Juan Camilo Rincón

Soy Juan Camilo Rincón, escritor, periodista e investigador cultural colombiano. Soy Magíster en Estudios literarios de la Universidad Nacional de Colombia. He publicado los libros Manuales, métodos y regresos (Arango Editores, 2007), Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia (Libros & Letras, 2014), Viajé al corazón de Cortázar (Libros & Letras, 2015) y Nuestra memoria es para siempre (formato digital. Hecho con la Fundación Patrimonio Fílmico de Colombia y Señal Memoria, 2017). 

He sido invitado a ferias del libro en Bogotá, Cali, Guayaquil, La Habana y Pachuca. Mi trabajo ha sido reseñado en las revistas Casa de las Américas (Cuba) y Variaciones Borges (Universidad de Pittsburgh). He sido ganador de becas de investigación y circulación del Instituto Distrital de las Artes (Idartes), el Ministerio de Cultura, la Biblioteca Nacional de Colombia, el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca, México) y el Gobierno argentino. He sido colaborador de medios como El Espectador y El Telégrafo (Ecuador), y actualmente soy reseñista literario para El Tiempo. 

He hecho conversatorios dentro y fuera de Colombia sobre literatura latinoamericana, y fui moderador de conversatorios en la Feria Internacional del Libro de Bogotá en 2019 y 2020. Fui jurado de los concursos de cuento Bogotá en 100 palabras (Idartes, 2018 y 2019), José de Recasens (Universidad Externado de Colombia), Ramón de Zubiría (Universidad de Los Andes), Universidad Industrial de Santander (UIS), Relato Breve FILBo 2015 y revistas Guía del Ocio – Libros & Letras; y jurado en las convocatorias de estímulos y becas de Idartes y el Ministerio de Cultura entre 2018 y 2020. He sido tallerista de escritura creativa y nuevas narrativas multimedia para la Red de Bibliotecas Públicas de Bogotá (BibloRed). 

Mis talentos se desarrollan en la literatura como escritor, creador de reseñas y crónicas, cazador e investigador de historias, y coleccionista de libros (primeras ediciones, ediciones raras, firmas, dedicatorias y otro tipo de libros de gran valor). Gracias a la colección que he ido construyendo, tengo un acervo muy valioso de información que me sirve para enriquecer las investigaciones y conversatorios que hago sobre temas literarios, artísticos y culturales en general. 

Mi formación como periodista me dio las herramientas para la búsqueda de información, y esto, sumado a mi enorme interés por la literatura, me ha permitido fortalecer me como investigador en el área, lo que se traduce en crónicas, artículos para prensa y revistas, material para conversatorios, entrevistas y conferencias, y otro tipo de textos sobre literatura latinoamericana (principal pero no exclusivamente). 

Fui ganador del Premio Distrital de Crónica Idartes en 2018; mis crónicas fueron escogidas entre las mejores publicadas por el diario colombiano El Tiempo en 2014, 2018, 2019 y 2020; y en 2020 obtuve un reconocimiento como uno de los mejores textos en el marco del Cuarto Seminario de Periodismo Cultural de Medellín: narrativas del libro y la literatura de aquí, en la 14.a Fiesta del Libro y la Cultura. 

En mi labor como entrevistador de escritores tuve la oportunidad de conocer a autores que admiro desde hace muchos años como Mario Mendoza, Martín Caparrós, Eduardo Sacheri y Guillermo Arriaga. 

En la actualidad estoy trabajando con editores en dos libros que publicaré este año, uno sobre la relación artística entre Colombia y México, y otro sobre los visitantes extranjeros que han venido a mi país desde el siglo XVI y, particularmente, durante el siglo XX. 

-¿Cómo reconocer una verdad de una mentira en un ambiente periodístico tan contrariado? 

Por ejemplo, en Colombia: lo esencial es contar y consultar con varias fuentes, contrastar la información, y jamás quedarse con una sola versión, aunque esta sea aquella con la que uno está de acuerdo. 

