Espacio del Director Volumen 8

En esta ocasión quiero aprovechar la sección para contarles un poco sobre mis perspectivas respecto a Libresta El Flautista, proyecto que nace en abril de 2020, pero que se había gestado en 2016 en el marco de El Flautista Festival, evento que organicé algunos años en mi ciudad natal Villavicencio, Colombia.

Como emprendedor o, mejor aún, como inventor creativo, conformé en 2013 la corporación Cultura Urbana Inteligente, que usé como estructura para interconectar y desarrollar mis propuestas en las siguientes áreas temáticas: Free Context, proyecto y agrupación musical conformada por 6 músicos de base y algunos de apoyo, usualmente vientos y cuerdas, que entregaban versiones mixtas de hits clásicos de artistas como A-Ha, Cristina Aguilera, Alejandro Fernández, Luis Silva (llanera), Elkin Ramírez, Sia, Grupo Niche, Lionel Richie, Freddy Mercury, Michael Jackson, Frank Sinatra, entre otros; Oratopia, espacio para la literatura en sus múltiples expresiones (poesía, narrativa, discurso, etc); Xpressa, para artes visuales, arte dramático, deportes alternativos y otros; y GAUSS (Gestión Ambiental Urbana Sostenible y Salud) correspondiente a turismo, tecnologías, educación, deportes convencionales y academia, con miras a implementar programas sociales y ambientales. Toda esta estructura fue manejada por medio de lo que determiné como Talentos en artes y oficios, a quienes identificaba e invitaba a una serie de producciones y festivales interculturales que organicé durante más de 4 años (2012-2017), y en el que di vida al personaje El Flautista (2013), quien incluso hizo apariciones en carne y hueso en dos de aquellas versiones a través de un músico y su performance tocando flauta. Todo ello quedó como un recuerdo hasta el mes de abril de 2020 cuando, en medio del estallido mundial de la pandemia, decidí desempolvar a este personaje y retomar el libro digital que por aquel entonces dejé a medio hacer. Y de esta forma nace, algo grande, el formato Libro-Revista: Libresta El Flautista, el cual para esta edición completa 7 volúmenes publicados, que pueden encontrar en www.libresta. com y las redes sociales que allí se documentan.

De mi formación académica, la ingeniería ambiental y la especialización en Gestión Ambiental Urbana, además de ejercerlas en algunos proyectos, tomé la decisión de, primero, sensibilizar a la población fortaleciendo sus conceptos primarios, creando lazos afectivos entre las expresiones culturales y el tejido social y, posteriormente, generar una cultura cívica que derivase en convertir nuestros paradigmas social-humanos en estructuras pluriorgánicas de los ecosistemas, en donde el Hombre, los demás animales y las plantas, convivan en armonía; ello es la Cultura Ambiental. Por esta razón, decidí aplicar mis conocimientos en proyectos que abarcaban más que las acciones de algunos gerentes negligentes. Así, en abril de 2020 y en medio de la pandemia, decidí desempolvar al flautista insertándolo en el libro digital, fusionándolos con el concepto sistémico fractal de la corporación y creando este medio de comunicación digital.

Luego de conformarlo, decidí aprovechar Libresta como un medio de comunicación para tratar distintas temáticas, incluso aquellas que rayan con la superstición y la locura, ya que muchas veces, los incomprendidos son los mencionados genios en generaciones posteriores. No quisiera ser alguno de aquellos que cierra las puertas en la cara a quien pudo notar lo que yo no. Nos abstendremos, por sufractales, la teoría de las supercuerdas, la telepatía cuántica, el metaverso y otros tantos. Nada es tan fascinante como la exploración y el descubrimiento y, aquí no pensamos perdernos detalle. ¡Talentos hay en todas partes y en todos campos!

