Espacio del Director Volumen 5

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DECISIÓN

Esta noche he decidido clavar un puñal en tu pecho. Y lo he decidido porque quiero bañarme en ti, zambullirme por tus entrañas y encontrar esa maldita parte de tu corazón que –ni entiendo y creo que he perdido el interés por entenderlo- se ha quedado con mis emociones.

Creo que esta noche abriré tu pecho y encontraré engaños, de ambas partes: los míos que jamás olvidas, y los tuyos que bien me ocultas, pero que la resequedad de tu saliva y tu entrepierna develan aun cuando tus ojos sonríen con tu falsa idolatría. Y lo he decidido porque en tu interior guardas celosamente mi esencia y mi memoria, y con ellas toda mi vida adquiere un sinsentido, un amargo sabor a tierra de cementerio –en el que hace rato echaste pala y sepultaste el cadáver de una mujer enamorada-.

Quizás sea el interés particular que tienes por aferrarte a lo material –que yo también tengo por supuesto, con tu carne- el motivo por el cual dudas de terminar conmigo, y más bien me utilizas como un afiche que cuelgas al respaldo, en la puerta de tu alcoba, junto al almanaque –en el que cuentas y tachas los días que llevas con él y los que aún te quedan con este novio de protocolo- o que lustras cada mañana con una única llamada de buenos días, aferrándote –repito; y sabiendo que las buenas noches no fui yo quien te las otorgó- al recuerdo o al vacío que te sosiegan y te hacen perder el control. Por ello también abriré tu pecho pues quisiera buscar esas cadenas y romperlas, o atártelas al cuello y darle la llave a tu nuevo amo.

Decidí que abriré tu pecho y desde allí subiré a tu memoria emocional, y me cercioraré de que todo esté funcionando bien; es factible que tu descontrol no sea un sinónimo de desamor, de libertinaje, o de una decisión de tomarte la ciudad con tus posturas de orgasmos –fingidos, además-, y tendría que coserte de nuevo y vivir los dos partidos en mil piezas. Es más que justo.

Quiero que entiendas que esta decisión no se basa en machismo, resentimiento, celos, egoísmo, ni orgullo desmedido. Esta decisión se basa en el más puro sentido de observación que, como animal instintivo al que te has referido a mí en repetidas ocasiones por aquello de amarte sin control y sin bozal. Decidí morder tu piel –a propósito que perros fuimos los dos, pero yo dejé de serlo contigo- y marcar mi territorio –no con agresiones ni con sarnas en el alma como hoy, sino con una tendencia a seguirte, como si te cazara para que la policía de aduanas encontrara tu droga, esa que me dabas y con la cual me mantuviste drogadicto tuyo un año entero- como el animal que busca satisfacer su apetito.

A mí hoy me apetece abrir tu pecho y entenderte.

LOUIS, EL CUERVO CRESPO.

Los paraderos del servicio de transporte, en las noches, suelen diluir la realidad entre las fantasías de los cohabitantes. Pequeñas historias se tejen a partir de una o dos hebras. He aquí ésta en particular.

Un sujeto que viste con crespos espera el bondi que le llevará a su casa, donde le aguarda su novio; es su segundo aniversario y han quedado en cenar ante una centena de velas, un par de discos de Sinatra y Lavoe, y el enlagunamiento con dos botellas de ron de la ca-sa venezolana Santa Teresa. Louis, el garca de su oficina, es quien espera ansioso a que el vehículo pase por él y lo lleve a la procesión sexual. De repente, un hombre-paloma se le acerca y le indica con el sonido de su garganta que quiere picotearle el crespo al joven, anidar allí, criar sus polluelos, y verlos crecer como un par de palomos de plumas enroscadas y brillantes.

Pero Louis era un crespo fiel al alisado amor de la vida que le aguardaba en casa, por lo que decidió pasar la calle y comprar una bolsa de granos de maíz y arrojarlas en mitad de la calle, con la intención de zafarse de su pretendiente. Lastimosamente, en cuanto arrojó el primer puñado, y el pajarraco voló hasta allí, el bondi de la ruta pasó y le atropelló, haciéndole volar cerca de 20 metros de distancia, partiéndole el alón izquierdo y parte de su pico.

