Carlos Nicolás Hernández

Soy Carlos Nicolás Hernández. Nací en 1953 en una ciudad del oriente de Colombia. Estudié en escuelas públicas del Estado Colombiano, y en el único colegio de bachillerato a la medida de mis libertades de pensamiento: Santander de Bucaramanga. Colegio laico en el que se formaron líderes políticos liberales de trascendencia nacional. Mi vocación por la literatura y la filosofía allí encontraron espacio fecundo. 

Intenté los estudios universitarios en la provincia, pero se convirtieron en una camisa de fuerza. Me trasladé a Bogotá y estudié Filosofía pura en la Universidad Nacional de Colombia. Desde la provincia venía con contactos nacionales e internacionales con escritores y me vinculé a las revistas culturales y a la Radiodifusora Nacional de Colombia, e inicié mi aventura por la industria editorial, cuando el consumo del libro en el país provenía desde España, México y Argentina. 

Fusioné la literatura con la edición de libros abriendo un espacio con identidad y argumentos para generar un concepto de nación desde el lenguaje editorial. Generé proyectos con instituciones del Estado como Colciencias, divulgando en obras la intelectualidad del mundo, entre otros la del sabio José Celestino Mutis y su gran Expedición Botánica en la América Hispana. Fui invitado especial a ferias del Libro en Frankfurt, Bolonia y Guadalajara. También estuve en la Subdirección de la Biblioteca Nacional y en programas de cultura de las regiones. 

En lo referente a mis obras publicadas, he trabajado en diversos libros regionales y personajes paradigmáticos de la cultura con personajes como Raúl Eduardo Mahecha (Un pensador de nación), fundador de la Unión Sindical Obrera USO del sector petrolero. Fui asesor varios años en la conformación de la Editorial Panamericana, a la que di un vuelco de 180 grados. 

En los últimos diez años he dedicado mi escritura a libros literarios ecoambientales sobre lo que considero los temas substanciales de nuestra biodiversidad. Bosques de Corales. Peces de colores, es mi acercamiento literario a los arrecifes coralinos y los bosques de manglar de nuestras costas, sin lo cual el mar sería un desierto azul. Entre nosotros los bosques de manglar (fusión de aguas dulces y aguas salada) son tiernamente conocidos como Salacunas del mar. 

En el mismo universo cósmico publiqué el libro Lluvia de aves, cantos a las aves viajeras, residentes y endémicas en la costa caribe colombiana. 

En paraleló publiqué los libros Los Pensamientos Desarmados, mi visión poética de cómo las guerras no son ni buenas ni malas, sino infames, inspirado en la guerra interna que se ha vivido en Colombia durante varias décadas. Otro libro fue Los pensamientos del agua, sumergido en la postura de que todos los seres vivos piensan, desarrollando como el hombre su inteligencia según el entorno vital y sus necesidades. 

Y finalmente el libro Santurbán, Vetas de Agua, una metáfora del paramo como sustancia primordial de la vida, agredido en nuestro caso por la pretendida explotación minera del oro a costa del sacrificio del agua de dos millones de habitantes del oriente del país. Colombia es un país privilegiado con el cincuenta y uno por ciento de los páramos del planeta tierra. 

Y ahí seguimos con el libro en proceso El Taller de los Animales, metáfora del trabajo, la memoria y la inteligencia de algunos entre tantos otros animales. Recordemos que la complejidad en su estructura de comunicaciones del pulpo es algo asombroso.

FRAILEJONES

Una hebra, un hilo y un cojín de agua, dibujan las lagunas y los humedales bajo las rocas de los cerros grises. Los telares de niebla laboran sin descanso los caminitos de agua redimiendo soledades. 

El cóndor de los Andes despliega sus alas enormes colmadas de silencios. Los espinos son heridos por afiladas navajas de viento. 

El agua se mira y se reconoce en los velados espejos de la niebla. Frailejón es su nombre, su apellido Ezpeleta, por aquello del Virrey español Juan Manuel, el mecenas del sabio Mutis en la tierra americana. 

El bosque de frailejones es atávico, íntimo, raizal. Su figura no es ceremonial, pero si guarda sagrados secretos de la vida. Crece con inusitada paciencia centímetro a centímetro por año solar, hasta coronar la cumbre de sus trescientos años de altura. 

