Manu Espada

Manu Espada nació en Salamanca en 1974. Es Licenciado en Periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca, Máster en Radio por RNE y la Universidad Complutense de Madrid, y Máster en Experto del Espectro Autista por la Universidad de Alcalá de Henares. Periodista, guionista y escritor, trabaja como periodista en radio y televisión desde 1998. 

Compagina su labor periodística en Telecinco con la Literatura. Actualmente es una de las voces más representativas de la narrativa breve contemporánea. Ha sido antólogo, junto a Rosana Alonso, de (Talentura, 2013), y es autor de los libros de relatos El desguace (GrupoBúho, 2007) y Fuera de temario (Talentura, 2010). En el ámbito del microrrelato ha publicado Zoom Ciento y pico novelas a escala (Paréntesis, 2011), Personajes secundarios (Menoscuarto, 2015), Petricor (Cuadernos del Vigía, 2018) y el manual práctico Las herramientas del microrrelato (Talentura, 2017). Ha ganado premios literarios de referencia como Relatos en Cadena de la SER, el premio de microrrelatos de la Revista Eñe o el premio Lenteja de oro de la Armuña. Considerado uno de los autores de referencia del microrrelato en habla hispana, figura en las antologías Mar de Pirañas (Menoscuarto), Velas al viento (Cuadernos del Vigía), Pescadores de perlas (Montesinos) y Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo, de la editorial Cátedra. 

– Manu, ¿Es factible comparar el Amor con un guion? 

Un guion tiene poco de espontáneo, se trata de una historia pensada y repensada, por lo que se pierde el factor de espontaneidad que puede tener el enamoramiento, lo que no quita que te enamores de la historia que están escribiendo. Sin embargo, normalmente la relación con el guion suele ser de amor-odio, al fin y al cabo, es un trabajo, apasionante, pero un trabajo que se supone que el amor no tiene. Aunque puede que la dedicación a la búsqueda del amor o a mantenerlo, en ocasiones, sea una labor más ardua que la escritura de un guion. 

– ¿Son nuestras acciones y nuestra concepción del Amor tan premeditadas para ello? 

El Amor solo es premeditado cuando lo buscas con ansia, pero aquella ansia también le resta frescura y puede convertirse en una obsesión que acaba en frustración. Lo mejor para el Amor es esperar, pero siempre intentando que pasen cosas, porque nadie va a venir a buscarte a casa. 

– ¿Cuál es la clave para armonizar el lenguaje en la televisión de manera que parezca que cada diálogo es auténtico? 

La clave para escribir en televisión es escribir de manera coloquial para que los diálogos sean naturales. Toda artificiosidad provoca la falta de veracidad. Hay que huir de lo artificial y medir mucho las figuras retóricas. No se escribe de la misma forma para la televisión que en literatura. Imagina que te dieran el telediario en verso. 

– ¿Consideras que el Amor, en cualquiera de sus expresiones, necesita un guion para mantenerse firme? 

Lo mejor en el Amor es improvisar, pero también mantener unas rutinas. Las rutinas muchas veces hacen a las parejas más fuertes. Vivir en la constante improvisación puede matar el Amor de puro estrés. Siempre hay un término medio. Dice Stephen King en un decálogo: “Si quieres escribir necesitas estabilidad y tener la cabeza despejada. Si quieres escribir no necesitas grandes aventuras, al contrario. Si quieres escribir, cásate”.

LISTA DE ESPERA

—Tenemos un conflicto, pero tú eres un personaje pragmático, reacio al cambio, no tenemos una historia. Quiero el divorcio —dijo Nina con tono solemne. Y las pulsaciones de Carlos subieron a 120 por minuto. A la noche siguiente, Nina metió sus cosas en cajas y a su marido le bajó el pulso a 119. Se despidió de él por la mañana con un portazo y le descendieron a 118. El cuarto día, cuando no le cogió el teléfono, cayeron a 117. Iban bajando una al día. A ese ritmo, dejaría de tener pulso en cuatro meses. Cuando alcanzó las 70 pulsaciones por minuto fue al cardiólogo, pero no vio nada extraño. Ante su estado desesperado, Carlos decidió renunciar a la medicina tradicional, y aunque no creía en los curanderos, acudió a la consulta de un poeta. 

