestos a entregar su vida a cambio del bienestar de sus comunidades; como espacio de formación y de reivindicación, Zunga, la perra roja en el Caquetá; las mujeres de la Colectiva de Mujeres Refugiadas, exiliadas y migradas; Yaneth Bautista, Pilar Navarrete, Luz Marina Bernal, mujeres con las que trabajamos y caminamos tanto. Este trabajo me ha permitido conocer sobre todo las organizaciones sociales y de víctimas que nos han abierto las puertas de su vida y sus comunidades; y hoy en la política, a mis colegas del Congreso de la República.

Tengo por futuro cercano propiciar, construir, ayudar a generar una revolución cultural en nuestro país, y por lo tanto una revolución social, que pueda ponernos por fin en el eje de la paz, de la transformación, de la reivindicación de valores y el reconocimiento de culturas. Lo he dicho siempre: lo que necesita este país es una profunda transformación y una revolución cultural sin precedentes. A corto plazo, busco consolidar esta representación como una de las voces femeninas en la política, una de las voces de las mujeres, de los jóvenes, voces de la cultura, voces que logren transformar y reinventar el ejercicio político en Colombia. Continuaremos en el Congreso de la República y allí esperamos poder seguir consolidando, no solamente esa voz, sino abrir la puerta para que muchas otras personas puedan llegar a transformar también los espacios de representación.

María José, ¿Cómo un Artista Plástico puede convertirse en héroe o villano de la ciudad?

Para ser héroe o villano no se necesita una carrera, no se necesita una formación concreta. Ser héroe o villano depende de los principios morales y éticos que te rigen como ser Humano; depende de tu humanidad, de lo que reconozcas como valioso y de cómo te hayas construido.

¿Cómo formar héroes de las ciudades a través de la gestión cultural?

Sobrevivir o vivir del arte ya es un acto de heroísmo en un país donde se reconoce tan poco el valor de la cultura y del arte. He visto organizaciones sociales y populares de nuestro país que se dedican a la gestión cultural, que trabajan en los barrios de periferia y en las veredas; ese ejercicio de resistencia por la memoria, en contra de la guerra, por la verdad, por espacios culturales, por la dignificación de la vida misma. Definitivamente para mí, allí está el espacio del heroísmo y de la transformación potente en donde se dan también espacios de creación con y por la juventud, las mujeres, las organizaciones de víctimas. Allí están también aquellos y aquellas personas que están protegiendo dinámicas ancestrales en los territorios, protegiendo la cultura, protegiendo la vida, la memoria y que se paran frontalmente en contra de la guerra y por la paz; ellos han sido los resistentes, el soporte ético y moral de la sociedad colombiana.

¿Cuáles son los atributos que pueden convertir un Servidor Público en Héroe o Villano de su territorio?

Como ya lo señalaba, depende mucho de la construcción humana, de los valores éticos y morales, del nivel de compromiso con las comunidades en sus territorios, de si se trabaja para sí mismo (codicia) o si se trabaja por el beneficio de la comunidad en una lógica vocacional con un objetivo claro: Defender a la sociedad, defender la paz y la posibilidad de extender puentes comunicacionales y empáticos entre diferentes puntos de vista; ese es el mayor y único heroísmo que debe tener todo funcionario público.

Todos debemos entender que el planeta está muriendo. Desde el desarrollo cultural,

¿Qué se puede hacer para entregarle a las siguientes generaciones Dinámicas sociales sustentables?

Lo primero es empezar por reconocer el trabajo que han venido haciendo durante décadas las organizaciones sociales, populares y comunitarias en nuestro país; si esto no se reconoce, si no se reconocen sus experiencias, las metodologías que estas organizaciones han creado durante décadas y que las ha permitido sobrevivir y construir memoria en medio del conflicto, difícilmente podrá transformarse (más bien trascenderse) la sociedad. Ellos han construido metodologías que hoy son patrimonio histórico, tanto de Colombia como del mundo; estas son labores que deben ser amplificadas, fortalecidas, difundidas, enriquecidas y puestas en conocimiento como un valor patrimonial que se ha construido en medio de la guerra y los conflictos sociopolíticos.

“En estas cartas entregaré al hombre que sobrepasó mil veces mis expectativas, por ser tan solo eso, un hombre, pero uno perseverante en la construcción de sus sueños, un hombre que, enamorado de la libertad, se rebeló a la misma rebeldía y fue capaz de romper sus propios esquemas. Ese es el padre que descubrí… en estas cartas él está vivo y presente, quien habla es Carlos Pizarro, conocido y recordado por muchos desde la distancia de los tiempos, quien, a pesar de despertar odios o simpatías, pocas personas conocen. Aquí podrán encontrarlo luchando en su empeño por darle un nuevo sentido a su país, intentando cambiarle el rumbo, enfrentando sus fantasmas y demonios, tratando de interpretar al ser humano, de retornar dignidad al humilde, al desposeído y, en su oficio, mitigar las desdichas del prójimo, sufriendo por los perseguidos, para convertirse finalmente en uno de ellos”, María José Pizarro & Carlos Pizarro.

Extracto del libro De su puño y letra (2015)

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