Espacio del Director Volumen 3

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EL CONTRATENOR

El agua escurría desde la tubería expuesta. Mientras caía le robaba fuerza y dureza a la estructura de hierro, y se llevaba toda esa energía potencial metálica para caer sobre la frente de un hombre que yacía debajo de ésta, con los ojos vendados, las manos atadas a la poltrona que estaba ocupando, y los pies conectados a un sistema conductor de electricidad, para descargarle su cinética conductividad.

Cada gota de hierro líquido que caía del techo le impregnaba la ropa con cargas eléctricas y óxido que le desprendían la vida a pedazos. El excéntrico encapuchado que le observaba dejaba escapar una sonrisa escandalosa en apenas unos bemoles de baja frecuencia, como si la voz la produjera el averno, y saliera proyectada tan baja y lúgubre que su esposa nunca escucharía más que el álbum de Pink Floyd que rellenaba las paredes de la sala, encima de ellos.

En una bandeja, al lado del hombre infortunado sometido a la tortura china, posaban sus cuerdas vocales. El doctor siempre quiso ser uno de esos cantantes que revientan cristales; incluso retiró sus gónadas mediante una pequeña incisión que mantuvo abierta 57 minutos, pero esto no le convirtió en el castrato que esperaba, así que ingirió cuerdas vocales de contratenores esperando afinar las suyas propias.

El resultado fue que cada cuerda vocal que ingería le iba acordonando la garganta hasta el punto en que formó un vértice de 3° angulares en su tráquea, hasta casi cerrarla por completo. Con el último aliento que le quedaba, el doctor, luego de ingerir las cuerdas vocales del torturado, gritó: “EUKERA!” con un tono tan agudo que el televisor de la sala reventó, para luego morir asfixiado.

LAS LECCIONES DE THOMAS

El deseo más profundo del hombre es la gloria, la panacea, el nirvana. Es capaz de ser bondadoso o traidor ante los ojos que lo califiquen siempre y cuando logre aferrarse a este tesoro. Thomas lo sabía, y temía que el fin del mundo natural llegaría al unísono del fin del hombre y la tecnología. En su cabeza una antífona resonaba, al son de las campanas, cada seis horas. Este pensamiento anidó en su pecho como un pájaro carpintero, royendo capa por capa de sus cortezas miocardio y cerebral, y le fue robando los estribos.

Las voces resbalaban cual olas arrastrando peces, corales, navíos y pesadas ciudades enterradas, congregando un mensaje: “Errare humanum est, sed perseverare diabolicum”, que traducido del diccionario del hábito era una bofetada para Thomas, quien cada día se sentaba a escuchar los pecados del hombre, y uno tras otro sonaban igual; eran repetitivos, recurrentes y ostentosamente descarados. Y tras cada confesión, el párroco se debilitaba. Perdía la paciencia. Era incapaz de perdonar él mismo lo que su padre creador perdonaría.

Hace algunos siglos los hombres de culto eran estudiosos de las ciencias humanas y naturales tanto como de la teología. Thomas conocía tanto de microbiología como de botánica, un poco de medicina y algo más de derecho, por lo que fraguó un plan para expiar los pecados de sus fieles y purificarlos previa postre ante el dador de vida. Recluido por las noches en su laboratorio, debajo del templo, estudió con detenimiento hongos, virus y bacterias, analizando en detalle las toxinas que degeneraban el tejido muscular, el sistema límbico-nervioso, y el sistema linfático, a nivel celular. Maceró y realizó diluciones obteniendo tres pócimas concentradas de estos componentes, y las mezcló con cera caliente, ceniza y agua bendita.

Cuando uno de sus fieles le confesaba un pecado, Thomas discernía sobre el origen de éste y aplicaba el tónico pertinente. Si se trataba de algún crimen (hurto, violencia, o cualquiera relacionado con infringir daño físico), dejaba caer en sus manos cera caliente del velón mezclada con secreciones que iban a las articulaciones y los músculos, y les secaban, cual si una culebra o medusa les hubiere extraído la vitalidad; si confesaban una infidelidad o amorío no permitido, rozaba sus labios con agua bendita cargada de toxinas dirigidas a inhibir el instinto sexual y las emociones; y si se trataba de algún pecado que tuviere que ver con sus principios sociopolíticos, moralidad, honradez o símiles, les hacía una cruz en la frente con ceniza, para que poco a poco enfermaran y experimentaran lo que las personas más débiles que ellos habían experimentado a causa de su conducta deshonrosa.

De esta manera Thomas logró expiar los impíos instintos de su pueblo, y le ahorró el trabajo a dios, de juzgarlos.

