El compromiso ético e histórico de la humanidad frente a los problemas medioambientales

El hombre tiene una serie de necesidades que satisface en su relación con la naturaleza a través del trabajo. El ser humano es en sí mismo naturaleza: siente hambre, sed, tiene libido sexual y está sujeto a un inmenso número de procesos orgánicos. No obstante, la humanidad no se ve a sí misma inmersa en una unidad indiferenciada con el ser natural, y coloca entre el mundo externo y su subjetividad a todo el entramado de prácticas sociales que le permiten acoplar al ser natural de acuerdo con las necesidades históricas, tanto individuales como comunitarias. A diferencia de otros animales, el hombre no está supeditado a su entorno inmediato, pues goza de las herramientas y el lenguaje para transformar el paisaje siguiendo sus deseos y voluntad.  En suma, se podría afirmar que mediante la organización de procesos técnicos y gracias a la racionalización teorética, la humanidad direcciona las leyes inexorables del cosmos a sus propios fines, es decir, a fines netamente humanos. La homeostasis primigenia del ser natural, o sea, aquello que la vuelve proclive de gozar de un proceso de autorregulación, se resquebraja gracias a la acción coherente y socialmente mediada de la humanidad. 

La vinculación con la naturaleza se da de una forma dialéctica. El hombre, por un lado, hace uso de los medios de producción para extraer los recursos de manera idónea, y, por otra parte, el ser natural les brinda a los homínidos racionales un habitáculo del cual se pueden servir. En este proceso, el ordenamiento de la praxis social decanta en la formación de relaciones de producción y, por ende, de distribución, circulación y socialización tanto de las riquezas como del trabajo. Es pues, que la naturaleza es en sí misma un espacio político porque en ella se hilvana la reproducción socioeconómica del modelo productivo vigente, y la estructura socio-semiótica se esgrime como la única clave para entender su funcionamiento. 

Un ecologismo serio debe de minar las lógicas capitalistas que únicamente conciben al mundo natural como un monolito incólume propenso de ser explotado y transformado en mercancías cuya función estriba, mediante la fetichización y mistificación, en reproducir ad infinitum el régimen de explotación basado en la extracción de la plusvalía y el trabajo asalariado. El capital, como riqueza que se produce a sí misma gracias al hurto del trabajo ajeno, tiende a destruir sus dos fuentes de riqueza: la naturaleza y la humanidad. La ley generación de la acumulación en el modo de producción vigente, tiende a sobreexplotar tanto el trabajo como los recursos existentes. Es por ello, que un ecologismo consciente debe estar timoneado por la aniquilación de propuestas éticas y económicas que no sean capaces de superar aquel paradigma que les obliga a percibir al mundo natural como una gran zona de explotación.

Por: Juan Murillo

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