Louis quedó estupefacto. Una parte de él quería irse a su casa. Pensaba en su emplumado amante. Otra parte pensaba en lo tétrica que había resultado su estrategia, y en que el palomo había resultado hechizado por su maldición de mala fortuna que le seguía a todas partes. Se decidió por lo correcto y fue volando hasta el ave que yacía en el suelo y logró llevarla a un centro de emergencias, donde le entablillaron el ala. Después de eso Loius regresó a su casa y le contó lo sucedido a su novio.

Han pasado semanas desde aquella noche, y en varias ocasiones he visto al palomo y al crespo de escabiar en el bar de la esquina, siempre alegres, departiendo como dos grandes amigos. La mala suerte que rodea al cuervo parece afectar una sola vez a cada uno, por lo que ya no hay líos ni accidentes memorables en la historia de hoy. Nos veremos otra noche con otra peculiar historia que entremezcle realidad y fantasía. Se despide este paradero servidor.

LA PARCA

Y allí estaba él, con su barba inefable risándole el mentón, escalándole los labios que –y diérome vergüenza admitirlo- rayaban en la mayor de las gracias cuando buscaban seducir alguna mujer. Yo solo podía observar. Era un espectador del universo, su único espectador y su mayor fanático. Estaba obsesionado con verle a través del espejo, de la magia, del lenguaje antiguo, y del océano místico. Él a un lado del planeta viendo féminas desmerecerle, y yo contemplándole mientras se desperdiciaba.

Le veía casi siempre mientras estaba despierto, y casi siempre cuando buscaba alguna boca. Tiempo atrás creí que seducía cuerpos esperando llenarles con el suyo. Tiempo siguiente creí que seducía mentes esperando llenarles la cabeza con sus ideas, poseerles la razón y la voluntad. Y finalmente pensé que iba detrás de almas para alimentarse de su belleza y su calidez, rejuvenecer y seguir seduciéndome sin darse cuenta de que yo le seguía con la mirada. Pero al parecer su fijación provenía de tener los labios con el marco de un animal extinto; parece que busca incesantemente una morfología que le encaje para nunca más desprenderse. Lo he notado por la manera en que agita sus ventosidades y sus carnes por las pieles. Las recorre todas sin mellar centímetro alguno, y siempre empieza y culmina su viaje en una dentada.

Llevo ya 4 años observándole, detallando sus ademanes, su comportamiento, su rugir, su constante cambio de presas. Intentando entenderle, ver su futuro, saber si estará en mis brazos, pero su inconstancia solo prolifera el caos, y se abren mares con coralinas costas de probabilidades que rompen mis visiones. No es un animal de costumbres. Siempre cena un plato distinto. Decidí que iré a verle. Lo dejaré todo por él. Merezco ser carne y ser presa nuevamente.

Aquel hombre barbado, de labios irrepetibles, tras unos meses sintiéndose desvalido se realizó exámenes médicos, enterándose que había contraído VIH; así que tomó un cuchillo y atravesó su corazón, justo en el momento en que entraba la muerte, vestida galantemente, dispuesta a reclamarle para la eternidad. Pero el suicidio no permite aprovechar el alma, así que la parca le convirtió en roca, se puso su traje de luto y dejó la habitación para ser de nuevo inhumana.

AL PARECER

Parece que solo una pluma nos conecta entre líneas escritas en papiros. Que el tiempo ha envejecido aquel amor profetizado y lo ha metido por debajo de las puertas como las publicidades más baratas; esperando que alguien las lea y se antoje de nuestros cuerpos, de nuestros corazones, como si comprara una oferta en el centro de la ciudad.

Parece que esas miradas que se nos escapaban a voluntad propia para ir a jugar al parque, tomadas de sus pestañas, disfrutando de un romance estancado en la edad temprana, ahora se distienden y se miran agriamente las arrugas; y el pudor que nos sonrojaba y nos apetecía ahora nos agria la boca y nos la tuerce.