EL EXPERIMENTO

La habitación se encontraba sellada. Carecía de ventanas, y su única puerta –metálica, de 30cm de grueso acero-, había sido fabricada con un molde único para garantizar que nadie distinto al personal autorizado pudiere interferir. Únicamente un respiradero ubicado en el extremo izquierdo, sobre la entrada, intercomunicaba el mundo exterior con las dos personas contenidas en aquella estancia.

Se trataba de Lorenzo y Santiago, dos investigadores de las ciencias naturales, quienes meses atrás habían decidido llevar a cabo un experimento. Lorenzo era un apasionado del comportamiento humano y el sometimiento de la mente al estrés. Santiago se medía por la microbiología y sus efectos en nuestro metabolismo. Así que decidieron confinarse en aquel lugar durante 3 semanas, y alimentarse únicamente de sus fluidos corporales, de un gran trozo de carne de res, y algunas frutas variadas. Eran conscientes que no podrían exponer su cuerpo a materia descompuesta sin la preparación adecuada, por lo que en el día uno estos alimentos se encontraban en perfecto estado. Las porciones debían ser iguales para ambos con la finalidad de comparar resultados tras la misma exposición en cantidad y tiempo.

Solo dos personas más sabían de este experimento: sus asistentes. Uno era periodista, y estaba encargado de documentarlo todo desde el master mediante cámaras instaladas en el cuarto. El otro asistente era un médico y psicólogo que trabajaba para Lorenzo recogiendo información sobre tendencias de comportamiento en grupos poblacionales; éste tendría por objeto supervisar el estado de salud de los investigadores, entrando a la habitación cada 7 días. Ni un día más ni un día menos. Y era él quien llevaba la única copia de la llave.

Los primeros tres días no hubo novedad aparte de la conmoción y el pánico surgido en Santiago, quien revelaba cierta tendencia a la claustrofobia y la esquizofrenia. Jugaban ajedrez y póker mayormente, se ponían desafíos mentales y penitencias como remover las heces del retrete y depositarlas en la caneca que habían destinado para tales. El hedor en la habitación había comenzado por generarles dolor de cabeza y nauseas, y Lorenzo había perdido el apetito en el 4to día; aun así comió sus porciones, consciente de la situación.

Durante el 6to día ambos presentaron infección estomacal, y Santiago, que parecía controlar menos sus emociones, había sucumbido a la tensión, y yacía arrodillado sobre el retrete, regurgitando lo que sabía que al día siguiente debería ingerir para evitar deshidratarse más. Lorenzo por su pate tenía mayor control mental y dominación de la materia; sin embargo, había presentado diarrea. Ambos empezaban a padecer fiebre.

Al séptimo día el asistente entró en la habitación y les examinó. Diríase que Santiago se encontraba en peor estado, pero al parecer se debía a sus hábitos alimenticios, pues consumía poca carne regularmente. Y aunque tenía un mejor estado físico que Lorenzo, estaba perdiendo masa muscular más deprisa. Les sugirió que repartieran las porciones de comida de manera invertida, ya que el resultado de Santiago podría considerarse sesgado, obteniendo resultados con variables que no debían tener tanta relevancia, como la carne. Así lo hicieron.

En los días 8-12 ambos habían perdido grasas y masa muscular. No obstante, ambos se habían adaptado al hedor en la habitación tanto como al sabor agrio de los alimentos. El consumo de la orina no les inquietaba. El episodio de la ingesta de vómito por parte de Santiago se quería irrepetible. Pese a ello, la carne ya escaseaba –era uno de los fines del experimento-, y sabían que en el día 1 de la tercera semana, deberían empezar a consumir sus propias heces fecales.

Al término del día 13 Lorenzo mostraba síntomas de envenenamiento, salpullido y disminución en el oxígeno de su sangre, y luego tuvo un ataque de epilepsia por un par de segundos antes de caer desmayado. Ya no había espacio para los juegos. De hecho ya no había espacio para ellos. La habitación que habían preparado tenía poco menos de 12 metros cuadrados, y ambos sentían cómo el otro les robaba el oxígeno. Santiago acrecentaba aún más su claustrofobia, pero Lorenzo en secreto había desarrollado y agudizado una esquizofrenia más peligrosa y temeraria. Debido a su conocimiento en psicología era capaz de detectarla, e incluso tratarla en Santiago, pero no se había percatado que estaba siendo consumido por la suya propia. Ambos fueron despertando recelo por el otro. Santiago lo manifestaba y Lorenzo se lo hacía notar, y lo controlaba, pero él mismo ya fraguaba un plan para hacerse con el frasco de orina de su compañero, y con algunas de sus frutas. Quedaban realmente pocas, unas manzanas, mangos y uvas.

