Fabián Alberto Alpuche Pérez

Soy originario de Chetumal, Quintana Roo – México. Desde muy pequeño me he interesado en la gran mayoría de las expresiones artísticas, y siempre he sentido curiosidad por lo que nos rodea y como interpretarlo. Mis primeros pasos en el ambiente artístico los di en la música. Soy percusionista, toco 6 instrumentos, dentro de los que destacan (mis fuertes) la batería y las congas, pero también toco timbales, bongos, caja española, caja peruana, y un poco de cuerdas como el bajo y la guitarra. 

Toda mi vida he estado rodeado de música, y como una persona que está fascinada con todas las expresiones culturales, poco a poco di el salto al arte escrito. Empecé haciendo un poco de poesía en mi niñez, componiendo pequeños versos para trabajos de la escuela y para mi recreación personal, pero al final abandoné ese camino para enfocarme a algo más Adoc, algo que me marcaría toda la vida. Me di cuenta desde muy joven que tenía cierta inclinación hacia la oscuridad, sin rayar en el terror, más como una combinación de thriller, suspenso y un toque de psicología; me di cuenta que esos eran mis temas favoritos en las películas y los programas de la televisión. 

Con el paso de los años y sin haber escrito algo desde que era un niño, tuve un sueño, hace aproximadamente 4 años; un sueño que marcaría el inicio de mi pasión. Soñé mi primera novela: ANA. Estaba tan sorprendido por ese sueño que tenía que escribirlo, hacer algo, no solo dejarlo aquella noche. Todo se ordenó en mi mente, ideas iban y venían, desde mi casi obsesión (más bien fascinación) por las obras oscuras y thrillers, sin dejar de lado la literatura general. Me formulé un nuevo propósito: ser escritor de suspenso y thriller psicológico, de novelas oscuras que ericen la piel y que sumerjan al ector en sentimientos fuertes. 

Mi primer libro fue un éxito. Después llegaron “REGRESIONES” y “SANTA BÁRBARA”, la segunda y tercera parte de la trilogía, igual de exitosos según los lectores. Me llené de pasión y entusiasmo; y nada de eso hubiera sido posible sin la música. Cada que escribo me inmerjo en el rol de director de una película, y como director lo que quieres es que, en los momentos más tensos de la trama, la música se intensifique; eso es lo que yo veo cuando escribo, me imagino las tonadas, los sonidos, la ambientación, y ese es el secreto de mi escritura. Creo que ser músico y escritor van completamente de la mano cuando quieres compartir un mensaje. 

También he escrito cuentos cortos. Uno de ellos me llevó a ganar un reconocimiento internacional en el año 2019, el cual es un gusto compartir con ustedes más adelante en estas hojas. He viajado por todo el país y por nuestro país vecino de Belice ya sea por la música o por la escritura -no me canso de recalcar que van de la mano-, he publicado 3 libros y los he presentado en varios estados, así como también he dado conciertos en los mismos lugares. 

Pienso mucho en la oscuridad de la mente y del ser humano. Para mí la obscuridad es un proceso importante en tu formación, somos como el ying y el yang. No puedes ser completamente iluminado, y tampoco puedes ser completamente obscuro. Es un complemento. La oscuridad es parte del ser humano, puede ser peligrosa si no se canaliza de manera adecuada, y si lo haces, puedes lograr expresiones artísticas increíbles. La oscuridad no es mala, pero es una ciencia dominarla, y no dejar que te domine por completo. Cuando un escritor destila oscuridad, lo hace con un propósito: mover sentimientos en los lectores. Es su finalidad impregnar las hojas con esa sensación y lograr que el lector disfrute la oscuridad que él mismo está disfrutando; dejar que la luz sea bloqueada por un momento, que sientas emoción, miedo, duda, inseguridad, angustia, adrenalina, todos combinados. Si el escritor logra eso en un lector su misión ha sido cumplida, y la satisfacción es increíble. 

Mi mayor temor, aparte de la guerra, la hambruna o la enfermedad, es perder la capacidad de hacer que mis letras no causen emociones. Estoy seguro de que todos los escritores concuerdan conmigo.

25 DE DICIEMBRE 

-Hola doctor- El joven perturbado pero sereno observa al médico que entra a su habitación. 

-Hola Jim, ¿cómo te sientes hoy?- El doctor Dominic Pauls toma asiento dentro de la habitación, lleva su propia silla desde su consultorio dentro del hospital psiquiátrico Santa Bárbara, donde atiende personas mentalmente inestables y perturbadas. 

-Impaciente, mañana será navidad, y no he cumplido con mi propósito- 

-¿Tu propósito?- 

-Claro doctor, encadenado a mi cama, dentro de esta bella habitación blanca como la nieve y acolchada como las nubes, con el fresco aire de invierno que deja esa sensación de nostalgia en el ambiente, pero impaciente aun así, no he cumplido mi propósito, no he llegado a veinticinco 

– El doctor escucha esas palabras y se preocupa, pensó que el joven Jim, de veinticinco años progresaba en su tratamiento. 