Parece que tus manos carecen ahora de aquella tersura que las hacía agarradoras, estrechables; se sacian solo cogiendo otras manos con empuñaduras oscas, obreras y ladronas, y se pasean entre jardines de estambre mientras las mías se pacen por la literatura de una época antigua y se estiran sobre el cosmos buscando al creador de tan compleja mente tuya.

Parece que nuestras figuras han sido expuestas al bochorno, y en la condenada vergüenza rompemos los espejos para olvidar quiénes fuimos, qué desearon de nosotros, qué se sirvieron sobre vajillas enchapadas en palabras de oro, fibrosas y quísticas por supuesto, y con las cuales trozo a trozo aprisionamos el ego del otro para que pudiéramos luego despojarnos de nuestra fiereza y hacernos dóciles de nuevo.

Parece también que se nos llevaron los recuerdos más hermosos aquellos cobradores de lo ajeno, acreedores de una filosofía de vida que se hizo nudo y anudó nuestro criterio; y luego ya tampoco lográbamos decirnos nada, ni en palabras ni en silencios, ni con nuestros ojos, ni con nuestros labios, ni con nuestros cuerpos, ni con nuestras almas. Ya solo quedaban madejas de hilos desgastados que se entrecruzaban para atarnos al repudio del existencialismo. Ya después no sabíamos si amábamos u odiábamos; ambas fuerzas competían como compite mi cerebro hoy por olvidarme de todo lo que fuiste, y rehacer mi vida. Pero, al parecer, aunque el tiempo olvida, y nuestros cuerpos nos olvidaron, y nuestras mentes pretenden ignorarse, el espíritu de niños que salía a jugar tomándose de sus miradas, aún conserva su memoria.

LA DIFERENCIA ENTRE EGÓLATRAS Y RIDÍCULOS

Recuerdo haberme bajado de un bus en Manizales para ir y hablarle a la chica que había estado observando durante unos minutos, y que por pena había evitado entregarle mis primeras palabras en público.Recuerdo también haber esperado a que Paulina colgara su llamada en la cabina telefónica, acercarme a ella y pedir su número para llamarla y salir a conquistarla, o terminar tirado a sus pies –los de su cama-. ¡Sí, es que efectivamente la facultad de ser arriesgado y ‘loco’ años atrás SOLO la teníamos los valientes! ¡Los osados! ¡Los creativos! ¡Éramos nosotros quienes dominábamos la escena del romance y la conquista! ¡Éramos NOSOTROS quienes teníamos las amigas chéveres y sus llaves de apartamento! Pero ¿y ahora?

Recuerdo hace poco, y hace no tan poco, y hace más poco también, haber sido testigo de lo bochornoso que podría verse un hombre bajándose del bus por hablarle a una mujer. Y lo ridículo que tendría -incisivamente- el verse que un hombre esperase a que una mujer colgara la llamada a su novio solo para pedirle su número telefónico –claro que ahora hay que esperar a que levanten la mirada fija al Whatsapp o el Messenger, y arrojen su goma de mascar para responder-. He visto que últimamente todos los hombres se arriesgan, y lucen patéticos. Pero claro, ¡¿Cómo ha de relucir un personaje que rompe el esquema si el esquema ya está roto?! ¿Y por qué a todo el maldito mundo masculino le dio por creerse macho de alta cuna y conquistador de espada en mano? ¡Maldita sea, eso es ridículo! ¡NO, LOS RIDÍCULOS SON ELLOS! No a cualquiera le luce el pelo largo y no a cualquiera le luce el bigote o la barba. Hay gorditos tiernos y hasta sexis, pero hay otros fofos, grasientos y sucios, ¡que solo inspiran de plomeros! Entonces tampoco es que al que le venga en gana de bajarse del bus o de esperarla a que cuelgue el celular, o que salga del trabajo para decirle “Hey, no me conoces, pero te estaba esperando para que lo hicieras”, deba homenajeársele con buen sexo. Por Dios, ¿y los estándares de calidad?