Reflexionemos sobre algunos asuntos. En el año 1997 la comunidad científica confirmó haber clonado con éxito al primer mamífero, la “oveja Dolly”; hace más de dos décadas y luego de ello, poco o nada circula en los medios. ¿Cuántos otros organismos habrán clonado sin que lo sepamos? ¿Qué tanto tiene que ver esto con el cultivo de tejidos, así como aquellos avances que tocaron la luz de la opinión pública por allá en el 2009 sobre escoger las características físicas de nuestros hijos? Si tecleas en los buscadores encontrarás noticias de 2019 y 2020 con la misma información. ¿No ha avanzado la genética o es un asunto exclusivo y excluyente que se trata a puerta cerrada y se negocia como un lujo? ¿Qué porcentaje de las nuevas generaciones está alterado genéticamente? ¿Qué tanto tienen que ver las hormonas que digerimos en los alimentos modificados y qué tanto la intervención directa? Recuerdo que hace unos pocos meses perdí a mi perrito -adorado pedacito de nirvana con quien se escurrió mi felicidad- y, recordando todo esto, busqué si existía la opción de clonarlo; existe, y es bastante costosa (alrededor de 100mil euros, al menos en España). No digo que deba o no serlo, la accesibilidad de tecnologías tan complejas es cuestión de la Bioética de los Estados, pero por lo menos debería estar en la consciencia crítica de la sociedad en general.

Como este tema de la genética también encontramos en el limbo de la credulidad y la incertidumbre la posibilidad de viajar en el espacio-tiempo, la existencia de los alienígenas humanoides y el contacto con ellos múltiples veces (siempre he creído que somos nosotros mismos viajando de un futuro en el que destruimos el planeta y tuvimos que vivir en otro, y poco a poco mutamos; luego intentamos convencer a nuestros antepasados de construir otra realidad, pero la ambición y la corrupción no lo permitieron), el desarrollo de habilidades telepáticas en seres humanos, e incluso la temida “Matrix” (ya aterrizada con el Metaverso). En 2012 ya se habían desarrollado tecnologías, con el uso de nanomateriales y con la manipulación de las estructuras hexagonales que cambiaban de ángulo para aumentar la refracción y eliminar la reflexión de la luz, logrando invisibilizar objetos y personas.

Existen múltiples avances que la mayoría desconocemos por andar inmersos en nimiedades. ¡Nos estamos perdiendo de vivir la meca y la imposición de la ciencia sobre el universo ultramicroscópico y el ultramacroscópico! Si bien la vida y mis capacidades, e incluso, cierta sensación de inseguridad e incertidumbre sobre mi intelectualidad por adentrarme en temas vetados por la sociedad y los gobiernos, no me han dado acceso a esa información, lo mínimo que haré será dar espacio a quienes sí lo hacen.

Creo en la economía circular y solidaria y tengo plena convicción que, de no cambiar nuestros paradigmas de consumo individualista, nos extinguiremos o evolucionaremos en formas de vida menos agradables que las actuales; después de todo la evolución también falla y las especies y los sistemas, se destruyen. La pregunta es: ¿Destruiremos nuestros entornos y a nosotros mismos para conservar “los más fuertes” de la actual cadena orgánica? Quizás la deconstrucción sea una fórmula menos trágica para todos. Y por ello, ¡apostamos en Libresta!

Justicia Psicópata

Ansío amordazar tus excusas
Y alimentarme con la sangre
Que emana de tus llagas.
Ansío tallar mi firma en tu epitafio.

Somos dementes, somos esclavos
Y en mis pensamientos tú sirves
De bandeja para ponerlos sobre tu cabeza
Y atajarlos en tus manos homicidas.

Abriré el sarcófago del tiempo
En el que empolvaste la ilusión,
Ya es hora de limpiar tu impío rostro
Rastrillándolo un poco contra el suelo.

Mutilar tu alma
Y esparcirla en los espacios
Que reclama el inframundo…

El dolor se agolpará en tu cuerpo
Hasta lograr invocar tu locura;
Así reposaré mi mente
En tu infinita tortura.

Las macabras maneras que esperan
Ser utilizadas para desprenderte
De toda esperanza de vida y de muerte
Hurgan cada neurona y se extasían
Con el sabor a deshonra que pende
De tu ojerosa mirada.

Se fascinan con el humor descompuesto
Que segrega tu piel lacerada,
Con la epistaxis crónica
Sucedida con derrames cerebrales.

Cenan con trozos de carne sudorosa
Y empañadas grietas cognoscitivas
Que escurren de tu cabeza
Y a través de tu enrojecida saliva.