-¿Cómo educar a los adultos mayores con periodismo independiente y veraz, si el periodismo tradicional, con el que crecieron, se alía con gobiernos corruptos? 

En mi caso particular, a través de herramientas como la crónica y el reportaje, que siempre deben estar evolucionando en términos formales, pero, además, tratando los temas con belleza y fuerza. No se trata solamente de decir lo correcto sino, además, de saber decirlo. A través de los medios alternativos o independientes, tanto como en los oficiales o tradicionales, puede crearse material de elevado nivel y calidad, usando, por ejemplo, las herramientas narrativas de la ficción para contar la realidad, creando crónicas que atraigan a los lectores. 

¿Qué papel consideras que deberían interpretar los responsables de las redes sociales, respecto a las mentiras que pronuncian tantos líderes de opinión en comentarios o entrevistas? 

Considero que, por encima de todo, uno no debe creerse dueño de la verdad. De hecho, no siempre es fácil determinar qué o cuál es la verdad, pero sí pueden darse matices sobre aquello que uno considera es lo mejor para las sociedades, hecho que también termina siendo relativo. Se trata de escuchar todas las voces, consultar diversas fuentes y permitir que, al final, sea el lector quien decida. Hoy, menos que nunca, podemos subestimar a los lectores o ser condescendientes con ellos; debemos, en cambio, entregarles material que les sea útil y que sean ellos quienes decidan y sigan construyendo. 

¿Cómo un periodista puede convertirse en héroe o villano de la ciudad? 

En un villano: mintiendo, distorsionando para favorecer determinados intereses, falseando la información. Considero que la función de un periodista no es ser un héroe; esto lo convertiría en protagonista, y este lugar le corresponde a los hechos que se cuentan con fidelidad y veracidad. 

¿Cuáles consideras los 3 principales atributos que debe tener un Periodista (y además un Periodista Cultural) para ser considerado héroe o villano? 

Para ser un buen periodista cultural, no un héroe: leer mucho, tener una mente abierta a todas las historias posibles e investigar siempre

Los felinos entre las páginas

Los gatos que maravillaron a Borges y Cortázar

Durante siglos los gatos han fascinado al ser humano, y los grandes escritores latinoamericanos no son una excepción, tanto que dentro de sus obras se encuentran huellas de estos felinos, furtivas como ellos; entre las páginas se sugieren sus ronroneos, y las caricias sigilosas también hacen parte del relato. Quienes amamos a los gatos nos hacemos presos de sus apetencias, y les servimos con eficiencia y sumo placer. 

Entre los escritores latinoamericanos, el esclavo humano más conocido es Julio Cortázar, quien en sus libros hizo varias referencias a los ágiles mamíferos. Una de ellas nace en una tarde en la década de los sesenta en Saignon, pequeña comuna francesa donde el argentino y su esposa Aurora tenían una casita de descanso. Por esos días el autor estaba creando los textos de La vuelta al día en ochenta mundos cuando, ya cansado de una larga jornada de escritura, vio un gato que lo cautivó. Aquel animal “negro y canalla” le permitió disfrutar de su presencia cada vez que visitaba la estancia buscando un plato de leche tibia. Constantemente referenciado en el libro, fue bautizado Teodoro W. Adorno ,como el filósofo alemán, nombre que surgió tras una airada discusión entre varios de los personajes. Adorno amaba revolcarse en el pasto, “actividad que los dos valoramos por encima de cualquier cosa”, como lo recuerda Cortázar. Fue su compañero de escritura, evitando en numerosas ocasiones con sus uñas que el argentino cometiera terribles errores. 

