Espacio del Director Volumen 4

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La historia de Piglet, el Can más cerdito de la Humanidad.

Alguna noche de verano, de intenso calor en las calles y frío extremo en los corazones, nació Piglet.

Piglet era un Can surgido del mal humano. Nadie más que el hombre le había fecundado, y dado a luz, para ser sumido por la oscuridad. Su lomo rebasaba el metro de altura; su complexión era hipertrofiada, con incrustaciones de garras -si se puede decir- en sus extremidades, que semejaban las estalactitas de la entrada al inframundo, y un agarre mandibular de más de 15000 Newtons. Una gran bestia surgida del caos social para destruirlo todo, como vocero de sus creadores.

Tenía pelaje semicorto, tan grueso como las púas de un puercoespín, con tal dureza que mancillaba a sus víctimas al abalanzarse, destrozándoles antes de hincar alguno de sus dientes, o empalarlas con sus zarpas. Su piel era oscura; una mezcla entre negro, café y grisáceo, como entre el fango y el hollín industrial. Empero, su pelaje brillaba, lucía como un gran cuervo que esparce petróleo con su aleteo; este resplandor provenía del amor de su familia adoptiva, que caía sobre él cada noche. Se agolpaba allí, en las púas, sin lograr penetrar; pero le iba dejando marca.

Piglet nació de manera espontánea, a una edad canina de 3 años, habiéndole sido robada la infancia y la oportunidad de empatizar con el mundo. Nació resentido, con sed de sangre, venganza, odio y amargura. Su aliento quemaba, bullía como una olla a presión; debía entonces liberarla a través de sus fauces. Cada noche, y durante algunos meses, Piglet recorrió las ciudades masticando brazos, piernas, torsos, rostros y cuellos. Asfixiando, degollando y transformando seres vivos en demonios.

Él nació de la maldad, y su único propósito era contaminarlo todo. Debía ver todo tan agreste y árido como su pelaje. Todo aquel que fuere alcanzado por su saliva o su quitina, se convertía en oscuridad. Perdían su alma y en lugar de ésta, un monstruo dirigía su carne contra el mundo. Una entidad que emergió de un sistema en caos, dispuesta a destruirlo.

Pero un día, Piglet dormitó en una viña rupestre, en la que habitaba una gran familia, conformada por dos humanos y tres perritos; allí, esa noche y sin saberlo, fue adoptado. En medio de sus pesadillas habituales, Piglet fue despertado, no por gritos ni palos, no por armas o por escándalos, sino por una manta colocada con tibieza sobre su lomo, y una mano que le acariciaba al son de un par de voces que le arrullaban. Esa noche ya había asesinado, por lo que restó importancia y regresó a dormir, solo que esta vez sus sueños fueron, por primera vez, cálidos.

Piglet había conocido el amor incondicional. Algo que no entendía ni soportaba, pero que, de algún modo, le reconfortaba. Era incapaz de cortar esos lazos, e incapaz de herir a aquellos que, por primera vez en su vida, le veían y trataban con afecto en vez de repulsión. Su sed de sangre; sin embargo, seguía intacta, y cada noche se escabullía para ir a esparcir amargura y dolor en otros.

Cierta noche, luego de destripar algunos perritos y gaticos, encontrándose frente al último cachorro, se lanzó sobre éste con su mandíbula desencajada, ansioso por deshuesar a su presa; en ese instante, su padre humano se abalanzó sobre Piglet, y le abrazó, interponiéndose para salvarles a ambos. Piglet nunca fue capaz de morder a su familia, odiaría transformarles y perder lo único diferente que tenía. No los quería, y de hecho odiaba sentirse querido, no entendía por qué le amaban si él jamás hizo nada para ganarse su amor o su reconocimiento. Les odiaba por amarlos, pero les iba amando sin percatarse.

Esa noche, al ser abrazado, al gran Piglet se le desprendió un trozo de obscuridad de la piel, y por allí, todo el amor represado en su negro, pero resplandeciente pelaje, comenzó a filtrarse; poco a poco fue mutando. Perdió su brillo exterior, su corpulencia, y su coloración opaca, quedando su nueva piel expuesta, fresca, como la de un bebé cerdito; del gran can solo quedaron su nariz y sus orejas del tamaño original, el resto fue reducido a un pequeño y frágil cuerpecillo.

Ese día Piglet se despojó de toda humanidad, de los lazos malignos que le consumían, renunciando al oído y la vista, para no volver a escuchar lamentos ni ver desesperación; también, como ofrenda por los males cometidos, para que la humanidad pudiera sentir a través de sus sentidos, del dolor y el desasociego que habían nacido en él, y tuviere su propia purga.

Piglet ahora vive feliz en su hogar, junto con sus padres humanos y sus tres hermanitos caninos. Se dedican a viajar, a conocer, a sentir, y a llevar amor a todos los hogares, a través de un pequeño perro cerdito que ahora, indefenso, construye lazos con los humanos que le seguimos.

