Fiko Aliaga

Soy Fiko Aliaga, un superviviente. Amante de la montaña, de las letras y del ashtanga yoga.

Mis talentos son los que me fui forjando a lo largo de mi vida. Nadie nace sabiendo. Fui ingeniero de sonido, responsable de programación de tv y ahora chef pastelero plantba-sed.

Me formé en la licenciatura de Comunicación Audiovisual, luego obtuve un máster en ingeniería de sonido en Barcelona. Pero mi faceta de superviviente me hizo andar siempre cerca de la hostelería como fuente de ingresos allá donde fuera. Tuve la suerte de hacer una pequeña formación con el gran maestro pastelero Toni Rodríguez.

Mis proyectos actuales son dos restaurantes veggies en la ciudad de Murcia, capital, en España: El Jardín de los Dragones (3 veces ganador de la ruta de la tapa vegana de Murcia) y Dragonlab. Nuevo proyecto: Escuela online de cocina plantbased. Pueden ac-ceder a más info en www.eljardindelosdragones.es

Alimento para el Alma.

En aquella época nacíamos por inercia. Tus padres se habían casado, comprado una casa, un coche y encontrado un empleo fijo en una multinacional por pura fuerza gravitatoria. Cuando estas casillas ya estaban marcadas, tocaba procrear. Un fogonazo de pasión y nueve meses después nacías tú, que por inercia se esperaba que estudiases, fueses a la universidad, conocieras a tu media naranja y siguieras el camino de tus progenitores; y así en un bucle continuo: El día de la marmota intergeneracional.

Pero resulta que, en uno de estos ciclos, nuestra generación empezó a trastabillar y tropezar con las piedras del camino. El año 2008 fue la primera gran ostia, donde los que ya habíamos salido de la Universidad, nos encontramos recién incorporados a un mercado laboral que en nada se parecía al de nuestros padres. La vida nos daba un aviso en forma de crisis económica que derivó en otras crisis mucho más profundas del sistema humano urbano. Adaptarse o morir.

Tras haber cursado Comunicación audiovisual, llevaba trabajando unos pocos años en televisión, cuando todo empezó a torcerse, así que, aburrido de rellenar cuadritos de programación y elegir que clásico del western pondríamos esa tarde, me pareció la excusa idónea para dejar casa, trabajo, coche, pareja, ciudad, y marcharme a vivir a 700 km de casa -y de paso huir de una arraigada crisis existencial propia de Albert Camus-. Barcelona me tenía preparadas algunas ostias más de realidad: vivir en plena rambla del Raval, conocer gente que parecía llegada de un universo paralelo al mío y básicamente, asumir una perspectiva mucho más amplia de la realidad humana.

Tengo la loca teoría de que cuando uno viaja, lee, piensa, razona e investiga, provoca que todos sus prejuicios y “pilares vitales” se tambaleen. Una semilla se plantó allá en la ciudad condal, conociendo, experimentando, pensando y generando empatías hasta ese día inusitadas. Comer animales no era una opción viable. Somos lo que comemos. La energía que nos mueve tiene un origen. Un vehículo propulsado por gasolina o por energías renovables ni se mueve igual ni interactúa del mismo modo con su entorno. Yo no quería provocar más sufrimiento del necesario a/en mi entorno (porque ese entorno también forma parte del yo, y viceversa); alimentarme de la muerte y el sufrimiento de otros seres vivos no era mi idea de una vida feliz. AHIMSA, esa máxima del Ashtanga yoga, entendida como No-Violencia, adquiría una mayor dimensión en mi mente. Aquella inercia primigenia ya andaba interrumpida para siempre en mi vida.

Una bici, unas burgers veganas caseras a domicilio, una página de Facebook y unos años de convivencia con Mery -mi compañera- después, decidimos volver a casa, en Murcia. Alas para volar, raíces para volver y motivos para quedarse. Pero ya no hay aquella facilidad para que un ingeniero de sonido y una licenciada en derecho se dediquen a lo suyo en esta ciudad, así que el destino nos empuja a montar un chiringo de zumos y sandwiches vegan en un rincón de la huerta murciana. Una cosa lleva a la otra, o bueno, más bien la dedicación, el esfuerzo y el cariño llevan a la consolidación de El Jardín de los Dragones (restaurante vegano) y Dragonlab (foodcafé), cimentados en unos principios claros: amor por el medioambiente, respeto hacia el reino animal, sostenibilidad y apuesta por el producto y las marcas locales de nuestra tierra.