Este célebre acompañante fue de nuevo reseñado dos años después en su libro Último round, introduciendo a los lectores a la religión de Teodoro W. Adorno: “Nada de eso, mi mujer y yo vimos llegar a Teodoro por el sendero que baja al ranchito y era un gato sucio y canalla, negro debajo de la ceniza polvorienta que mal le tapaba las mataduras, porque Teodoro con otros diez gatos de Saignon vivía del vaciadero de basuras como cirujas de la quema, y cada esqueleto de arenque era Austerlitz, los Campos Cataláunicos o Cancha Rayada, pedazos de orejas arrancadas, colas sangrantes, la vida de un gato libre. Ahora que este animal era más inteligente, se vio enseguida cuando nos maulló desde la entrada, sin dejar que nos acerquemos pero dando a entender que si le ponemos leche en una aceptable no cat’s land condescendiera a beberla. Nosotros cumplimos y él entendió que no éramos despreciables; salvamos por mutuo acuerdo tácito la zona neutralizada, sin tanta Cruz Roja y Naciones Unidas, una puerta quedó entornada con dignidad para no ofender orgullos, y un rato después la mancha negra empezó a dibujar su espiral cautelosa sobre las baldosas rojas del living, buscó una alfombrita cerca de la chimenea, y yo que leía a Paco Urondo escuché por ahí el primer mensaje de la alianza, un ronroneo confianzudo, entrega de cola estirada y sueño entre amigos. A los dos días me dejó que lo cepillara, a la semana le curé las mataduras con azufre y aceite; todo ese verano vino de mañana y de noche, jamás aceptó quedarse a dormir en casa, qué te creés, y nosotros no insistimos porque pronto nos volveríamos a París y no podíamos llevarlo con nosotros”.

En algún momento Cortázar consideró que no debía tener gatos, pues su trabajo como traductor le exigía viajar con frecuencia, pero cuando regresó el verano siguiente a su lugar de descanso, la ausencia de su amigo le hizo pensar en todo el sufrimiento, hambre y frío que podía haber pasado en la calle. “A los cinco o seis días, cenando en la cocina, lo vimos sentado detrás del vidrio de la ventana, fantasma lunar y Mizoguchi. Su boca dibujó un maullido que el vidrio volvía al cine mudo; a mí se me mojaron los ojos como a un imbécil, abrí la ventana y le tendí prudentemente la mano, sabiendo lo que ocho meses de ausencia liman y destruyen en una relación. Se dejó tomar en brazos, sucio y enfermo, aunque ya en el suelo se vio que estaba huraño y distante, que reclamaba su comida como un mero derecho; se fue casi enseguida con esa manera suya de acercarse a la puerta y maullar como si le estuvieran aplastando el alma. A la mañana siguiente ya jugaba por ahí, manso y alegre, pronto al cepillo y al azufre. Al otro año fue lo mismo pero entonces tardó casi un mes en reaparecer, castigándonos, haciéndonos sentir su muerte, remordiéndonos; pero vino, más flaco y enfermo que nunca, y ése fue el tercero y último año de la vida pagana y alegre de Teodoro W. Adorno”. Una tarde, después de mucho tiempo, volvió a verlo; Teodoro no lo reconoció y siguió siendo libre sin importar el corazón del gran cronopio. 

Sin embargo, la relación del argentino con los gatos no terminó ahí. En sus últimos tiempos en París junto a Carol Dunlop al comienzo de la década de los ochenta, Cortázar vivió en un acogedor apartamento que todas las mañanas recibía un sol tímido. Un día, al llegar a su casa encontró una gatita en las escaleras. Cortázar cuenta en una carta a su mamá que aquella “naturalmente se instaló en casa como todos los gatos cuando se les da de comer y un poco de cariño. (…) La hemos bautizado Flanelle (Franela) y nos divierte verla jugar en el departamento; por suerte ahora hay lugar suficiente para todo el mundo”. Días después, Julio envía a su madre otra carta junto con unas fotos de Carol y la nueva integrante de la familia: “Por cierto que el otro personaje que aparece en nuestros retratos es Flanelle, nuestra gatita, que como verás es muy fotogénica. Nos divertimos mucho con ella, y pues es juguetona y completamente loca”. Es esta no Adorno quien aparece con frecuencia en las fotografías de Julio Cortázar. Carol muere en 1982 y el escritor dos años después, gozando de la compañía de Flanelle en esa etapa final de su vida. 