Por último, hilaré cada fragmento
De tu inconforme e informal cuerpo
Y los llevaré a dar un paseo,
Junto a quienes ansían verte de nuevo.

Deberían ver tu verdadero Ser más seguido,
Quizás también, recogerte en los sueños
Y exportarte a sus pensamientos,
Donde deben querer tenerte, como yo;
En un estado epiléptico de olvido.

Desear una persona desde la insolvencia

Me recuerda esa escena del indigente esperando que una limosna le cure la pobreza, cuando la enfermedad está en su alma. Amar desde la insolvencia es aferrarse tercamente al mástil del buque que naufraga las aguas de la consideración.

Me recuerda al méndigo que eleva sus manos implorando paz, y luego empuña armas y drogas, vicios y fetiches, como el escritor que hiere la hoja con historias comunes pero busca disfrazarse de glorias. No tiene coherencia el uno ni el otro. No tiene coherencia el amor que vive del bolsillo ni aquel que espera vivir de aire. Solo el amor propio logra extender la mano para levantar y no para ser levantado; para tomar raíces en vez de frutos.

Yo que te deseo desde mi insolvencia solo puedo soñar. Sueño con vos, sueño con nosotros, sueño el futuro en que este presente sea solo un sueño, y sueño que eres tan considerada que me amas a pesar de mi insolvencia. Deseos y sueños, anhelos y metas, el intangible del insolvente. La lotería que compra todas las mañanas solo para ver cómo otros reclaman el premio.

Lo único que me queda por ofrecerte es amor propio, en la misma intensidad del que reciba de vos, con el rubor de tus mejillas haciéndole una venia a mi parafraseo. Los insolventes siempre somos buenos oradores; al parecer es una habilidad que se desarrolla bajo el riesgo de volverse un indigente. Te has enamorado entonces de este talento para enredar mi lengua en tus expectativas. Epa! Bienvenida pues a la realidad virtual del soñador.

Ego Noctámbulo.

En el momento en que despertó ya era media tarde. Mantenía su olor característico a licor y tabaco. Su cabeza adolecía como de costumbre y su cuerpo, mente y memoria trasversaban como agujas de paja en un nido de cuervos; sus ojos infames lloraban sintiendo culpas cual un mimo barato se para en un semáforo de las calles de Bogotá, obligado por la necesidad o la necedad de hacerlo, entre cristalizados y petrolizados por la paliza que seguramente recibió en aquel lugar donde estuvo esmerándose por actuar de payaso.

Se estiró un poco, aún acostado en el sillón de su casa, y se percató de la ausencia habitual de orden, limpieza y ruido que tanto le aquejaban; entonces, bullendo como en olla a presión todos sus recuerdos estallaron del subconsciente y le rebanaron la resaca.

Había discutido aquella víspera. Sus manos, para nada avergonzadas y tal vez prepotentes, se mostraban rojas, con los nudillos reventados y entumecidos.

Llegó tarde. Una familia se reconforta en la calidez del mismo techo; pero él, desertor y terco, se aferró a la calle y sus consejeros, izando alaridos de mandamás cual pregonero de desastres o periódicos, levantó su mano ciega y abofeteó a su esposa con tanto ahínco que su cuerpo entorpecido le siguió hasta el suelo.

Se levantó y atacó la pared que, indefensa e inmóvil -en shock por lo ocurrido-, recibió un destajo de nudillos de ambas manos, cinco a la vez y cinco una vez más, luego retumbó de ira y la maldijo; sus hijos fueron testigos de su lengua mortecina y su mirada de infierno.

De nuevo, actuando en su papel de psicótico, se lanzó contra ellos, tropezando sus pies con la alfombra y destajándose un ojo sobre una mesita -decorada rústica con incrustaciones en falsas gemas, aquella típica decoración de clase media que pretende las ostentaciones de los palacios Hindúes-, cayó inconsciente ante su familia, quien en su último agrado por él le levantaron y posaron sobre el sillón, y se marcharon.

Hasta ese día les vio, aún sonrientes el anterior, y a saber él, cuando deambula por las calles rojas en noches de quincena, que perdió por testarudo el único método para recuperarse de su miseria.

El peor terror de todos.

El peor terror que he sentido, ese que ha helado mis venas y me ha congelado la sangre, es perderla.

