Agustín Labrada Aguilera

Me llamo Agustín Labrada Aguilera, nací en Holguín, Cuba, en 1964, y resido en la ciudad mexicana de Cancún. Soy escritor, periodista y docente -ocasional-. Estudié la licenciatura en Educación (con especialidad en Español y Literatura) en la Universidad Pedagógica Enrique José Varona, de La Habana. En Cuba coordiné la Sección de Literatura en la sede nacional de la Asociación Hermanos Saíz de Jóvenes Artistas; y en México la revista Río Hondo, el programa radiofónico Una puerta al mar y el Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén. 

En este rumbo, he publicado los poemarios La soledad se hizo relámpago, Viajero del asombro y La vasta lejanía; la antología poética de la “Generación de los Ochenta” en Cuba (con el tema del amor) 

Jugando a juegos prohibidos; los libros de periodismo cultural Palabra de la frontera, Más se perdió en la guerra, Un paseo por el Paraíso, Seis caminos y Ellas están de paso; y los conjuntos de ensayos críticos Teje sus voces la memoria, y Padura y el Nuevo Periodismo. Textos míos figuran en más de sesenta antologías en diferentes países. 

He obtenido el Premio de Poesía de la Ciudad (Holguín, Cuba, 1987); el Premio de Creación de la Editorial Dante, en la modalidad de ensayo (Mérida, México, 2010) y el Premio Internacional de Poesía de La Arena (Piura, Perú, 2015). Fui finalista en el Concurso Internacional de Novela Herralde, de la editorial Anagrama (Barcelona, España, 2013) y en el Premio Internacional de Poesía de la Revista Plural (Ciudad de México, 1990), y he merecido cuatro premios estatales de periodismo en el Caribe mexicano (1994, 1997, 2001 y 2004). 

Actualmente, trabajo en la revisión de un par de poemarios, un libro de cuentos y una novela. Estas creaciones fueron saliendo más como desahogo emotivo que como proyectos de escritura. Se vertieron en ellas sentimientos e ideas, que fueron ajustándose sobre la marcha a las estructuras de cada género. Ahora me ocupo de un quehacer que me agrada: depurar. Esta depuración es clave para que las obras no sólo conmuevan, distraigan, inspiren o generen reflexiones, sino también para que lo que se le ofrezca al lector tenga un acabado estético.

PATIO

El patio era una sorpresa.
Nos levantábamos con el sol
a cazar los colores
mariposas
y en ellos la inocencia.

Nuestras naves surcaban imaginarios mares
que poseían pájaros del verano.

Luego surgió un Ulises y una Penélope
y aparecieron los troyanos del barrio
armados con viejas tablas.

Así fuimos cómplices
de muchas batallas
de tantas emboscadas a la luna
hasta el último guerrero.

VIENTOS QUE DEJARON SUS CENIZAS

Los vientos dejaron sus cenizas
entre las ramas del ciruelo
un leve otoño descendió
mientras oíamos cruzar viejos navíos
por el océano de un caracol.

La tierra se hizo inmensa
a la llegada de noviembre
y en la mirada de los perros
conocimos presagios de ciclones.

Un frío antiguo
nos dejó mi padre en la ventana
graznidos a medianoche
confundían el laberinto
de una historia
grabada en sus espaldas.

Mi abuela abrió sus brazos
su amor (único arroyo)
compartiendo la humilde ronda
aunque afuera girase la tormenta.

QUERÍAMOS UN REFUGIO UNA HOGUERA

Queríamos un refugio una hoguera
el atardecer
habitado de colibríes
y la tranquilidad de los manantiales.

Queríamos el maíz y los cerezos.

Pronunciamos el idioma del sol
en la época
soñada
del vino.
Del abismo regresó la abuela
y tibios panes
alegraron la fiesta de la mesa.

Pero el rancho visitado por los demonios
se incendió
las avispas
huyeron del verano
dejándonos el susto de las bestias…

Perdimos los frutos
el sendero que nos conducía al pozo
el escondite de las garzas…

Nadie impidió
la furia del diluvio
y no hubo barcas
ni delfines.

SIMPLE COMO LA FLOR DEL ROBLE

Aún desnudo los espejismos
de la infancia
lejanas constelaciones
dibujo de los amigos
descalzos entre las orquídeas.

Llovía
y la casa era (blanca)
extenso paraíso
al que no bajaron
los ángeles.

La familia abandonó la flauta
y quedó ciega
imagen borrosa
en el traspatio.

Yo seguí danzando entre las trenzas
de la abuela
con la esperanza de una luz
simple como la flor del roble.

EN LOS ESPEJOS

Mi madre nace en los espejos
los objetos hábilmente puebla
y deshace
las fábulas
de la lluvia.

Mi madre busca la calle que no existió
la inmensa calle del tiempo
donde somos tímidos animales.

Si la casa es rondada
por fantasmas
su canto dibuja siluetas
luces
que quiebran
la incertidumbre.

Mi madre traza nostalgias y límites
habla de antiguas paredes asustadas
y navega lentamente en la ternura.

Agustín Labrada Aguilera

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