Su cariño por los mininos no termina ahí. Entre los objetos que guardaba su primera esposa y heredera, Aurora Bernárdez, se encontraron veinte años después de su fallecimiento algunos textos inéditos que fueron posteriormente publicados. Uno de ellos data de enero de 1948; se trata del cuento “Los gatos”, incluido en el libro Papeles inesperados (2009). 

Otro amante de los felinos fue Jorge Luis Borges; el argentino universal afirma que desde pequeño adoró de forma ferviente al hermano mayor del gato: el tigre. En sus entrevistas, al recordar su infancia hay una imagen recurrente caminando por el zoológico hasta llegar a la jaula donde se encontraba con la belleza majestuosa del animal. El escritor amaba leer enciclopedias y buscar entre sus hojas aquella bestia dorada; el felino fue tema de varios de sus libros e incluso parte de títulos como El oro de los tigres.

En uno de sus viajes finales con María Kodama conoció al último tigre de su existencia, momento que fue fotografiado para el libro Atlas. Al respecto, afirma Borges: “Este último tigre es de carne y hueso. Con evidente y aterrada felicidad llegué a ese tigre, cuya lengua lamió mi cara, cuya garra indiferente o cariñosa se demoró en mi cabeza, y que, a diferencia de sus precursores, olía y pesaba”. 

Como metáfora de sus deseos, estuvo rodeado de gatos tanto como le fue posible. En la ausencia física del tigre que estaba en sus libros o en sus poemas, trajo a su casa un acompañante más pequeño pero igual de fascinante. Tenía claro que un gato no es fácilmente educable –si es que acaso eso es posible–, que no es noble como un perro y que su amor es un regalo que aquel decide dar a su antojo; por ello escribió en uno de sus poemas: “Tu lomo condesciende a la morosa caricia de mi mano”. Su minino más conocido, con quien aparece en varias fotografías fue Beppo, un blanco ejemplar que amaba jugar con los cordones de sus zapatos y lo acompañó durante 15 años. De un hermoso color blanco, fue llamado inicialmente Peppo, pero Borges pensaba “que era un nombre horrible, entonces se lo cambié enseguida por Beppo, un personaje de Byron. El gato no se dio cuenta y siguió su vida”. Su amor por él era tan grande que incluso hizo un poema dedicado al felino, publicado en el libro La cifra: “El gato blanco y célibe se mira / en la lucida luna del espejo / y no puede saber que esa blancura / y esos ojos de oro que no ha visto / nunca en la casa son su propia imagen”, inspirado por las peleas de Beppo contra su propio reflejo, que la mucama de Borges tuvo la astucia de contarle. Cuando su peludo acompañante murió, el argentino sumergido en la tristeza dijo: “Quisiera morirme hoy mismo y no tengo la suerte que tuvo Beppo. Aunque a lo mejor sí, ahora que estoy con gripe tal vez muera”; meses después Borges deja este mundo, sin haber podido superar su desconsuelo. 

Otro latinoamericano que se inspiró en este animal fue Pablo Neruda, quien le dedicó una oda publicada en Navegaciones y regresos: “El gato, / sólo el gato / apareció completo / y orgulloso: / nació completamente terminado, / camina solo y sabe lo que quiere”. Este pequeño emperador sin orbe, como lo llamaba el nobel chileno, es portador de una magia que atrae y fascina a quienes admiramos la perfección, generando veneración cuando se le ve caminar, dormir o simplemente estar. Admito que también padezco un amor profundo por estos animales y deseo morir como lo hizo el escritor mexicano Carlos Monsiváis, entre 13 gatos y 200.000 libros… ese será mi paraíso. 

*Periodista cultural, escritor e investigador. Autor de Manuales, métodos y regresos, Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia y Viaje al corazón de Cortázar. El cronopio, sus amigos y otras pachangas espasmódicas.

Juan Camilo Rincón

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