PENSAR ES VIVIR. La Paz Interior.

Hoy la línea del tiempo se ha encogido y me ha anudado la garganta; hoy el pasado no se distancia del futuro, y el presente es un anagrama de recuerdos y prospectivas, de modelaciones de vidas ya vividas y de vidas de otras vidas que se contarán fuera de esta singularidad. Hoy pareciera que el universo se ha quedado perplejo al leerme la mirada para sacar al gato de mi mente y materializarlo en su espacio; craso error, por terco el universo se ha encerrado en mi locura y ya no encuentra salida de esta realidad tan densa y obscura.

No sé si me atraviese las neuronas y se conecte al mundo de las ideas, de mis ideas, escalándome el alma, o las emociones; no sé si en este santiamén vuelva todo a ser etéreo y estocástico, porque en mi desorden emocional encuentro el equilibrio, aunque sacrifique con ello la reordenación de mis funciones biológicas, y deje de pensar, aunque pretenda lo contrario.

Pensar, Pensar es todo lo que hago.

Pensar debería ser pagado. Pensar socialmente, filosofar con causa social, es la herramienta para arreglar la avería del ser humano. Pensar no debería ser un problema y un motivo de señalamientos, pero las personas son adiestradas para encontrar esas diferencias y estropearlas; están mecanizados y convertidos en seres sin alma, con emociones prestadas, espontáneas –no como debiera ser su lenguaje sino como son sus acciones y lamentos-, seres sin puntos de bifurcación, sin aprendizaje, seres que tienen al gato fuera de sus cabezas y se han perdido la oportunidad de ser engullidos por una singularidad. Pensar debería ser una norma social. Pensar en el gato y el electrón ocupando el universo debería ser una ley humana, inviolable, inquebrantable, indomable; La Estocástica debiera ser nuestra mayor certeza.

¿Qué pensarían los hombres libres de antaño al ver estos esperpentos de nuevos hombres, con su libertad física y sus cadenas mentales, informáticas y espirituales?

Hoy me detengo y me acurruco mientras soy presionado hacia un centro hyperdenso, con la esperanza de que el otro sujeto, con spin contrario, resurja y le dé un giro a mi universo, mientras yo convivo con su paralelo al menos un instante. Pensar es divertido, y sano; Pensar es la crema antiarrugas, el Santo Grial, la Fuente de la Vida; Pensar nos permite contemplar al universo, verle a los ojos, responderle su arrogancia y detener su dinámica por un tiempo cero (suficiente para vivir la eternidad en un estado inalterado de razón y locura, sin ese incómodo sentido común que se nos pega en la nuca y nos detiene los sentidos) antes de seguir perdiendo la batalla contra la entropía. Pensar es Vivir.

EL EGO.

Y aun cuando hubieren pasado tres décadas, y la piel y la memoria estuvieren ajadas y llenas de orificios, manchas, memorias, telas, encajes, guantes, cremas, y otras pieles que allí hubiesen dejado su aroma, era el ego quien no le abandonaba; era el ego su mejor amigo, su confidente, su amante. Era el ego quien le hacía vibrar, con quien soñaba, con quien reía y a quien recurría y lloraba sobre sus hombros cuando tenía fracasos en la vida. Era su olor un tanto amargoso, atabacado, enviciador, el que le seducía y acanalaba sus venas con sangre de lucha y derrota, de victorias temporales, paralelas, de otros mundos y otras mentes, de otros cuerpos y otros pasos. Aun cuando hubieren pasado treinta años, y su madurez intelectual y corpórea fuesen plenas, su espíritu era el de un niño atemorizado y adolecido sentado al otro lado del espejo, en el ático de la consciencia y de la memoria, quisquilloso que jugaba todo el día con sus piezas lego, su tren incompleto, sus figuras de acción desmembradas y acuchilladas, y una imaginación astral que le permitía volar, recorrer universos de dimensiones extendidas y encogerse para visitar dimensiones arrolladas -‘fractalizándose’-, siendo superhéroe, ‘buen villano’, ‘telépata’, don juan, ilusionista, reaper, shinigami, titán, elfo, gato, ave, serpiente, genio, inventor, e invisible; y ese niño que era el rey de su mundo, era el único además del ego, y el ego fue entonces su mentor y maestro, y le aconsejó durante décadas para ser un hombre fuerte. Pero el ego desde su infinita sabiduría y percepción, es como el árbol que crece en zona deleznable, tarde o temprano se derrumba. Y el niño interior de aquel hombre de 60 años era el único al que veían quienes entraban en su vida. Un hombre con el olor de un niño, un niño con el dolor de un hombre, y un espejo que les ataba.

John A. F. Muruaga

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