Carlos Salem Sola

Nacido en Buenos aires, Argentina, reside en España desde 1988. Poeta, novelista y periodista, ha publicado treinta y nueve libros en español desde que comenzó a publicar en 2007. Sus textos de ficción se han editado también en Francia (donde tiene un amplio reconocimiento), Suiza, Alemania,Italia, México y Argentina. 

Ha ganado, entre otros premios, el Memorial Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón a la primera novela negra en español, Novelpol, Paris Noir, Mandarache, Premio Internacional Seseña de Novela, Valencia Negra, y Violeta Negra, además de ser finalista en varias ocasiones del PremioDashiell Hammett, o de los Prix 813, SCNF en Francia. 

Como poeta y agitador cultural, fue fundador en 2006 del Bukowski club de Madrid, un bar literario de Malasaña, que inició el actual movimiento poéticoque inunda las redes sociales en España.

Creador y coordinador de las Jam sesion de Poesía. En la actualidad, hay en España una treintena de citas periódicas que siguen las características de las Jam creadas por él. 

Formó parte del Centro de Formación del Novelista en Madrid, y dictó cursos y talleres de narra- tiva y poesía en España, Ginebra, Francia, y Argentina. En la actualidad, coordina talleres presenciales online, grupales e individuales, así como tutorías y seguimiento de proyectos literarios con escritores de una docena de países. 

En cuanto a otros Talentos que considero que tenga, están por demostrar, siempre. Soy muy lento para aprender todo, pero cuando aprendo algo, lo aplico con tanta energía que la gente cree que soy más listo de lo que en realidad seré jamás.

A los diez años decidí ser novelista, pero tardé casi treinta más en ser capaz de escribir el tipo de novela que quería leer. Cuando la tuve, supe que publicar es una lotería y yo no suelo comprar, de modo que seguí escribiendo. 

Un día me publicaron un libro y desde entonces no he parado. No pararé, mientras tenga algo que contar. 

Con la poesía, mi relación era pareja; nos avergonzábamos mutuamente, pero siempre volvíamos a empezar el romance. Una noche nos pusimos de acuerdo y desde entonces no sé si escribo buenos poemas o mi poesía y yo hemos perdido la vergüenza. (No es una pregunta, así que ruego que nadie la responda). 

Estudié periodismo porque intuía que a escribir aprendes en las aulas y en la vida. He tenido mil oficios y el de periodista (me niego a ponerle la corbata de Profesión) fue durante años el más duradero. 

Desde hace casi trece años vivo, malvivo, y sobrevivo de la literatura y ella no se queja demasiado.

¿Qué es para ti la oscuridad? 

Es lo que tememos ser en cada momento. Es un espejo negro al que no te asomas por miedo a ver que no eres como siempre has creído, que te pareces a gente y actitudes que detestas, que tienes miedo y cierras los ojos y sigues viendo el miedo. 

No soy especialmente oscuro en mis escritos (al menos hasta hace poco, creo que se va colando por mis grietas al texto, pero poco a poco), sin embargo, respeto mucho a mis colegas que bucean en lo más oscuro del ser humano. No se puede tutelar al lector o tratarlo como si fuera intelectualmente menor de edad. La corrección política en literatura es prima hermana de la censura. Además, me consta que hay un sector de lectoras y lectores muy numeroso -entre los que no me cuento-, para quienes asomarse a la oscuridad más temible es un plus para comprar una novela.

¿A qué le temo? 

Al silencio. Y a la lucidez tardía, esa que no sirve para nada.

Diminutas sabanitas voladoras 

Habitaban los rincones del dormitorio y sólo eran visibles por el costado de sus gafas. Llegaban con la tercera cerveza o el segundo paquete de tabaco, y siempre de noche. Por lo general cuando Sotanovsky escribía o estaba solo. 

Y casi siempre escribía y estaba solo. 

Eran minúsculas y volátiles. Traviesas, al principio de mostraban y se escondían, pero sin usar toda su velocidad, suponía que para permitir que las viera. 

Poco a poco, comenzó a diferenciarlas. Cada una tenía su personalidad, aunque en apariencia todas eran iguales, blancas y flameantes. Parecían nadar en el aire antes de perderse por un costado de la cama, detrás del cabecero. 

Tardó en habituarse a su presencia fugaz, y cuando hablaba solo ya no lo hacía en voz alta. Alguna vez, al mencionar el nombre de Ella en plena borrachera, hubiera jurado que una diminuta sabanita voladora se sacudía de risa, mofándose de su dolor. 

Cuando no resistía la urgencia de llanto, se encerraba en el baño para que no lo vieran. Y dejó de insultar la ausencia de Ella, de recriminarle la monótona letanía de sus quejas. Sabía que las sabanitas estaban ahí, agazapadas y niñas. No quería apenarlas con su pena, o peor aún, ser objeto de su burla cuando dos se rozaban en el aire y Sotanovsky creía que se murmuraban compasivas frases cargadas de ironía. 

