Espacio del Director Volumen 2

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Mi Amante

Está en silencio.
Bebe café mientras se transporta a sus adentros.
Yo le observo sin molestarle,
Contemplando la gracia apreciable en sus mejillas,
Contando los vasos sanguíneos que se agolpan,
Ruborizados,
Luego de agolparnos contra las paredes.

Me mira y sonríe.
Su mirada me aleja y me contrae,
Pareciera que su entrepierna aún combate con la mía.
En su cabeza ha terminado una batalla,
Pero se avecina la guerra santa,
Los demonios vuelven a reclamarle
Y ella sonríe mientras bebe.

Es mi amante,
Y siendo consciente aferra mi mano
Apenas suelta el cigarrillo;
Ostenta sus demonios,
Me lleva de nuevo a su cama para repudiarme.
Su cuerpo se mece entre las olas,
Ella marca el ritmo,
Yo me estrello contra sus rocas.

Está atrapada.
Ansía terminar y volver a tomarse un café
En compañía de la soledad que nunca le abandona.

Amor hasta los huesos
Reto Literario construido con: Parca, Roca, Inefable.

Y allí estaba él, con su barba inefable risándole el mentón, escalándole los labios que –y diérome vergüenza admitirlo- rayaban en la mayor de las gracias cuando buscaban seducir alguna mujer. Yo me limitaba a observar. Era un espectador del universo, su único espectador y su mayor fanático. Estaba obsesionado con verle a través del espejo, de la magia, del lenguaje antiguo, y del océano místico. Él a un lado del planeta viendo féminas desmerecerle y yo contemplándole mientras se desperdiciaba.

Le veía casi siempre mientras estaba despierto, y casi siempre cuando buscaba alguna boca. Tiempo atrás creí que seducía cuerpos esperando llenarles con el suyo. Tiempo siguiente creí que seducía mentes esperando llenarles la cabeza con sus ideas, poseerles la razón y la voluntad. Y finalmente pensé que iba detrás de almas para alimentarse de su belleza y su calidez, rejuvenecer y seguir seduciéndome sin darse cuenta que yo le seguía con la mirada. Pero al parecer su fijación provenía de tener los labios con el marco de un animal extinto; parece que busca incesantemente una morfología que le encaje para nunca más desprenderse. Lo he notado por la manera en que agita sus ventosidades y sus carnes por las pieles. Las recorre todas sin mellar centímetro alguno, y siempre empieza y culmina su viaje en una dentada.

Llevo ya casi 4 años observándole, detallando sus ademanes, su comportamiento, su rugir, su constante cambio de presas. Intentando entenderle, ver su futuro, saber si estará en mis brazos, pero su inconstancia solo prolifera el caos, y se abren mares con coralinas costas de probabilidades que rompen mis visiones. No es un animal de costumbres. Siempre cena un plato distinto. Decidí que iré a verle. Lo dejaré todo por él. Merezco ser carne y ser presa nuevamente.

Aquel hombre barbado, de labios irrepetibles, tras unos meses sintiéndose desvalido se realizó exámenes médicos, y enteró que había contraído VIH; así que tomó un cuchillo y atravesó su corazón, justo en el momento en que entraba la muerte, vestida galantemente, dispuesta a reclamarle para la eternidad. Pero el suicidio no permite aprovechar el alma, así que la parca le convirtió en roca, se puso su traje de luto y dejó la habitación para ser de nuevo inhumana.

El sueño de Erik

Reto Literario construido con: Globo, Cabello, Dientes.

Erik era un fanático del espacio, de todo lo que le rodeara de manera volátil, de los gases y del aire, incluyendo los tóxicos y corrosivos -a quienes estudiaba con detenimiento en lecturas sobre Ambiente y Contaminación, sobre Química y FísicoQuímica, sobre Balance de Materia y Energía-, de las aves, las mariposas, las nubes, las estrellas, las cometas… todo era para él fascinante siempre y cuando levitara sobre su cabeza.

Erik siempre había querido volar, era su sueño particular, No como el sueño de otros niños o de otros jóvenes, e incluso de otros adultos como yo, quien les narra. El sueño de Erik era tan profundo que el universo mismo se había percatado de ello y había tramado una conspiración.

Un día en agosto, de esos meses en que el viento es más rebelde porque acaba de fornicar con cientos de flores, abejas, avispas, colibríes, escarabajos y demás insectos, en una orgía desmedida de polen –el polen es la droga más potente del reino animal; toda la vida en el planeta depende de éste, y toda vida sabia pierde su cabeza por aquel-, hacía una brisa presuntuosa, de esas que levantan sus faldones y muestran sus enaguas para que todos vean sus partes depiladas, Erik se encontraba en el parque, volando su cometa. De repente viró su atención hacia un pequeño globo negro que flotaba en su dirección, y que parecía verle. ¡Sí, verle! El globo se le quedaba viéndole y le sujetaba la cabeza para que no viera nada más que a la espesura de su negro látex. Entonces Erik por supuesto, soltó su cometa y caminó con entelequia hacia la bomba; ésta se detuvo en frente de él, luego dio una vuelta y comenzó a alejarse en diagonal, cada vez más hacia el Este y cada vez más hacia arriba. Y extrañamente el joven le seguía, cada más hacia el Este y cada vez más hacia arriba.

