Francisco Sánchez Suescún “Liberado”

Comediante, Cuentero, Empresario, Conferencista y Escritor. 100% llanero, de apariencia asiática y criado en la amazonia de Colombia.

Participante de Festivales Internacionales de comedia y Cuentería. Participante del Callback del canal de tv Comedy Central para Latinoamérica. Director de la Corporación IMAGINA, empresa que soluciona objetivos de comunicación corporativa a través del arte y de la gestión de proyectos culturales de impacto, con experiencia en más de 20 ciudades de Colombia.

Primer miembro Llanero de la Red Internacional de Cuenta Cuentos (International Storytelling Network). Taller “Modern Art & Ideas” del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Autor del libro de cuentos “El Cantar del Llano” con más de 3 mil copias entregadas en el año 2019 en Bibliotecas públicas del Meta. Autor del cuento “El juego de la guerra”, publicado en el libro antológico Gotas de Tinta en el 2012 por ganar el Concurso departamental de cuento del Meta.

Técnico en publicidad y diseño gráfico, profesional de marketing, especialista en storytelling y comunicación estratégica. Ganador de concursos de innovación y publicidad en la Universidad de los Llanos y en la Unimeta. Director de Switch Producciones y medios. Con experiencia en comunicación de marca y relaciones públicas para eventos y mega festivales como Oktoberfest de Club Colombia.

Ha asesorado campañas de publicidad y marketing experiencial para el Centro Comercial Unicentro, el Centro Comercial Sunrise, entre otros. Ha desarrollado conferencias y workshops de storytelling, branding, marketing digital, marketing de experiencias, comportamiento cultural y psicología del consumidor.

Uno de los ganadores de la convocatoria “Creación en cuarentena de creadores y gestores culturales” de la Corporación Cultural Municipal de Villavicencio, Meta – Colombia, con el relato “La libertad del aislamiento” construido para esta primera edición del Libresta El Flautista.

LA LIBERTAD DEL AISLAMIENTO

Sentía que me sangraban los ojos, pero era ardor de llanto. Recibí una llamada tras otra, el teléfono no dejaba de sonar, todos los proyectos y shows estaban siendo cancelados, el sudor me bajaba por las mejillas, y el tono de tranquilidad con el que respondía ya no era tan creíble. Boté el celular a la cama y con una palmada todos los papeles del escritorio cayeron al piso, las manos temblorosas se hundieron en mi rostro, acababa de decirle a mi madre que regresaría al pueblo, pueblo del que había salido siendo niño por razones no tan claras ahora.

Una pandemia le daba la vuelta al mundo y como resultado, ya lo único que tenía era deudas por pagar. Me miré al espejo y observé mi reflejo de nuevo siendo un niño, era mi pasado mirándome con los ojos llorosos. Viajar era inevitable, empecé a sacar todo del closet, muchas dudas se empacaban en la maleta al tiempo junto con la ropa, ¿Cuánto durará esto?, ¿Regresar es tirar a la basura lo construido?, ¿De dónde sacaré dinero? Cerré la cremallera de la maleta y respiré profundo.

Amarré fuerte el equipaje al asiento trasero de “La poderosa”, ese era el nombre que le había dado mi madre a una brillante moto color. Decidido me puse el casco, puse la marcha y arranqué hacia el pueblo, abandonando la libertad en la que vivía. Mientras el sol del amanecer se reflejaba en la lente del casco, miraba al frente la larga carretera pavimentada y pensaba “que difícil despedirme de la gran ciudad”. Esto me hizo recordar a mi madre cuando era pequeño, ella se arrodillaba en la puerta de la casa, frente a mí, un gordito gafufo y despeinado, para despedirme cuando iba a la escuela con una sonrisa y el escudo protector de su bendición, con su dulce voz me decía “Que Diosito y la virgencita me lo cuiden y me lo acompañen”, después de eso, subía en mi bicicleta. Pedaleaba contento mirando al frente las largas calles de tierra, ahora pienso que viajar en bicicleta era más divertido que en moto.

El viento de la madrugada se colaba dentro del casco, me congelaba las mejillas, ya había viajado alrededor de dos horas, mi trasero no cabía en el asiento y tenía que parar a tomar agua. Bajé de la moto a estirar las piernas, mi estómago hizo un ruido extraño y sentí como si se retorciera de dolor, anhelaba un plato de cereal como los que me comía antes de ir al colegio, pero lo único que podía ver era el paisaje, a la izquierda la llanura infinita, y a la derecha la cordillera.