—A usted le han robado el corazón —apuntó tras hacerle una radiografía alegórica. —Ahí puede ver las arterias. Deberían estar unidas a los ventrículos, pero cuelgan en el vacío como cables de la luz pelados —dijo señalando un enorme hueco en su pecho. —No se le ocurra leer sonetos sentimentaloides ni escuchar música triste. En su caso está contraindicado. Le puedo recetar algún autor experimental para que todo sea más llevadero, pero solo como tratamiento paliativo, mera evasión, porque a usted únicamente puede salvarle un trasplante de metáfora. Le apunto en la lista de espera de melancólicos —añadió. 

Pese a sus lecturas de poemas de vanguardia, las pulsaciones de Carlos continuaron cayendo en picado, por lo que dio todo por perdido. Decidió practicarse una eutanasia activa y sustituyó las comedias tontas de Peter Farrelly por las tragedias intimistas y enrevesadas de Lars von Trier y cambió las poesías dadaístas de Tzara por una sobredosis romántica de Byron, hasta que tuvo una pulsación por minuto. Había llegado su hora. Seguramente, al día siguiente llegaría a cero y moriría de pena, descorazonado. Al menos había cambiado. En ese momento sonó el teléfono de Carlos. Había aparecido un donante voluntario. Acudió caminando muy despacio, apoyándome en las paredes cada dos pasos. Cuando al fin llegó bien entrada la noche, vio a Nina sentada en la consulta, junto al poeta. 

—He escuchado al narrador omnisciente decir que has sufrido un cambio —susurró orgullosa, con el corazón en la mano.

AMNESIA SELECTIVA

El sol se precipita en picado sobre el horizonte, salpicando el cielo de manchas rojas, como una esfera de plomo que cae en un charco de pintura. Amalia jamás había visto anochecer de esa manera tan apresurada. El cielo se tiñe de un color que jamás ha visto. Como cada tarde a esa hora, sale de su consulta y se va a buscar a su marido a la salida del trabajo. A la altura de la calle Téllez, una señora vestida con abrigo de piel de zorro le pone una mano sobre el hombro. 

-¡Amalia, cuánto tiempo!, si te veo igual que siempre…-le dice la mujer emocionada. 

–Lo siento, pero no caigo, ¿de qué nos conocemos? -responde Amalia con cierto pudor. 

La extraña le explica que se conocieron en la universidad, cuando estudiaban psicología. De hecho, hicieron prácticas juntas. Amalia, consternada por su falta de memoria, se despide educadamente y continúa su camino por Juan de Urbieta esquina Ciudad de Barcelona. A la altura de la tienda de fotos, un chino pequeñito sale con un sobre. 

–Tenga, la foto de su marido que me pidió para enmarcar. ¿Se encuentra bien, Amalia? –pregunta el hombrecillo. 

Ella conoce la tienda, y es cierto que pidió la ampliación de una foto de su marido para enmarcar, pero no ha visto al chino en su vida. Con cierta turbación continúa caminando, y al girar en la calle Granada a la izquierda, a la altura del bar La Parisien, dos hombres vestidos con mono de mecánico se dirigen a ella por su nombre y le preguntan por su hijo pequeño. Amalia es incapaz de explicarse por qué no conoce a la gente que le saluda, y que, al parecer, saben quién es ella perfectamente. 

Visiblemente molesta, prosigue su camino hasta Menéndez Pelayo. Allí está la oficina de su marido. Tres portales antes, tropieza con una chica rellenita, tirando a gorda, muy atractiva. La joven le da dos sonoros besos de forma efusiva, como si fueran íntimas amigas. Es más, le pega una palmadita en el culo y la piropea comentando el tipín que se le ha quedado con la dieta del nutricionista. 

–Recuerda siempre que fui yo la que te di la dirección de ese genio. Me debes una cena –añade. Amalia le sigue la corriente. Quiere averiguar quién es esa chica. Tras varias preguntas que su interlocutora se toma a broma, Amalia descubre que al parecer la regordeta es la hija de su mejor amiga de la infancia. 

Perpleja ante lo insólito de los acontecimientos, al fin llega a la oficina de su marido. 

Llama al timbre visiblemente nerviosa. Cuando su esposo abre la puerta, se lanza a sus brazos. Al fin una cara conocida. Se refugia en los largos brazos de la persona con la que ha pasado los últimos treinta años de su vida. El hombre, con cara de asombro, la mira a los ojos y le pregunta: “Perdone, ¿la conozco?”.

