CRONOS Y KAIROS: Impaciencia y Sincronía.

Germán Camargo

La tasa de suicidios aumenta los domingos en la tarde. La tasa de muertes por infarto cardíaco se eleva el lunes temprano en  la mañana. 

Enero del 2022 es como un inmenso lunes. La primera mañana de  trabajo al final de una pandemia que no termina. 

Estamos tan preocupados por lo que no hemos hecho, por lo que  pueda pasar, por no saber si seremos capaces. Que morimos del  susto y sin saber qué hubiera pasado. 

El reloj entronizado sobre el nochero o esposado a nuestra muñeca.  Los avisos automáticos apuñalándonos la cara desde la pantalla del  ordenador. El tiempo susurra los amables recordatorios que nuestro  pasado nos dejó en una esquina de la pantalla para cobrar su muerte  

al sobreviviente. La culpa convierte los ecos en amonestación: no lo  has hecho; se acaba el tiempo; no fuiste capaz. Es tarde. Corre. 

El domingo por la tarde, el tiempo se convierte en un fragor  amenazante que viene rugiendo in crescendo desde el océano  nocturno del pasado y se estrella finalmente en un estruendo de olas  gigantes contra los acantilados al amanecer del lunes. 

Y ya no tenemos tiempo. Sólo la espuma de los minutos que se  escurre entre las rocas oscuras de la miseria existencial y las hilachas  de los dead-lines colgando como algas aquí y allá. 

Y se lo podemos agradecer al triunfo del racionalismo mecanicista  que, entre los siglos XVI y XVII, impuso una visión objetiva de la  naturaleza en las ciencias occidentales. Y a la autoexclusión del  orden civilizado respecto al caos primitivo natural: la Gran División  creada en la ilustración. Era una idea, pero el verbo se hizo a nuestra 

carne. La que le arrojamos al tiempo vacío como a un dios  monstruoso y siempre ávido de sacrificios. 

Lo moderno nace de la ruptura entre lo racional y lo natural. De la  creencia axiomática en una distancia y una diferencia insalvables  entre el observador racional (con conciencia, intención y método) y la  naturaleza objetiva (desprovista de motivos y conciencia). Y una de  las primeras cosas que se hicieron pedazos fue nuestra relación con  el tiempo. 

El vínculo directo con la naturaleza, en el cual el observador se siente  parte de ella, la siente parte de sí. La observación que crea identidad  y no distancia entre observador y observado. La experiencia sensible  

en donde objeto, sujeto y sensación son un solo fenómeno. El  conocimiento en el que las formas de la psique y las del mundo  resuenan entre sí permitiendo acceder a un conocimiento profundo y  simultáneo de ambos. Los métodos del conocimiento basados en el  delirio, el éxtasis y el rapto. La conjunción de las armonías apolíneas  con el frenesí dionisíaco. Lo que solo es visible en la penumbra. Lo  que sólo puede oírse en el silencio. Lo perdimos de vista. 

Todo eso se desechó como otras tantas supersticiones o se dejó  relegado al dominio de lo infantil, lo primitivo, lo femenino, como la  poesía y la religión. 

Y los relojes y calendarios se multiplicaron por el mundo, a medida  que la magia se desterraba y el mito y la imaginación se marchitaban.  

El tiempo dejó de ser cómplice de los amantes. Materia dúctil entre  los dedos de los artesanos. Bombeo de la savia que estira los huesos  de los niños y de los árboles.  

El tiempo dejó de ser días y noches que se alargan o se acortan con  las estaciones, con la espera, con el anhelo o con el ocio. Momentos  infinitos que se hinchan de eventos y chorrean experiencia y se  cargan de frutos incontables. Tedios varados en la playa de la  complacencia del pulso de las arterias. Del dolce far niente, porque 

no hace falta más que estar vivo para sentirse vivo. Sigan todos! No  cuesta nada! “Solo la cordura y la vida”. 

No. Nada. De ninguna manera. El tiempo se convirtió en nada. En un  silencio recortado con precisión por los minúsculos dientes de  bronce y acero de los relojes. Parcelado en las retículas de los  calendarios. Empacado, sellado y cauterizado por microvoltajes en  los chips. 

Un silencio en trozos. Un vacío destrozado. Una vida vacía. Sin ritmo  propio. Sin una canción que salga del corazón marcando el compás  de las emociones, las secreciones y los besos. 

Bajo el fanatismo del nuevo dogma racional, cada segmento vacío  del tiempo solo puede ser llenado con una cosa: producción.  Producción y eficiencia: sí. Producción y creatividad: no. Puntualidad:  sí. Compasión: no. Imaginación: no. Casualidad: jamás.  Improvisación: de ninguna manera. Existe una forma. Existe un  procedimiento. Un solo plan. Un solo dios. 

A pesar de todo, la hegemonía de Cronos no es perfecta. Aunque lo  persiga y lo pretenda. Sobreviven lo infantil y lo primitivo. Lo  improductivo y lo incierto. El tiempo cómplice y oportuno, Kairós,  marcado por las fluctuaciones de los elementos y del ánimo,  sobrevive. Sorprendentemente indestructible. 