Luego de un par de horas Erik se había alejado de todo lo que conocía, y de repente se encontró inmerso entre las nubes. Se quedó pasmado por un momento, y luego saltó y palmoteó (saltar es un decir puesto que estaba flotando). Comenzó a dar giros hacia todas las direcciones y a recorrer el cielo con gran velocidad; y el globo le seguía, siempre a su lado. Pasadas unas cuantas horas Erik se detuvo, y se cuestionó si realmente estaba viviendo esto o se trataba de un sueño, así que decidió pellizcarse y pellizcar el globo para comprobarlo.

En el momento en que pinchó el globo éste reventó, pero No como lo hacen los demás globos, puesto que este globo era efectivamente un sueño, el sueño de Erik, ese gran y particular sueño al que el universo había decidido dar la oportunidad de realizar; el globo implosionó, y todo el aire a su alrededor, y las nubes que le circundaban, fueron engullidos por el centro del globo, por lo que parecía ser un agujero negro. Luego todo comenzó a concentrarse rápidamente dentro del globo, como si se tratara del Big Crunch. Toda la realidad, la realidad de Erik al menos, estaba siendo consumida por su sueño. Y los mares, los lagos, los ríos, los bosques, las montañas, los animales, las flores, los insectos, el polen, todo era absorbido en cuestión de segundos. Erik intentaba huir anteponiendo otros objetos, escalando grandes monumentos del hombre que se precipitaban ferozmente contra aquella estructura disipativa. Se aferró con su quijada a una estatua que había quedado estancada entre dos montañas que se espolvoreaban por el espacio, y se desgañitó los dientes; se aferró con su cabello a cientos de abejas que volaban huyendo del centro hiperdenso, pero éste se resquebrajó como lo hace una hoja de papel, mientras los insectos escapaban por entre las ramas de los árboles que acaecían. Finalmente, luego de unos minutos de la batalla más intensa, Erik fue engullido por el agujero…

Si tienes un gran sueño y decides luchar por él y convertirlo en tu realidad, jamás intentes despertar.

La pequeña Estefanía

Reto Literario construido con: Mucosidad, Resplandor, Soberbia.

Se encontraba en compañía de su familia, en época navideña, cerca de la Noche Buena, la pequeña Estefanía, de 6 años quien, con un resplandor objetivamente determinista en su mirada, ya tenía definido lo que haría el resto de sus 70 años: Viajar y recorrer todos los mundos posibles. Y para ello había erguido un plan.

Mientras fuere niña viajaría de la mano de sus padres y sus cuatro hermanos, recorriendo plazas, avenidas, edilicios; surcando el cielo en ruedas de la fortuna y barcos pirata de las ciudades de hierro; galopando sobre ponys y carruseles de feria; navegando en las albercas de las casas de sus abuelos. Así contemplaría el mundo como ningún otro niño.

Mientras fuere adolescente viajaría por los pueblos y poblados de su país; iría al galope sobre jippaos, caballos de monta, buses, chivas, tractomulas, bicitaxis, y a pie, como mochilera, dejando enredar su cabello y sus emociones, permitiendo que los aires fríos, templados y cálidos de todos los parajes le raspasen la cara, y le marcaran sus mejillas y sus ojos azules. Tomaría a su novi@, quien fuere, quien el universo le otorgare y le arrastraría hacia la hipersensibilidad del romance, el amor de las pieles y los órganos cuando se comparten arterias y cicatrices. Así reconocería el mundo como ningún otro adolescente.

Mientras fuere joven, viajaría en barcos, barcazas, balsas y veleros, surcando los océanos y las playas, para sumergirse en sus costas y enterrarse a contemplar corales; montaría delfines y ballenas orca, y trasvasaría sus emociones luego sobre el aire, saltando desde el lomo de los peces espada hasta la caja de decenas de globos que levarían su experiencia hasta el pico de las aves; volaría pico a pico con el cóndor sobre los Andes, serpentearía los valles y riscos con deltas y trajes pájaro, aterrizando sobre los infiernos ardientes y congelados del mundo, desde Manizales hasta Irlanda, desde Annapurna hasta el Everest, frotando su aliento entre las montañas de Kjerag, los acantilados de Dover, y el gran cañón del colorado. Así recorrería el mundo como ningún otro joven.