– ¿Veinticinco qué, Jim? – el doctor, que siempre ha procurado dar su mejor esfuerzo para sus pacientes, no puede evitar desilusionarse con las palabras que el joven está a punto de decir. 

– Veinticinco pecadores, veinticinco hombres y mujeres que no merecen el perdón de dios, que no merecen la oportunidad de vivir en este mundo terrenal, que merecen ser castigados por sus actos impuros. Dios no mandó a su hijo a sufrir por nosotros para que estos pecadores vivieran impunes. Me falta uno, solo uno. – Una lágrima escapó de sus ojos al decir esas últimas palabras. 

James Roni, veinticinco años, ocho meses en Santa Bárbara. El doctor Dominic Pauls es el encargado de indagar en su mente. Durante ocho meses ha tomado tiempo dentro de su agitada agenda para platicar con él, analizarlo, progresar juntos. Tal vez devolverle algo de lo que perdió veinte años atrás, aquella madrugada de navidad. 

– Quieres decir que has asesinado a veinticuatro personas – El doctor leyó su expediente cuando ingresó en el psiquiátrico: diez muertes confirmadas, diez asesinatos sin sentido, pero de acuerdo con Jim habría catorce muertes de las que la policía no sabía nada. Esta era la primera vez que Jim mencionaba algo similar, algo sobre sus planes. Algo sobre una última víctima. Todo tiene sentido ahora, aquella madrugada fatal del veinticinco de diciembre, veinticinco años de edad, veinticinco víctimas, tal vez eso es progreso, tal vez el misterio se revela. 

-Sí, y me atrevo a decir que es lo más satisfactorio que he hecho en toda mi vida- El placer en el rostro de Jim fue evidente, la lágrima que corrió por su mejilla se borró para dar paso a una sonrisa disimulada y placentera. 

-Nunca he hablado de esto, doctor, pero voy a darle un poco de satisfacción. Desde que me atraparon, juré no decir una palabra, Dios me envió una misión y temo no alcanzar su gloria si no la concluyo. 

-Cuéntame- El doctor con su voz suave intenta no decir muchas palabras, para que Jim hable con toda fluidez. Su pluma y su libreta preparados para anotar lo más relevante de aquella historia. 

-Tenía cinco años, recuerdo a mi padre encender la plancha y apoyarla en mi espalda. Maldito drogadicto, ebrio, misógino. Recuerdo a mi madre llorar mientras me curaba las heridas, indefensa, inútil. Recuerdo mis gritos, el ardor, el dolor, mis dientes en el suelo. Hace veinte años, el veinticinco de diciembre en la madrugada, mi querido padre llegó a nuestra casa más agresivo que de costumbre y atacó a mi madre; sus gritos todavía me atormentan, la salvaje golpiza, el puñal en su abdomen, mi madre perdiendo el conocimiento. Mi padre se acerca a mí, sus ojos desorbitados como dos cristales ahumados, pero antes de poder levantar su mano para azotarme, un puñal recorre su garganta, el mismo puñal clavado en el abdomen de mi madre, que con su último esfuerzo lo sacó para terminar con él. Al menos un poco de valentía mostró al final de su vida. Diez años después, mientras vivía en la calle luego de escaparme de un hogar adoptivo, empecé con mi propósito, Dios me probó cuando tenía cinco años, ahora yo debo de ser parte de su gloria con dignidad, y ajusticiar pecadores malditos que no merecen vivir. Prometí terminar mi labor el veinticinco de diciembre de este año, en navidad, a mis veinticinco años, pero ahora no puedo lograrlo, no me permitieron cumplir su profecía- Horas pasaron, el doctor escribiendo, Jim hablando sin frenos. La sesión ter- mina, el doctor se retira a su hogar, perturbado y obsesionado con las historias que Jim ha contado, hablará con la policía, les dirá todos los detalles de las catorce victimas nunca mencionadas y jamás investigadas. 

Es Navidad, madrugada, el doctor recibe una llamada urgente del hospital. El doctor toma sus llaves y maneja en la oscuridad. Ha llegado. 

Un hombre, perturbado, asustado, sentado en la cama del paciente rodeado de otros guardias de seguridad del hospital. 

-Le estaba dando un ataque, se estaba ahogando, intenté llevarlo a enfermería, lo desamarré y se lanzó sobre mí. Solo fue una trampa, me dejo inconsciente y me amarró. Su cuerpo está en el cuarto frio, donde ponemos los alimentos- 

El doctor entra a la cocina, el cuarto frío tiene la puerta abierta, había sido trancada desde adentro, con mucho esfuerzo, la policía y los guardias lograron abrirla. 

Un cuerpo sentado en el suelo del cuarto, una mirada serena, a la nada; frío, sin vida, las venas de sus muñecas cortadas con un cuchillo afilado de cocina, y una nota en sus manos. 

-Querido doctor, el número veinticinco siempre fui yo, el más grande pecador, el asesino, el niño perturbado por su pasado, el joven con un propósito, veinticuatro asesinatos me hacen el más grande pecador, sé que Dios perdonará mi suicidio si con éste cumplo la tarea que me asignó. Feliz navidad-

Fabián Alberto Alpuche Pérez

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