Del chaleco saqué unas galletas que cargaba como provisión para el viaje, me gustaban desde que tenía memoria, cada mordisco me sabía a infancia, la crema a los gritos de mi mamá cuando mirábamos la lucha libre juntos; sabía al recuerdo de almorzar en familia contemplando tranquilo cada rostro de la mesa; y el sonido del paquete, a cuando miraba muñequitos en el piso frente a un gran televisor negro. Me fascinaba comérmelas con jugo, aunque siempre tomaba más de lo normal, o sea toda la jarra, y cuando me regañaban salía corriendo así fuese en ropa interior, que cosas. Pero desde el día que me fui de casa, todo cambió. Cuando abrían la nevera, extrañaban que la jarra estuviera vacía, y cada vez que se servían jugo, bebían un poco de mi ausencia. Tal vez, no debí haber corrido tan lejos.

¿Por qué me fui tan pequeño? Aún no lo recuerdo bien, un día, ya simplemente me encontraba decidiendo qué juguetes podía llevar, dejando a muchos otros en el estante sin su niño; también me tenía que olvidar de los juegos en el barrio, de andar en bicicleta por cualquier lado, tenía que marcharme del pueblo a la gran ciudad. El Guaviare en ese entonces era un pueblo azotado por la guerra, que, aunque era protagonista en las noticias por la violencia, fue el lugar que acogió a mi familia con empleo y un hogar. Salir de allí no era sencillo en aquella época, como está ubicado en la región amazónica de Colombia, la forma más rápida era navegando por río, o volar cuando llegó el día y la avioneta empezó a moverse, mis dedos no se despegaban de la ventanilla, logré divisar la moto de mi papá en la carretera al lado del aeropuerto por encima de la selva, mis padres escogieron la segunda opción.

Cuando llegó el día y la avioneta empezó a moverse, mis dedos no se despegaban de la ventanilla, logré divisar la moto de mi papá en la carretera al lado del aeropuerto, se movía al tiempo con el avión, imaginaba que estábamos haciendo una competencia entre ambos, ¡era muy emocionante!, fueron cogiendo velocidad, yo quería que ganara papá, por un momento sentí que la moto avanzaba más rápido, ¡era increíble!, pero la moto empezó a quedarse, como si retrocediera, ¡sentía impotencia!, hasta que el avión levantó vuelo, luego del vacío en el estómago, una lágrima aterrizó en un pensamiento “no volveré a ver más a mi padre”. Fue punzante, mi niñez se había quedado en esta tierra y ahora yo volaba.

Al principio estaba emocionado con mi nueva vida, tenía cuarto nuevo, cama nueva, televisor nuevo, colegio nuevo, pero me sentía incompleto, no tendría a la mamá de siempre. El adiós de mi mamá llegó en la puerta de la nueva casa, se fue despidiendo uno por uno, yo no quería que llegara a mí, al despedirse de mi abuela dijo al final “Madre, le dejo mi vida”, sentí un nudo en la garganta, tenía un sabor metálico en la boca. Ahora era mi turno, me miró a los ojos que estaban estallados en llanto, acarició mi mejilla, y delicadamente dijo “Juicioso mi papi, no pierda nunca el camino, que Diosito y la virgencita me lo cuiden y me lo acompañen” seguido de la bendición me dio un beso en la frente y cerró la puerta del taxi. Ella se fue y una parte de mí se fue con ella. Esa era la última vez que mi mamita me despedía siendo un niño, ya nunca más me daría la bendición para ir al colegio, y no lo sabía.

Alejarse de la familia fue muy desolador y desgarrador, lo comparo con separarse de la misma piel. No dimensionaba que el precio de cumplir mis sueños era dejar a mis padres sin su hijo. Tenía que asumir que crecería sin ellos. Menos mal llegó al hogar una luz en forma de bebé, mi hermanita y sus crespitos locos.

Después de 4 horas de viaje en mi moto, un puente gigante militarizado me daba la bienvenida a mi pueblo, con la vista de un inmenso río dividiendo la selva. De repente pequeñas gotas de agua me rebotaban y escurrían por todo el cuerpo, la velocidad hacía que dolieran y sonarán como granizo, lo único que podía escuchar por la lluvia era mi respiración dentro del casco. Pero eso no era problema, siempre acompañé a papá en moto a las fincas por largas trochas lluviosas, Aguerrido surfeaba con la moto deslizándose en zigzag por el barro con tal destreza como si fuera un maestro del motocross, así que la lluvia no era un reto para mi orgullo.

¡Por fin! Al llegar a casa, estacioné pitando victorioso, abrieron recibiéndome con un abrazo familiar, tan fuerte, que apretaron el botón de “rebobinar corazón”. Al otro día en noticias declararon cuarentena nacional, al principio me sentía desorientado, confinado, desorbitado, hundido en la cama, todos los pensamientos eran laberintos interminables en los que me perdía junto con mis sueños y esfuerzos.