La ecología profunda, una de tantas corrientes científicas que  mantienen la herencia del vitalismo, nos invita a concertar nuestros  ritmos con los de la naturaleza. A observar la naturaleza fundiendo  nuestras profundidades con las suyas. 

La naturaleza es ciclos. Nada crece linealmente. Ni tiene por qué  hacerlo. Todo crece y mengua. Todo termina. Todo vuelve a ser. Las  preguntas y las respuestas se repiten. Los deseos y los gemidos se  repiten. La espiral se cierra en voluptuosidades interminables. 

La naturaleza fluctúa. Las mareas y las inundaciones convierten en  mundos acuáticos tridimensionales todo lo que ayer se arrastraba 

por la tierra plana, aplastado por el aire, el sol y la gravedad. Y vuelve  a secarse. Y vuelve a remojarse. Nada y repta como si nada. 

Un gallinazo se para en una rama. Extiende un ala. Luego extiende la  otra. Mueve cada pluma para que el sol le espante la plaga. Luego  los gallinazos se elevan con las corrientes de aire caliente y se  quedan girando en el cenit, marcando las revoluciones celestes  mientras no están las estrellas. Constelaciones carroñeras,  necrófagas; panzas voladoras de un destino ineluctable. 

La naturaleza no es recta ni milimétrica. Es imprecisa. Impredecible.  Fractal: siempre distinta y siempre idéntica a sí misma. Como tú.  Como yo. Se repite con el mismo patrón pero en mil formas y a mil  escalas distintas, creando la ilusión de una diversidad infinita. Como  tú. Como yo. Se repite. Se repite. Como tú. Como yo. Naces. Muero.  Naces. Nos encontramos. Nos multiplicamos. Nos repetimos. Como  un fractal. 

Y el tiempo de la vida-muerte-vida es así: fractal; un alternarse de  cambios graduales y episodios violentos. De momentos que se  dilatan al infinito y días agolpados en tropel. A cada tedio predecible  sobreviene, siempre, y siempre imprevista, una turbulencia  espantosa. 

Como el río, vamos acumulando sedimentos, rutinas, recuerdos. Los  cambios imperceptibles colman de arena lo que fue laguna; de  lagunas lo que fue memoria; en silencio el agua abre brazos nuevos,  deja abandonados cauces viejos; nos abandonamos en otros brazos.  Len-ta-men-teee…Y explota un día. ¡Violento! Caudaloso! Sí,  destructivo y aniquilador! Desborda su cauce, destroza las orillas,  cambiando el paisaje en una noche. Pasan cosas, vienen crisis; otras  palabras, otros seres, otras obsesiones; las cosas cambian. Siempre  cambian. A veces tan lento que no las vemos cambiar. A veces tan  de repente que no lo vemos venir.  

¿Acaso es realista pensar que podemos vivir de un modo acorde con  nuestro tiempo interior y el tiempo de la vida, de la naturaleza?  Enfermarnos sin sentirnos culpables. Retirarnos a nuestra soledad 

cuando sintamos la necesidad. Buscar a nuestros amigos cuando su  recuerdo viene a convidarnos al reencuentro. Parar. Producir. Crear.  Madurar las ideas y cosecharlas cuando están en sazón. Parir y  amamantar. Hacer los lutos. Honrar la memoria y el dolor. Reír hasta  mearnos. Kairós: el tiempo de la maduración, de la espera, el  crecimiento y la intuición del momento oportuno. 

La psicología analítica de Jung, primero, y la física cuántica, después,  advirtieron lo brumoso de la frontera entre la mente y la realidad. Lo  que llamamos imaginación o ensueño, Jung lo llamó “la psique  objetiva”. Nuestro mundo interior resuena con la experiencia sensible  del mundo creando coincidencias portentosas: la sincronicidad. De  repente pensamos en alguien y justo en ese momento nos llama. La  muerte se dibuja en los posos del chocolate y los recovecos del  destino hacen eco en las estrellas y las barajas. Un universo en  complicidad y sincronía nos recuerda que no podemos separarnos  de la vida ni del misterio.  

Sincronicidad es la abnegada obstinación del universo en amarrarlo  todo al mismo flujo de tiempo que divaga en meandros, gira en  catenarias, se bifurca y vuelve a confluir dibujando anastomosis. Los  afluentes mezclando las visiones del sueño, la muerte y la vigilia. 

He decidido serle infiel al tiempo. A Cronos. A ese viejo amante  absorbente, demandante y tiránico, pegado siempre al reloj, con el  dedo sobre el almanaque, reclamándome todas mis promesas. Lo he  dejado plantado ¡Impuntual! me gritaba ¡Incumplido! me gritaba  ¡Irresponsable! Intentaba hacerme un escándalo. Avergonzarme  delante de todos. Pero yo ya no estaba. Y no estando yo, el tiempo  dejó de existir. 

El otro día empecé a verme con otro tiempo. Kairós. Hermoso,  tranquilo, pausado y elegante. Nos tomamos un café en un lugarcito  encantador por donde siempre había pasado de prisa, sin  detenerme. Llegó un poco tarde. Se nos fueron las horas sin darnos  cuenta. Fue tan fácil reconocernos el uno en el otro. Llegamos a  pequeños acuerdos. No pasa nada si al principio no se cumplen con  exactitud. Hay tiempo.

www.guayacanal.org

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