Familia Coral

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Parecía ser medio día cuando Bento despertó. Parecía, puesto que apenas si lograba entreabrir sus ojos cuando el agua percolaba en sus retinas, y les quemaba. Y entre más subía sus párpados más confuso lucía su entorno

Un par de flashes atravesaron su cabeza; reminiscentes vocablos e imágenes se le escapaban de la memoria, como si les engullera una estructura disipativa. Todo volvía a él con tal brusquedad que la corriente marina parecía una pequeña corriente de estuario en aquel momento

Abrió sus ojos por completo, y vislumbró a su hija, aferrándose a sus pectorales, gimiendo su pérdida; a su derecha pudo ver un par de soldados caídos, y a su casco de capitán, atravesado por una lanza, arrastrándose por el lecho marino. Bento era el líder del Escuadrón Real de un cardumen de sirenas; de la familia Coral, para ser precisos.

Aquella mañana había partido rumbo al palacio de Coral. Venían de una misión de reconocimiento en mar abierto. El Rey le encargó abrir nuevos mercados para comerciar su hidroxiapatita, el orgullo y emblema que les hizo ricos seis generaciones atrás. Este mineral era comercializado entre distintas familias, y utilizado para fabricar joyería para los nobles.

La memoria iba y venía. “Al parecer fui drogado”, mencionó. “El humano…”

De regreso al palacio, luego de una excelente jornada de negociaciones, el cardumen fue sorprendido por un ser humano. Los forasteros pocas veces eran tratados con tanta amabilidad, pero Bento venía de tan buen humor, casi cantando –salvo que las sirenas no cantan dentro del agua-, que le invitó a unirse a su caravana, en agradecimiento a los resultados obtenidos. Un par de horas más tarde, entrando al palacio, el humano le traicionaría, envenenándolo y matando a sus hombres para robar el cofre con las muestras comerciales

Mientras recobraba su memoria, y sus fuerzas volvían a la normalidad, una gran sombra atravesó el cielo cristalino. Un enorme barco, con un amurado de proa de 15 metros, pasaba por encima. “¡Padre, es él!”, predicó Sarden, “¡Está huyendo con nuestros tesoros, no solo el cofre!; mientras estabas inconsciente hurtó corales y ostras de nuestra mina. Debemos detenerle sin que el Rey se entere, o rodará tu cabeza. Si no te espera la horca, te esperan la anatema y la deshonra”

Sarden, que traduce Jardín de Sirenas, quien había sido concebida hacía 16 años sirenescos, tenía una relación bastante cercana al Rey, y se había enamorado de éste. Veía a la reina con recelo, y soñaba con ocupar su puesto en el trono, manejando las relaciones políticas y comerciales junto a quien más admiraba en todo el reino, además de su padre. “Conozco al Rey. Él jamás pediría tu cabeza. Pero aquella arpía que le acompaña le habla al oído tanta oscuridad como el mar negro”. -“Ten cuidado, hija. Los peces mueren por su boca”, arguyó Bento, “Confórmate con ser la consentida del reino, y no abuses de tu suerte y posición. Ve a informar al Rey acerca de este incidente, y pídele que envíe sus hombres a respaldarme. Me adelantaré. Esta trapacería será castigada con la ira de Poseidón”.

Tan pronto Sarden partió hacia el castillo, Bento subió a la superficie, y valiéndose de algunos peces espada, logró saltar hasta una ventanilla del barco, e introducirse dentro. Una vez allí, se escurrió hasta el comedor, donde se encontraba el humano, en compañía de otras 5 personas, merendando algunas porquerías –así lo concibió él-: chunchulla, rellena, bofe, hígado y algunas variedades de almidones. Una mujer de risa escandalosa y sentada sobre sus piernas, apercollaba al tráfuga, quien bebía cerveza de un cáliz sireno, al tiempo que ostentaba anillos y pulseras delicadamente tejidas con el mineral, a sus hombres.

Sarden llegó corriendo –nadando más bien, puesto que las sirenas dentro del agua no tienen piernas- y llorando, directamente a los brazos del Rey. –“¿Qué te ocurre, pequeña? ¿Qué puede hacer este viejo para aliviar tu tristeza?”. –“Mi Señor, hemos sido atacados por forasteros, a la entrada del reino; nos han robado todo. Mi Padre, Bento, se dirigió hacia los humanos responsables, piensa acabar con ellos él solo. ¡Lo van a matar!”. –“¡Imposible!” dijo el Rey, “Enviaré a mis mejores hombres a recuperar lo que nos pertenece”. –“¡No, no lo harás!”, Irrumpió la reina, quien atravesaba la estancia saliendo detrás del cuarto de lavabo, en chanclas: “Esta sardina no puede venir aquí a imponer sus caprichos y tú mucho menos debes aceptar tal manipulación, es una ofensa imperdonable. ¡Guardias, arréstenla!” –“Detente, ¿qué pretendes? ¡He dado una orden y se cumplirá!” –“Manda a tus hombres si quieres. Tú mandas los hombres de este reino, pero quien decide sobre las mujeres soy Yo, y esta harapienta, embustera, juglar de la trapacería, morirá hoy”. – “¡Nadie más que los invasores morirán aquí en mi reino!”, apeló el Rey, “Regresa y espérame en la habitación, hablaremos de este asunto más tarde”.

La reina, quien sentía celos por Sarden, llevaba poco menos de 6 años viviendo con el Rey. Era su segunda esposa. Se trataba de una sirena ambiciosa, con sed de Poder y dominación. Ya había soportado los berrinches de la adolescente en varias ocasiones, pero había colmado su paciencia. Cuando el Rey le dio orden para volver a la estancia Real, la reina agachó la cabeza, dio media vuelta, y tras el primer paso, se torneó bruscamente, sacó un cuchillo de su dosier, y se lanzó sobre Sarden. El Rey detuvo su brazo, la joven tomó aquel mismo cuchillo y, torneándolo de vuelta, le atravesó. Todos en la sala quedaron estupefactos. Sarden se dejó caer hacia el Rey, y cual intérprete de obra de teatro, dijo algunas palabras y le besó. El Rey la detuvo, la observó detenidamente, enrojecido, enmudecido y le regresó el beso. Luego partieron en busca del capitán.

En el barco, Bento, el inmarcesible líder de las tropas Coral, hacía frente a los humanos. Había derribado a dos de ellos, cuando accidentalmente resbaló, dando oportunidad para que le hirieren y tomasen preso. – “Un sireno no está nada mal, para variar jajajaja”, pronunció un marinero; “veremos cuánto nos dan por éste en mercado negro, la plaza de mercado popular y el mismo circo del pueblo”, dijo el Capitán. Posterior, gritó “¡Leven anclas! ¡Alcen velas, nos vamos!”. Pero al voltear hacia su dormitorio, el Rey y sus guardias aparecieron: “Capitán, hemos llegado. Déjenos el resto”.

Luego de tal conmoción liberaron a Bento. El Rey se acercó, se puso de rodillas y dijo: “Te estoy muy agradecido, Capitán. Durante estos años has sido el más leal y comprometido de mis hombres. No solo has protegido estas gemas y minerales, sino que has velado por mi mayor tesoro. Creo que ha llegado el momento de regresar a la normalidad, hermano”. –“Espera, ¡¿hermano?!”, vociferó con voz muda la sirena. –“Así es, Sarda”, dijo Bento, “De hecho, existe otro asunto que debes conocer ahora. Tu nombre es polisémico, tiene un segundo significado: La más joven del jardín. Tú eres la última hija nacida del Rey y su primera esposa. No eres mi hija, eres suya”.

J. Ander F. Muruaga

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