El peor terror es verla en frente de ti, y amarla en silencio. Amarla con lágrimas que se encarnan en tu garganta y en tu pecho. Callar porque no queda mucho por decir, salvo “adiós”.

El peor terror es desprenderte de quien amas, pues cuando se desata la guerra interior entre tu corazón y tu dignidad, gane el amor o gane el orgullo, eres tú quien pierde.

El peor terror de todos es pretender hacer feliz a alguien. y que termine odiándote.

El peor terror es ver que borra las fotos en las que aparecían juntos, y que cambia el apodo que tenia en su celular, por tu nombre de pila.

El peor terror de todos ha sido morir por amor 2 veces, y ver cómo te asesina, a sangre fría, casi con sevicia, y con indiferencia.

El peor terror de todos ha sido despedirte de todo lo que amas, de lo único que te queda, para ir a ser engullido por el mundo.

El peor terror de todos es sentir que no perteneces a ningún lugar, y que nadie te espera al final de la tarde.

TESTIGOS.

Ella le seguía con la mirada, atravesando la habitación, revotando entre los ápices y las paredes; ventanas con sus cortinas de pliegues aterciopelados que dejaban entrepasar haces de luces que se percibían rojas -por sus cortinas- y lúgubres, y asomaban sus cuadradas pestañas; una mesita barata y con el barniz desgastado que cargaba descolgados sus labios, y del superior se asomaban algunos condones y objetos de placer; una ducha atrapada entre cristales acrílicos que atestiguaron en sus lácrimas de H2O la sombra salmoneada de una figura compuesta por dos pieles; una puerta a entrecerrar que se resistió tenuemente al empujón del pie de una de aquellas pieles, cuando aún estuviere vestida, y que los exponía al escándalo; una silla en forma de serpiente que podría tratarse del trono de los reyes de Europa central -cuando habitaban barrios bajos- o de los emperadores de Oriente –cuando copulaban en sus palacios con Shen Long en su pelvis-; una cocineta que esquiva un poco la vista pero que fija la atención por su pequeño bar; y aquellos licores, con sus formas de seducción y sus aromas a Sodoma y Gomorra.

Ella le veía desde la cama -semidoble-, compuesta por telas y madera de hostal pues en un hostal se encontraban.

Él se paseaba, con pasos entrecortados; tomaba su rostro y su pelo con una mano y la otra mano, en disonancia; fruncía el entrecejo y adoptaba posturas de repudio con sus labios; el asco se pronunciaba en sus ojos.

Veíanse ambos con angustia y zozobra; el silencio de sus bocas se consumía bajo los zapatos de él en su “toc… toc…”, y el crujir rechinante de los resortes de aquel colchón de cuatro grados de inclinación sobre el que reposaba ella. Nadie más que sus senos y los órganos reproductivos de él -que omitiré describir para no parecer más vulgar que sensual- se descolgaban; ¡Era evidente que el tiempo había tenido una erección! Porque cada minuto sufría de espasmos, y las agujetillas se revolcaban extasiadas pero fieles con su monógamo número -durante al menos dos o tres minutos cada minuto-, y luego se acostaban a fumarse un cigarrillo para simular haber tenido un orgasmo, cuando en realidad la flacidez de los “dos, tres, cuatro, cinco, seis y ocho” les había dejado insatisfechas.

El hombre abrió su garganta para guturalizar unas palabras, y la mujer se tendió a llorar; él calló y se aproximó a la puerta, esta vez para cerrar desde afuera su interior. Le fue agarrada la mano, y unas lágrimas le humedecieron los vellos desde el codo hasta la muñeca. Pareciera que le hubieren colonizado el brazo; asentaron su civilización por al menos cinco o seis generaciones de salobres. Pero él arrasó sus rebaños y cultivos cristalinos con sus azadones de quitina, y pronunció la conjugación que dio a luz a siete pequeñas figuras sonoras: “Aléjate!” -Y a su guardaespaldas por supuesto-, para retirarse de la alcoba.