¿Dónde queda el estatus, el Poder, el dinero? Porque la labia, mierda, ¡es para nosotros! Los que no tenemos estatus, poder o dinero, pero que nos arriesgamos a pasar la vergüenza de entablarles cara con honestidad y verraquera; ¡no para que cualquier ahuevado o ñero se crea una chimba porque le paran bolas y ‘se lo dan’ por tener la desfachatez –gallardía o entereza era lo nuestro- de hablarle! ¿Dónde está la dignidad de la mujer de antes, que se esmeraba escogiendo entre sus pretendientes? ¿Dónde está el orgullo de mostrar a su novio y decir “este sujeto me conquistó y se ganó el derecho a que esté con él”?

Nosotros quizás éramos –o sigamos siendo- unos ególatras, pero al menos luchábamos y nos reinventábamos para conquistarlas, pero ustedes ahora ceden ante los ridículos del siglo XXI, que no respetan los espejos y que tampoco evocan el mínimo esfuerzo por encender la chispa en una mujer, ni en sus neuronas.

Recuerdo haber sido uno de esos ‘Don Nadie’ que marcaba la diferencia, pero no se hacía notar en la calle tanto como en la cama.

Es decisión vuestra Mujeres, si en su nueva oleada de valores y anarquía, deciden solas qué quieren escoger o con quién quieren sexo -o quién les conquiste, idealmente-. Yo, que antes caminaba ególatramente por la ciudad de Manizales, me arrodillo ante ustedes y les ruego que no permitan que el romanticismo quede en ridículo a causa de tanto imbécil.

Gracias.

POEMA A UN CUELLO LARGO.

Ustedes no imaginan lo bien que se ve, creo que ni ella misma lo imagina. Parece inconsciente de su belleza.

Es que usted no lo imagina, mujer, se lo aseguro. ¿O es que acaso ha notado que cuando gesticula su cuello se estira delicadamente, con vida propia, y se desprende de la clavícula para venir a mis oídos y susurrarme que perciba su fragancia? Y es que sé que no se percata usted de su belleza porque me habla sin prepotencia, con una calidez llena de gracia y buen estilo, con palabras pronunciadas solo para enamorar, ¡y eso me irrita! Porque la veo sola, ¡y es inconcebible! Porque pareciera que nadie la procura, ¡y eso es una infamia! Porque usted merece quien la ame y la pretenda, la abrace, le bese delicadamente la piel, ría a carcajadas con sus chistes, se regocije en su sonrisa, le muerda los dientes, se pierda en la mirada, camine sus cejas, se lance por las pestañas y caiga en su boca. Usted merece que se enamoren perdidamente de sus conocimientos, de su tono de cabello, de su tesitura y color de voz, de sus manos que portan uñas estiradas, de su pinta neohippie, de su corte de caballero, y de las gafas que no usa, pero que bien portaría con esa nariz respingada.

Usted no imagina lo bien que se ve, ni lo bien, ni lo mucho que yo la veo.

¡Véndame sus labios! ¡Véndame su boca! Necesito esa mordida para que encaje en mi morfología. Mi piel la espera con ansias.

¡Véndame su piel! Véndame cada centímetro. Yo los compro con saliva ya que el dinero no puede pagarlos.

¡Véndame sus ojos! Véndame su mirada y míreme a los ojos que le estoy diciendo que la amo. Deme sus cejas, permútelas por este par de óculos que la idolatran.

¡Véndame sus pómulos, mujer, por Dios! Tienen que ser míos, y suyos también. Cuando no los use venga y parquéelos sobre mi pecho, que yo les abrigo para que no se oxiden con la inclemencia del clima humano.

Venga, negociemos. Déjeme en promoción toda su energía. Déjeme que yo distiendo el tiempo y le recargo todos los días, la hago más joven, más jovial; le construyo el altar de la idolatría, del teatro; le hago cálculos matemáticos, físicos, estructurales; le defiendo ante la historia, le reescribo el futuro, le soborno las líneas de la mano para que nos dé una lectura maravillosa. Mujer, Negócieme su vida. Se la cambio por la mía. Viva usted en este cuerpo y en esta mente para que me entienda. Es que son mis moléculas las que buscan estafar al universo para quedarse con sus pares femeninos, con usted y sus aires a mujer perfecta. Sea mi desorden, ¡venga y desordéneme la vida! Mi alcoba es toda suya. Haga de ella lo que le venga en gana. Y compre este amor que le ofrezco, o permútelo por su aliento entonces si no quiere vendérmelo, pero sea mía.