En esta aventura que ya dura seis años encontramos detractores; no es fácil mostrar lo que uno se niega a ver, hacer tambalear esos pilares vitales, romper con la inercia heredada de nuestros antepasados. Remover conciencias incomoda. Por otro lado, como en cualquier opción vital como esta, existen las envidias (esta ciudad a veces es como un corro de viejitas sedientas de chismorreo) y los extremos, en los que nunca me sentí cómodo. Nunca me gustó la idea de ser imagen de nada, ni de que me obligasen a encajar en un estereotipo, ni de que, por el hecho de tomar un camino, tuviera que complacer a los que tomaron el mismo que yo.

Sin embargo, el sendero estuvo lleno de nuevos amigos, de personas amables y bellas, llenas de cariño, quienes reconocieron nuestro esfuerzo, nuestro trabajo y nuestra opción de mostrar una alternativa al status quo gastronómico murciano desde una cocina saludable y casera combinada con eventos culturales como exposiciones, con-ciertos o recitales de poesía. Ellos nos han hecho brillar y llegar a donde estamos hoy.

Doce años después de aquella primera de 2008, otra ostia aún más global y universal si cabe. Una crisis mundial aún más contundente que ni nuestra generación ni ninguna otra podrá olvidar. Otra razón para, como en 2008, reinventarse e interrumpir el impulso de la inercia. La hostelería atraviesa uno de sus peores momentos desde su nacimiento, posiblemente, y algunos alzan la voz para denunciar que en España este sector, junto con el turismo, tomó demasiado protagonismo en nuestra economía. No sé si tienen razón o solo intentan joder al vecino o refundar el sistema productivo de un golpe pandémico. Entre tanto, nuevos proyectos e ideas pululan por mi mente inquieta, lanzamos nueva web y seguimos con la pretensión descabellada de cambiar el mundo.

El futuro es incierto para todos, pero existe una certeza en él: El futuro será vegano y alimentará el alma, o no será.

Save the earth, Go vegan.

EN EFECTO.

Y Estefan decidió quebrarse.

Toda su vida creció como un arce: recto, robusto y sobreprotector. Le calificaban de intachable, solitario y carismático, por aquello de que siempre le sorprendían de todos los colores. La vida le retozaba por entre las mejillas rojas, a veces se tornaban de blanco polvorín, a veces de hollín y a veces del verde que todo árbol ostenta. Él, empero, cargaba en su espalda la pesada moralidad de su familia, su círculo sociopolítico, y su carrera de doctor.

Esta noche fue diferente al resto, y en adelante su vida jamás sería la misma. Estaba enamorado de Valeria, la chica más asediada de Ciencias Políticas, quien asistía a la misma universidad en la que Estefan estudiaba medicina. Luego de unos tragos y unos pasos en la pista salieron a caminar al inmenso balcón que dignificaba la mansión en la que se perpetuaba el baile. -”¿Fumas yerba?”, preguntó la joven, con cierta temeridad en sus labios, como esperando un rechazo y anhelando un parte positivo; las personas temen que quien les atrae tenga gustos y vicios distintos de los suyos. -”No, nunca lo he hecho”, replicó Estefan, “pero contigo puedo perderme en la espesura del bosque más lúgubre, y matar brujas y demonios toda la noche”.

Valeria Castaño Le Blanc, una dama de altísimo turmequé sacó un cacho de flor morado, lo puso en los labios del excitado copartidario, lo encendió y le dijo “Aspira. Ahora cierra los ojos y mantén la respiración”. Seguido a esto le besó tan apasionadamente que el humo se fundió entre sus órganos y jamás vio la luz de la luna. Ambos comenzaron a reír, cada vez más estrepitosamente, con una sensación de ligereza en su cuerpo y liviandad en su mirada. Comenzaron a desnudarse, prestos para amarse como si todas las vidas hubieren renacido el uno para el otro.

Y el efecto psicoactivo se fortaleció tras cuatro y cinco bocanadas más. Pero fue contrario para ambos. Mientras ella, quien vivía siempre atada a su estatus social, y todo en su vida era miserablemente cuadriculado, empezaba a ver a Estefan como un espíritu de viento, simulando mover sus alas y cargarla hasta la copa de los árboles, o de sí mismo siendo un arce. El joven, que toda la vida fuere de lo más correcto y colorido, amante de la fluidez y el carisma, empezó a derrumbarse; el color se le desprendió de las retinas, y todo se envolvió de gris y sepia, el color del silencio, el temor, la agonía y la muerte. Ella adquiría calidez como robándosela a él, y Estefan le robaba la inseguridad a Valeria, como si buscara encarcelar cuervos para pasar las noches en vela escuchando graznidos. Luego hicieron contacto visual, y se vieron como ángel y demonio.

Pasada aquella noche Estefan huye de la luz, se refugia en lugares oscuros, como huyendo de la imagen de aquella alada criatura que le quería robar el vicio. Valeria le buscó por mucho tiempo, sintiéndose tan miserable que no pudo hacer más que cambiar sus hábitos y dejar atrás aquella responsable por la pérdida del primer amor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Ir arriba