Al término del día 14 el asistente entró en la habitación. Cubierto por un traje de seguridad, se acercó a los investigadores, que lucían aparentemente desmayados en sus poltronas. Cuando se acercó a Lorenzo, éste le tomó por sorpresa del cuello y le enterró el lapicero de notas en la yugular. Santiago se levantó de un sobresalto y comenzó a discutir con el asesino. Lorenzo abandonó el cuerpo del médico y cerró de nuevo la habitación, dejando la llave afuera. Luego se acercó a las cámaras de vídeo y las desconectó -debido a la hora de los sucesos el otro asistente no se encontraba en la habitación-. Se sentó en el colchón y bebió un poco de sangre del cuerpo tendido, y dijo: “Falta poco para culminar el experimento. Esto es carne al igual que lo que está tirado. Tú tienes tus frutas. Si quieres puedes hacer lo mismo con tu asistente”. Luego se acostó a dormir.

Al día siguiente, día 15. El asistente se percató de la falla y buscó al guardián de las llaves para ir a repararlas, encontrándolas efectivamente tiradas en el suelo. Cuando abrió la habitación Santiago se abalanzó sobre él con desenfreno, pero perdió el equilibrio y no pudo asestarle un golpe de gracia. Así que el asistente salió rápidamente del sitio. Santiago le gritó que le disculpara, que había sido un error. Que pensó que alguien habría pretendido entrar y arruinar el experimento, y que su psicosis le llevo a tal acto. Pero que no debía desconfiar. Le dijo que el médico ya había pasado a chequearles y había salido del pueblo a comprar algunos medicamentos para tratarles la infección cuando terminasen. Jacob, el periodista, se debatía entre ir con la policía o culminar lo pactado, sabiendo que además de sus honorarios estaba el riesgo de comprometer un experimento que lo llevaría a la fama. Al parecer la mente capciosa de su jefe le había convencido de seguir adelante. Además, esperaría un par de días más a su compañero, quien además siempre había sido difícil de localizar.

Pasaron los días 16 y 17, y Santiago se encontraba en un estado de psicosis evidente. Mientras Lorenzo se sentaba a mirarle fijamente todo el día y noche, como vigilándole. Le hacía creer que se preocupaba por él y le cuidaba. Comía trozos de carne del cadáver mientras su colega debía, ahora que se habían acabado las frutas, alimentarse de las heces fecales de la caneca. Además, aparentaba que bebía la sangre del cuerpo inerte cuando en realidad robaba orina del timbo que mutuamente llenaban cada vez que hacían micción. El sabor a carne descompuesta, empero, había empezado por agradarle; incluso en estado de descomposición. Casi lucía excitado cada que masticaba los trozos de brazos, piernas o abdomen del exasistente.

Bordeando la tarde del día 18 el periodista, quien había hecho averiguaciones sobre el médico, y estaba casi seguro que estaba descomponiéndose en aquella sala, se acercó y les habló. Les pidió abortar y entregarse. En caso de estar en lo cierto, sería igualmente un héroe. Y en caso de estar equivocado, cumpliría con su corazonada y su sentido moral. No recibió respuesta alguna. Estuvo intentando entablar conversación con ellos por más de una hora, pero no escuchaba ruido alguno.

Ya caída la noche, y con su sentido del periodismo prevaleciendo más allá de su prudencia abrió la puerta de la habitación, y la empujó. Estaba a oscuras. No se veía ni se oía nada más que el sonido de las moscas. La tensión era pavorosa. Decidió entrar lentamente. Probó encender las luces, pero no funcionaban. Solo lograba entrever una figura gracias al albor de las lámparas del pasillo, pero parecía inmóvil, arrodillada. Llegó a dos pasos del sujeto y le reconoció: era Lorenzo, quien estaba sujetando un trozo de carne -al parecer una pierna- en el suelo, y le lamía. ¡Estaba pasando su lengua por entre tendones y cartílagos de su propio asistente! Sintió cómo se le iban las fuerzas, soltó las llaves, y corrió hacia la salida. Pero allí le aguardaba Santiago, quien con una leve sonrisa se le quedó mirando a los ojos, y le dijo: “Llegaste tarde. Casi pierdo la apuesta”, y cerró la puerta.

Al día 21 ambos investigadores abandonaron la estancia, se dirigieron a sus laboratorios, y escribieron informes detallados acerca de su experiencia. Santiago se suicidó al 2do día. Lorenzo lo encontró tirado en el suelo cuando fue a entregarle su informe. Tomó el cuerpo y lo llevó a su apartamento, se enclaustró con llave, y la tiró por la ventana.

John A. F. Muruaga

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