Mientras fuere un adulto iría a las Islas Maldivas, Cocoa, La Dique, Kauai y Huahine, a disolverse en sus aguas cristalinas, como quien se deshace en las mieles de su enamorad@, y tocaría el cielo mientras toca su propio reflejo; se hospedaría en el Four Season George V. para conversar con los dioses del olimpo que habitan sus jardines; en el Hotel de Glace para extinguir sus emociones en el cero absoluto y calentarlas con almas de otros viajeros como ella; y en el Palms Casino Resort para ir a jugarse la suerte que por fortuna jamás requeriría; invertiría toda su fortuna en lápices y colores, e iría retratándolo todo en palabras, ilustraciones y compases Mientras fuere adulto mayor invertiría sus últimas riquezas en libros y estandartes, y se sentaría a leer sobre el universo aún desconocido para ella; se transportaría por entre todos los seres orgánicos del planeta, y por sus retinas el firmamento daría una lectura de 360° al instante, para capturar una fotografía inmortalizada de todo lo físico. Viviría entonces el pasado de quienes ya habían vivido, contemplaría el presente de cuanto podía toda vida percibir, y descifraría lo que el futuro le aguardaba en esta vida. Así conocería el mundo y el universo como ningún otro adulto mayor.

Mientras fuere sabia meditaría, se sentaría sobre los riscos y los deprimidos más escarbados y solitarios, y desde allí conectaría su mente con el todo; ningún patrón de onda escaparía a su sonido; ninguna partícula danzaría en el caos sin que ella le tomara de la mano al menos una pieza; y todos los anagramas y los planos espaciotemporales, y los agujeros negros, blancos y de gusano, los cuantos y las cuerdas, las ideas y el pensamiento primario, le revelarían la verdad de su existencia, y del porqué de su condición. Así contemplaría y entendería la materia, la energía, la información y su propia vida, como ningún otro sabio.

La pequeña Estefanía, quien a sus 6 años de edad padecía de leucemia, rezongaba en la habitación del hospital público de su ciudad; a moco tendido y entre mucosidades le aseguraba a sus padres y sus cuatro hermanos, al médico y las enfermeras de turno, que ella no necesitaba inyección o cura alguna, y con su mirada brillante y abarrotada de soberbia dijo una última frase: “Ya viví lo que debía vivir, ya entendí por qué viví y por qué me voy a explorar otros universos. Fue el mejor regalo que pude desear. Nos vemos en la eternidad”.

Elías y la albóndiga

Reto Literario construido con: Tabique, Pegante, Albóndigas.

Elías era un pequeño de 6 años, apasionado con la figura de su padre más que con la vida. Le admiraba. Juraba a su madre que sería igual a él, un hombre alto, fornido, de tez un tanto morena, barbado, de tabique pronunciado, mirada penetrante y barbilla hendida; Italiano.

Elías imitaba la acentuación lingüística de su padre, y se paraba tan erguido como éste; movía sus manos, piernas y nalgas, exactamente igual, cuando caminaba, trotaba, discutía alguna historia con su mujer, o simplemente rezongaba con sus compañeros de trabajo, los bomberos del pueblo.

Elías tomaba piezas de papel, los mojaba en pegante y los ponía en su mentón y mejillas para simular los de su ídolo. Tomaba el maquillaje de su madre y se oscurecía las cejas y los ojos, luciendo la mirada de un adulto de 40 años. Corría imitando el sonido de la ambulancia; luego trepaba y bajaba árboles y postes de luz como si se tratara de una cucaña. Vestía hasta tres prendas para ganar masa muscular, clavaba tacos de madera en sus zapatos para alzarse, y engrosaba su voz hasta la de un niño de 11 años, pareciendo tan masculino como él. Lo único que no había logrado simular era la nariz, pero eso no le detendría de ser tan espléndido como su superhéroe favorito.

Hoy, sobre el medio día, su madre le llamó la atención, puesto que ya no sabía si Elías actuaba de manera normal o padecía de algún complejo. Mientras almorzaban, el infante, quien había estado contando las hazañas cometidas horas atrás, guardó silencio durante un minuto, se levantó de la mesa y fue corriendo a su habitación. Luego volvió y tomó asiento. Justo cuando su madre iba a emitir una interrogante Elías sacó un frasco de pegante, agarró una de las albóndigas, la succionó con su boca, y la pegó sobre su tabique. Luego de eso dijo: “Ya está! Ahora yo también soy un superhéroe, como te descuides salvaré más gente que tú”.

Sus padres se quedaron mirándole. Su padre rio a carcajadas mientras su madre le abrazó conmovida en llanto. Terminaron su cena y salieron a dar un paseo por el parque.

John A. F. Muruaga

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