EL GRUPO

A Inma Navarro 

Nos reunimos para urdir el siguiente plan en un plató de Hollywood. Los primeros en llegar fueron aquellos agentes de la CIA que organizaron el asesinato de JFK, tan siniestros, tan conspiradores, tan hoscos. Sus recios modales chocaron con los británicos del MI5 que años después mataron a Lady Di, tan educados, tan formales, tan flemáticos. Casi acaban a tortas por un puesto en primera línea durante la grabación del Eagle posándose sobre el polvo blanco que esparcimos por el estudio. Yeso de Kentucky. La cita fue una iniciativa de los terraplanistas. En aquellos años trataban de engañar al mundo para colocar sus productos en el mercado. Fue la estafa del siglo. Conseguimos que toda la Humanidad creyese que la tierra es redonda. Para el alunizaje fichamos a Kubrick. El director llegó acompañado de Elvis, que por entonces se había convertido en nuestro asesor más cotizado. Su aspecto ya era deplorable, con aquella barriga y la camisa de lentejuelas dejando al aire su hirsuto pecho. Sin embargo, su papel fue menor, dormía a todas horas entre unos ronquidos cavernarios. En realidad, la famosa frase de Armstrong se le ocurrió al miembro de la multinacional farmacéutica que ocultó la relación entre vacunas y el autismo. Una industria redonda la de los fármacos, ya saben. Millones de dólares. Años después se unieron al Grupo los extraterrestres que sobrevivieron al accidente de Roswell y nos proporcionaron nuevas técnicas de manipulación masiva. Los últimos en incorporarse han sido los judíos que huyeron de las Torres Gemelas el 11S. Su intención es hundir la aviación con el fin de potenciar su empresa de catamaranes ecológicos. Nos han traído una idea prodigiosa, un calentamiento global que acabará con la vida en el planeta, un apocalipsis similar al de los dinosaurios. Fulminante y exterminador. Una extinción masiva de la especie humana. Es difícil que la gente se trague semejante bulo, pero sobornaremos de forma sistémica a los científicos y hemos comprado una niña. La hemos bautizado con el nombre de una famosa actriz sueca. Es perfecta para el triunfo de la conspiración. El cambio climático será la más sofisticada de nuestras mentiras.

DIXESLIA

Dsede uqe diganosaticron mi dixeslia, mis pardes me enviraon a calse cno una teraeputa uqe etsá buneísima. Llveo dos aoñs ne tratamineto, pero ella aún no sabe que ya estoy curado.

ÁRBOL GENEALÓGICO

Cogí mi árbol genealógico, el que había dejado mi madre sobre la repisa del salón, y lo trasplanté en el jardín, junto al manzano. Le eché abono natural de oveja y vaca. Al día siguiente le había brotado una nueva tía abuela, dos hijos, cuatro hermanos y doce sobrinos. Estaba tan frondoso que tuve que podar a los primos lejanos. El de mi vecina era más pequeño. Lo tenía medio escondido junto a los geranios. Apenas tenía parientes. Me produjo cierta lástima que estuviera tan sola y decidí injertarle la rama en la que estaba mi nombre. Salté la valla de su huerto y conseguí llegar hasta los geranios sin que nadie me viera. Mi vecina no se dio cuenta del injerto, y lo regaba a diario con la manguera, junto al resto de sus flores. Al prinpio le salieron malas hierbas, pero volví a saltar la valla y eché un pesticida. En cuatro semanas, mi vecina y yo ya aparecíamos en el árbol como marido y mujer. Decidí romper con mi familia. Saqué un hacha y talé mi árbol genealógico. Esa misma noche dormimos acurrucados junto a la chimenea, al calor de la leña. Mientras, nuevos brotes crecían en el huerto, junto a las malas hierbas de los geranios.

VIEJOS AMORES

El abuelo lloraba descorazonado en la azotea con un portarretratos en sus manos. 

– ¡Alto, no se tire! -gritaba el enfermero del geriátrico mientras intentaba agarrarle por un tobillo. 

– ¿Dónde está ella? -repetía una y otra vez el anciano mientras miraba la foto. Allí estaba él, de joven, junto a aquella chica del disfraz, tan bella y menuda, con aquellas alas brillantes. 

– Vuelva a entrar, abuelo, aquí fuera hace frío. 

– El anciano saltó al vacío, extendió los brazos y una anciana con las alas arrugadas le agarró de la mano. 

– Cuanto tiempo, Peter, te has hecho viejo -le susurró al oído.

Manu Espada

1 comentario en “Manu Espada”

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