Una de ellas, la más audaz, se acercó una noche. No lo suficiente como para que pudiera tocarla, pero permaneció ahí, nadando en el aire. 

Sotanovsky le sonrió y le narró su torpe desesperación. Hubiera jurado que lo escuchaba. Lo supo por la manera de flotar, tensa en la atención, ondeando apenas la parte trasera y con el extremo delantero un poco inclinado en la actitud del que oye algo interesante. 

Comenzó a venir cada noche, ignorando las advertencias de las otras, que nadaban inquietas y la llamaban con sus puntas encrespadas. 

Una madrugada, Sotanovsky sintió su peso leve sobre el hombro, y aunque nunca había soportado que nadie -ni siquiera Ella- leyera detrás de él lo que escribía, su presencia lo animó. Siguió tecleando y bebiendo; de pronto las palabras tenían música otra vez, y cuando giró la cabeza, la sabanita voladora asintió aprobando su trabajo. 

A veces la vencía el sueño y se estiraba en su pierna. Sotanovsky le hacía cosquillas en el centro y se sacudía de risa. 

No le puso nombre porque tendría uno propio, y cambiarlo sería un acto de vanidad inútil. Un racimo de sabanitas voladoras escandalizadas vigilaba su amistad con aire de reproche. Pero la pequeña y él eran ajenos a todas as reglas que rigen y separan las vidas de los hombres y las diminutas sabanitas voladoras.

Se convirtió en censora, crítico y musa de su literatura: bastaba una arruga de disgusto ante una frase forzada, un extremo negando la validez de un párrafo, para que Sotanovsky modificara el texto y buscara un camino más acertado. Era parca en elogios y sólo cuando alcanzaba a rozar la perfección, se permitía nadar hasta su mano y darle una palmada de aliento. 

La pila de folios crecía, y cuando Sotanovsky se sentía agotado, se tumbaba en la alfombra y le hablaba de Ella. 

Le confesó la impotencia de sus palabras, capaces de crear mundos, dar vida y dar muerte, pero incapaces detraerla de regreso. La sabanita lloró alguna vez con él y lo consolaba danzando un vals de humo. Hacía el payaso o se arrugaba en olas enanas, lo que fuera para conseguir que encendiera el ordenador y siguiera pariendo mundos para que las palabras no se le pudrieran dentro. 

Sotanovsky volvió a beber, y ella se cuidó de invadir con pliegues afligidos la melancolía en la que él no conseguía mantenerse a flote. 

Estaba allí y era suficiente para que no se hundiera por completo. 

Una madrugada despertó sobresaltado. 

Se había quedado dormido sobre la mesa de trabajo, entre el acto de apagar el ordenador y la maniobra más compleja de arrastrarse hasta la cama. La sabanita dormía sobre la mesa. 

De pronto, Sotanovsky supo que tenía las palabras. 

Las había soñado y eran un tacto de algodones en su mente: si las tocaba, se romperían; si tardaba en atraparlas, se irían para siempre. 

No tenía tiempo para encender el ordenador. 

Con un rotulador negro y sin pensarlo, escribió el mensaje en la sabanita dormida, que despertó creyendo una caricia y comprendió de inmediato la gravedad de la misión que le encomendaba. Se sacudió para despertar por completo y Sotanovsky pudo leer, antes del olvidarlas por completo, esas palabras que traerían de regreso a la mujer que se había llevado sus ganas de vivir. 

La sabanita flotó hasta la ventana y la tocó impaciente. 

Él abrió y quiso darle las gracias pero no podía hablar. 

Ella Salió nadando por el aire sucio de la ciudad, en busca de un imposible. 

Esperó todo el día, con la ventana abierta de par en par, aterido de frío. Y pensó en los peligros que acechaban en la ciudad a una joven y diminuta sábana vola- dora: cables de alta tensión, pájaros hechos a la rapiña de los desechos, niños con piedras. 

Al anochecer supo que no volvería, pero permaneció junto a la ventana hasta que amaneció otra vez. 

Y siguió allí, en duelo silencioso hasta que el sol volvió a caer. 

Había perdido toda esperanza de recuperar a esa mujer y a su sabanita voladora, y no sabía qué pérdida le dolía más en esa hora sin sueños. Le había pedido de- masiado y ella, aún sabiendo que sería su fin, lo había intentado. 

Se sintió culpable, pero al fin y al cabo,se dijo, él era así. 

Un artista no pide permiso para beber la vida, la bebe y punto. 

Se desnudó para acostarse, al límite del agotamiento. Se metió en la cama y aflojó cada miembro a la caricia reparadora de las sábanas, que comenzaron a estrangularlo lenta pero inexorablemente. 

Sonó el teléfono, oyó su propia voz en el estúpido mensaje grabado, y luego, tan lejana, la voz de Ella, anunciando su amor y su regreso. 

Alcanzó a descolgar y quiso hacerle una pregunta. 

Pero era una pregunta extraña, y fue lo último que pensó, antes de morir con los ojos llenos de puntos de luz que flotaban en el aire como diminutas sabanitas voladoras.

Carlos Salem Sola

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