HACIENDO JAZZ CON TU CUERPO

Entras al cuarto vestida de piel,
Desnudas tus manos sobre mi pecho,
Aprietas cada músculo de mi cuerpo
Y contraes cada uno de los tuyos.
Embalsamas palabras en fraseos
Expelidos en un ritmo frenesí.
Muéstrame tu lado sensual,
Deslízate por el aire de esta sala oscura,
Vibra con la luz y con la música.
Que tus pies proyecten la sombra de tu cuerpo
Y las paredes la sombra de tus deseos.

¡Ah, pasión! ¡Has regresado y te has posado ante mí!
Antes eras una espectadora abochornada.
La luna alumbra el espectáculo
Que estas paredes quieren celar para sí.
Ella danza diez pasos,
¡Y diez piezas musicales canta!
Las notas más agudas matizan sus cuerdas
Cuando las guturales proyecta mi voz.

Blanca ante el día y las estrellas,
Caoba en mi habitación,
Se insinúa tantas veces
Que el tiempo ya no es cuántico
Y vuelve a ser relativo,
¡Y relativa ahora su piel enrojecida y sudorosa!
Si llueve afuera es por la humedad que desprende.

El cuarto se llena de ondas;
Se reflejan nuestros actos en una membrana de acústicos…

Un momento de quietud.
La intensa calma es tan viril
Que tú, inmóvil, no te desprendes,
Más bien me abrazas.
¿Se han ido los ausentes?
¿Aquellos sonámbulos despertaron ya de su sueño?
¿Es este un descanso o un nuevo preámbulo?
Pues que sigan los aparejos,
¡Ya es hora de vernos las almas!
¡Ah, pasión, de nuevo tú!

MI AMANTE.

Está en silencio.
Bebe café mientras se transporta a sus adentros.
Yo le observo sin molestarle,
Contemplando la gracia apreciable en sus mejillas,
Contando los vasos sanguíneos que se agolpan,
Ruborizados,
Luego de agolparnos contra las paredes.

Me mira y sonríe.
Su mirada me aleja y me contrae,
Pareciera que su entrepierna aún combate con la mía.
En su cabeza ha terminado una batalla,
Pero se avecina la guerra santa,
Los demonios vuelven a reclamarle,
Y ella sonríe mientras bebe.

Es mi amante,
Y siendo consciente aferra mi mano
Apenas suelta el cigarrillo;
Ostenta sus demonios,
Me lleva de nuevo a su cama para repudiarme.
Su cuerpo se mece entre las olas,
Ella marca el ritmo, yo sigo sus pasos.

Está atrapada.
Ansía terminar y volver a tomarse un café
En compañía de la soledad que nunca le abandona.
Ansía terminar su noviazgo de protocolo.

SEDUCIDA.

Aléjate de mí,
haz como si poco
o nada te importara.

Luego tómame por sorpresa,
dame la vuelta
y préndete de mis nalgas;
Que llevo un mes endureciéndolas
para que tu mordida encaje.

Acércate a mí,
Violéntame con la mirada,
Tortúrame con palabras soeces;
Vierte esperma con saliva
Sobre mi abdomen,
Pon tu marca.

Toca mi rostro con suavidad
Desliza tus dedos de caballero
Mientras me estrangulas
Con tus callos de obrero
Y tus tendones de bestia.

Tómame sin asco
Y de la manera más repugnante.
Sé dicotómico, por dios,
Confúndete conmigo.
No me veas con respeto
Cuando estemos fornicando.
Eso sí, déjame el rostro intacto,
Que no quiero parecer una puta ante cualquiera,
A la calle salgo tapando la indecencia,
Aquí, ante ti, me desnudo el pudor
Y me muestro perra.

Tú te lo ganaste por saber conquistarme.

J. Ander F. Muruaga

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