La habitación fue testigo de la pasión que siente el amor por el odio, y de cómo se le entrega -vagabunda, libertaria, rauda- tan fácilmente a su virilidad, y todas las cosas hiciéronse el amor entre sí para luego ser engullidas por sus sombras enrojecidas -haberse percatado de cambiar las cortinas-. Ella le confesó a él que estaba embarazada…

Segundos después de que él la cargara en brazos y le hiciera el amor como de recién enamorado, ella le confesó que no era suyo.

El trabajo de las apariencias.

“¿Podrías hacerlo por mí?”
La voz decía, insistentemente,
Como si tuviere la catira opción alguna
De rechazar la petición ordenada
Por quien le pagaba una hora de trabajo.

“Jamás pensé que alguien lograría
Excitarme al defecar en otra parte,
Y mírame, me tienes toda mojada”,
Susurraba ella, mientras esparcía
Aceite por su vulva enrojecida.

“Me tienes duro, mira!
Te recompensaré con más monedas”,
Y la joven sonreía trémula

Ante el bochornoso cliente que le seducía.
El rubor era lo más auténtico aquel día.

“Toma todo de mí,
Cuerpo, voluntad y vergüenza”,
Indicaba María Elvira al tiempo
Que insertaba un tubo en su ano,
Y depositaba por allí sus heces.

“¡Cuánta maravilla!
Haré de ti mi esposa,
Construiré ciudades enteras
Para que en todas gobiernes, diosa”,
Y el jeque clickeaba sobre las monedas.

“Me alegra complacerte,
Te veré mañana amor”,
María se desconectó,

Agarró el frasco con pudín de la mesita
Y salió a comentar el caso con sus amigas de trabajo.

DECISIÓN

Esta noche he decidido clavar un puñal en tu pecho. Y lo he decidido porque quiero bañarme en ti, zambullirme por tus entrañas y encontrar esa maldita parte de tu corazón que –ni entiendo y creo que he perdido el interés por entenderlo- se ha quedado con mis emociones.

Creo que esta noche abriré tu pecho y encontraré engaños, de ambas partes: los míos que jamás olvidas, y los tuyos que bien me ocultas, pero que la resequedad de tu saliva y tu entrepierna develan aun cuando tus ojos sonríen con tu falsa idolatría. Y lo he decidido porque en tu interior guardas celosamente mi esencia y mi memoria, y con ellas toda mi vida adquiere un sinsentido, un amargo sabor a tierra de cementerio –en el que hace rato echaste pala y sepultaste el cadáver de una mujer enamorada-.

Quizás sea el interés particular que tienes por aferrarte a lo material –que yo también tengo por supuesto, con tu carne- el motivo por el cual dudas de terminar conmigo, y más bien me utilizas como un afiche que cuelgas al respaldo, en la puerta de tu alcoba, junto al almanaque –en el que cuentas y tachas los días que llevas con él y los que aún te quedan con este novio de protocolo- o que lustras cada mañana con una única llamada de buenos días, aferrándote –repito; y sabiendo que las buenas noches no fui yo quien te las otorgó- al recuerdo o al vacío que te sosiegan y te hacen perder el control. Por ello también abriré tu pecho pues quisiera buscar esas cadenas y romperlas, o atártelas al cuello y darle la llave a tu nuevo amo.

Decidí que abriré tu pecho y desde allí subiré a tu memoria emocional, y me cercioraré que todo esté funcionando bien; es factible que tu descontrol no sea un sinónimo de desamor, de libertinaje, o de una decisión de tomarte la ciudad con tus posturas de orgasmos –fingidos además-, y tendría que coserte de nuevo y vivir los dos partidos en mil piezas. Es más que justo.

Quiero que entiendas que esta decisión no se basa en machismo, resentimiento, celos, egoísmo, ni orgullo desmedido. Esta decisión se basa en el más puro sentido de observación que como animal instintivo al que te has referido a mí en repetidas ocasiones por aquello de amarte sin control y sin bozal, y morder tu piel –a propósito que perros fuimos los dos, pero yo dejé de serlo contigo- y marcar mi territorio –No con agresiones ni con sarnas en el alma como hoy, sino con una tendencia a seguirte como si te cazara para que la policía de aduanas encontrara tu droga, esa que me dabas y con la cual me mantuviste drogadicto tuyo un año entero- busca satisfacer su apetito.

A mí hoy me apetece abrir tu pecho y entenderte.

John F. Muruaga

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