Sus hojas nacen y mueren cada seis meses para que la muerte de las unas renueve la vida de las otras. 

Del frailejón en rosetas se despliegan sus aterciopeladas hojas y erguida, luminosa, única en belleza y esplendor, se levanta la flor, bajo el singular concierto de un enjambre de insectos. 

En la amarilla intimidad de la flor, sobre las hojas muertas y bajo las hojas vivas, las yemas de los dedos de tus manos, las yemas de los dedos de las mías, se deslizan y palpan el tibio calor del páramo, sedoso en la caricia, como el sustantivo frailejón de la felicidad.

VETAS DE NIEBLA

Un viento suave brizna de agua disipa la dureza de la roca. Ante el inminente desastre de la roca, la aguja de la veta teje todos los caminos secretos, geométricos del agua. 

La ruda roca en el idioma de los cerros grises traduce al árabe la voz de la neblina: ¡AGUA! 

El viento amigo de los páramos del mundo le anuncia a la neblina terribles tempestades bajo la roca ígnea. El abuelo Juan, en el más allá del Alto del Viejo, cavila su tragedia. 

La historia universal de la infamia registra un viaje en locomotora* de Oriente a Oriente, de Abu Dhavi, capital financiera de Emiratos Árabes Unidos, hasta el extenso Páramo de Santurbán. Turbias turberas, turbulento turbante. El tiempo es oro. Presenta credenciales con el fe mentido nombre de Minesa.** 

La geografía sentimental del agua y el abuelo Juan cavilan su concierto. 

* Locomotora: Idea neoliberal de progreso, propia del capitalismo salvaje 

** Mineria de santander Notas del lector

FATIGAS DE VIENTO

El ojo de Juan Páramo avanza por el filo de uno de los cerros grises, bajo la mirada imponente del Alto del Viejo. Las barbas del Viejo son musgos cenicientos henchidos de agua. Sí, nacimientos. Gotas bebé de agua que se juntan en hilos de agua. Hilos que se deslizan en giros caprichosos hacia la laguna Verde, la laguna Brava. 

Juan Páramo avanza al ritmo de los silencios. Silencios que son el suave canto a capela del Páramo de Santurbán. El ojo se posa sobre la piedra con paso firme, de salto en salto de conejo de páramo para no perder el equilibrio. 

En su ímpetu vital el cerro se torna más imponente, más recia la roca. Suben agudas las notas del silencio, redimiendo inmensas soledades. 

Abajo velos de niebla cubren los pensamientos de Juan Páramo con suaves movimientos en ascendentes acordes de viento, ese viento que nos hiela el corazón con insospechadas noticias de tragedia griega. El sol se desliza tímidamente sobre el costillar de los cerros grises en una danza de luces y de sombras.

LAGUNA VERDE

Aneverados dedos de viento se deslizaron sobre las aguas de la laguna Verde. No era ni la noche, ni tampoco luna. Era la laguna Verde en un solo de violín, aletas laterales de las truchas arcoíris en concierto. Un gran concierto de lagunas bajo la niebla y sobre los cerros grises del páramo. 

Para qué la niebla, para qué la bruma sobre los cerros grises. El agua se desliza por los labios de la roca con su canción de cuna. Arrurrú de nanas, nanas fecundas de silencios.” La laguna Verde no duerme ni de noche ni de día. 

La laguna Ver de vive despierta desde la eternidad del tiempo su sueño de agua tropical de páramo. Sí, el trópico, esa geografía cósmica que no florece en primavera ni se despoja de sus hojas en otoño. 

Suban ciudadanos del mundo a observarla en la plenitud de sus silencios de arcoíris. No canta el poeta de poetas Walt Whitman, pero en este canto yo soy Whitman. En Santurbán gotas de agua permanecen en el tiempo. El tiempo es agua y yo una llovizna pertinaz en el trópico de sus aguas. 

Soy la laguna Verde, la laguna Brava, laguna de lagunas de las truchas arcoíris del páramo de Santurbán, en los cerros del Tutal. He subido a la cima más alta de los silencios del páramo. Soy el canto tropical de Whitman.

Carlos Nicolás Hernández

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