Hasta que entré al cuarto de mi hermanita, y me vi representado en ella; no porque todo el cuarto fuese rosado, sino porque tenía los estantes llenos de muñecas y libros. La mitad se los había regalado yo, y me sentí el hermano más orgulloso del mundo. Después de tocar algunas cosas, miré repentinamente el espejo, y vi a un adulto con barba esbozando una sonrisa. Ahí supe que no sólo había aceptado mi pasado, sino mi presente; había entendido que no era mi culpa que un murciélago hubiera quedado mal hervido y causado todos esos estragos. No tenía que cargar con ese peso, pero sí podía alivianar la carga de mi familia en sus días.

La vida nos obligó a estar encerrados, pero al mismo tiempo el corazón abrió sus puertas. En familia volvimos a hacer cosas que teníamos olvidadas. Nos empezamos a reunir en la sala a ver películas por las noches; observar a mi papá secándose las lágrimas por una escena de amor no tenía precio. Jugar juegos de mesa y reírnos a carcajadas por las trampas que hacíamos. Mirar programas animados, pero ahora acompañado de mi hermanita abrazados en un mueble. Enseñarle a papá a surfear por internet zigzagueando con el mouse. El cereal regresó a mis desayunos y las galletas a las meriendas, mi mamá siempre ha sabido cómo engordarme el alma. Este confinamiento hizo que juntos fuéramos más libres que nunca. Tal vez, de amor no se vive, pero el amor nos hace sentir vivos.

Y aquí estoy en mi momento favorito del día, mamá acaba de llamarnos a almorzar. Me senté en un comedor redondo en familia, bajé la mirada y observé un plato de lasaña, y suspiré porque era la especialidad de mamá, subí la mirada y vi el rostro de cada uno en la mesa, ese momento lo grabé en mi cabeza en cámara lenta, masticaban y sonreían al tiempo, era un precioso momento, un retrato de felicidad, esta vez no iba a comer solo o con desconocidos, me sentía agradecido, en plena crisis podía disfrutar de un plato de comida en familia. Pero faltaba algo más, que era indispensable… Abrí la puerta de la nevera, y encontré una jarra de jugo llena y me dije en voz baja: “Ya no va a durar más el jugo en esta casa”, y sonreí.

Todo ha valido la pena, cada segundo, y cuando el mundo concluya su pausa, retomaremos de nuevo el vuelo con una maleta llena de sueños. Ahí podré tener la oportunidad de escuchar una vez más, la bendición de despedida de mi madre. Las frustraciones y dudas que tenía quedaron en el pasado, cuando la gratitud llegó a mi presente. La vida no es lineal, es cíclica, a veces es necesario volver a dónde comenzaste, recoger los pedazos que has dejado en el camino, aferrarte a lo que amas, todo para conocerte de nuevo y reconstruirte con mayor conciencia. Esta es la libertad del aislamiento.

1er Show Online de Comedia y Mentalismo

“Mi primera vez y otras mentiras”

Desde cualquier parte del mundo pueden disfrutar del primer show de comedia y mentalismo llanero “Mi primera vez y otras mentiras”. Un gran show para entretener, reír y asombrar en esta cuarentena. Con el fin de liberar el estrés colectivo, la ansiedad del aislamiento y recoger fondos para sobrevivir durante la pandemia, una parte de lo recaudado será donado para familias vulnerables en la crisis.

Y qué mejor manera de apoyar que riendo y disfrutando a través del arte, viéndolo cómodamente desde la primera fila de las casas a un muy bajo costo.

Más de una hora y 15 con material exclusivo de stand up comedy y mentalismo, una recopilación de vida cotidiana, mentiras, parejas, bullying, películas, mamás, sexo, redes sociales y juegos mentales. Una grata experiencia de entretenimiento.

Compilando lo mejor de dos shows que fueron un éxito en ventas de boletería. Con la participación profesional de los comediantes “Liberado” y “Santi Herrera” junto al mentalista “Ricardo Montoya”. Artistas con más de 10 años de trayectoria, participantes de programas de televisión, radio, y de eventos nacionales e internacionales.

El precio del alquiler tiene un valor de 3 dólares y la venta a 5 dólares, a través de cualquier método de pago, tarjetas de crédito, PSE (Débito y ahorros), efectivo (Efecty y baloto).

El costo del alquiler es muy inferior al valor de la boleta de un teatro, esto con el fin de hacerlo accesible para todas las personas que quieran verlo desde cualquier dispositivo, desde la cómoda primera fila de su casa.

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