Las redes sociales un arma de doble filo

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Hablar de arte y de cultura en Colombia es un atrevimiento, pero tratar de vivir del arte o de la cultura en un país como Colombia es toda una proeza.

Se requiere de varias cosas, entre ellas: ser artista, ser cultor, ser soñador, creer en las entidades, confiar en las organizaciones, poner las esperanzas en las empresas y rogarles a las personas que uno supone son consumidores de arte y de cultura que escuchen el llamado.

¡Ah!, pero ahí no termina la cuestión. De hecho, esta es la punta del iceberg. Sin duda alguna, se requiere de valentía, coraje, tripas de chulo, resistencia, perseverancia, magia, ocultismo y un entramado de “triquiñuelas” que aprendemos a hacer quienes nos la jugamos por el camino del arte y la cultura, sobre todo, si lo hacemos en zonas desérticas donde el contexto cultural está sesgado por intereses particulares.

Mi historia es simple, en el año 2012 inicié un proceso llamado Festival Internacional de Cine de Villavicencio o, si lo prefieres, FICVI. Palabras más o palabras menos, era mi idea de un mega evento cinematográfico que generara tres condiciones: formación de públicos en algo que llamamos cine social independiente; formación de productores o realizadores de cine social de bajo presupuesto; y fortalecimiento de la cultura cinematográfica de los llanos orientales.

Y como si fuera poco, quería intervenir todas las comunidades vulnerables de la ciudad en la que, acabada de aterrizar, desde una perspectiva enfocada en la comunicación para el cambio y el desarrollo social. Muy romántico, ¿no? Pues sí, lo sé, pero los artistas también tenemos nuestro corazoncito.

Lo cierto de la historia es que nada de lo previsto se logró y debo ser honesto, el culpable fui yo. Podría pasarme la vida diciendo que fue el gobernador y sus secuaces, el alcalde de turno y su rosca, los empresarios con pinta de comerciantes que no ven en el arte y en la cultura una salida negociada a los problemas sociales, los presidentes de las Juntas de Acción Comunal de los barrios y sus habitantes porque despreciaron el tiempo, el trabajo y los esfuerzos. Pero estaría mintiéndoles.

El culpable fui yo porque: decidí tener una familia que necesitaba de mi sustento. Decidí tener hijos que requerían tiempo y educación. Decidí ser realizador audiovisual y jugármela por contar historias a través de las imágenes en movimiento en un territorio en el que esto no es valorado. Decidí ser gestor cultural a sabiendas que en ese camino no hay sueldo, no hay primas, no hay seguridad social, no hay nada distinto a las posturas o, bien de mendigo o, bien de arrodillado.

¿Que si me siento frustrado? NO. Siento que hice y hago lo que está a mi alcance.

¿Que si me arrepiento? NO. De hecho, lo haría cien veces porque creo que el cine es la herramienta de trasformación social y cultural más importante del mundo y que a través de las imágenes en movimiento se puede llegar al alma de las personas.

¿Que si desistí? NO. Entendí que ser gestor cultural, artista o simplemente cultor en un país como el mío es una tarea para valientes; que nunca será rentable a menos que pierdas el norte y el horizonte y termines negociando tus valores y principios morales; que debes tener una fuente de ingresos adicional que sustente tu vida y la de tu familia; que debes enfocar tus energías en el público al que pretendes llegar y que tu producto o servicio debe ser de calidad.

En conclusión, si bien he dicho que hablar de arte y de cultura en Colombia es un atrevimiento, también debo decir que, sin atrevidos, los países del tercer mundo perderían la oportunidad de contemplar a través del arte el sonido de una lágrima.

Alejandro Viana  

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